La sacralización durante el primer milenio antes de nuestra Era de determinados accidentes geográficos por ser bien puntos de señalización de las rutas marítimas y comerciales o bien puntos peligrosos para la navegación, es un hecho conocido en varios lugares del Mediterráneo. Estos hitos rituales han dejado pocos rastros arqueológicos: ofrendas de anclas, inscripciones y grafitos de algunas montañas, etc.
El macizo del Montgó el que más documentación ha ofrecido en cuanto a su posible sacralización como referencia para los navegantes. Tiene población en cuevas con arte esquemático y enterramientos secundarios y asentamientos al aire libre, que va desde el final del Neolítico hasta la romanización: cova Fosca, cova del Barranc del Migdia, cova Ampla, cova Foradada, Alt de Benimaquia, la Plana Justa y Penya de l’Àguila, entre otros.
La sacralización de las islas no solo se debe a que fueran puntos estratégicos de paso para la navegación, sino también puntos de referencia para los desplazamientos diarios por áreas de marismas, esteros, bajíos, etc. En unos paisajes cambiantes a causa de las mareas -mayores en las costas atlánticas- y por los aportes de los ríos, dirección y modificaciones de los vientos, etc. tienen una gran importancia. Además las islas suponen, como las cuevas, puntos de contacto entre el mar y la tierra, lugares de refugio en un medio marítimo amenazante, variable. Se trata de zonas liminales, frontera entre mundos diferentes y, por ello, se construyen significados simbólicos que conllevan su ritualización.
Paisaje ritual ibérico en el Sucronensis Sinus (IV-II a C):
Los iberos los percibían como lugares seguros en los que entrar en contacto con la tierra y, literalmente, penetrar en ella y lo hacen sin perder de vista el medio lagunar que les cobija y les ofrece recursos. Igualmente, estos accidentes montañosos han podido ser transitados por poblaciones púnicas, masaliotas y foceas como estrategia de navegación utilizando lo que se conoce como puntos de referencia. Los marineros no viajan hacia y entre puntos abstractos sino que se desplazan entre diferentes lugares y referencias físicas, creando y memorizando itinerarios formados por rasgos paisajísticos.
El uso de las cuevas por parte de una población local implica que el mar y el litoral se observan como un paisaje vivo, rico y con un significado cosmológico, simbólico y religioso que se debe, precisamente, a ser un lugar utilizado cotidianamente y con actividades variadas. Usar las cuevas significa marcar el paisaje, en este caso, zonas con buena visibilidad y accidentes geográficos preciados.
Clasificación de las cavidades: cuevas-refugio, con ocupación puntual por parte de pastores o cazadores, y cuevas-santuario, con una alta presencia de objetos votivos, sobre todo vasos caliciformes. Los ritos realizados en las cuevas podían ser de tipo iniciático, se veneraría a una diosa-madre panmediterránea, o ritos de paso donde la figura del lobo y el papel del agua como elemento purificador serían fundamentales. Investigación de aquellas que están claramente vinculadas a la costa y abiertas hacia el litoral.
Los iberos percibían las cuevas como espacios que encajaban en su universo ritual, no solo en la costa sino también en el interior. Como otros elementos del paisaje (fuentes, árboles, montes o ríos). Son lugares en los que el mundo exterior se comunica con el de las profundidades, espacios que adquieren unas connotaciones mágicas y especiales al estar alejadas y, a veces aisladas, de los centros urbanos o de los espacios domésticos y por ser lugares oscuros, subterráneos y con poco oxígeno, donde el agua se expresa de manera extraordinaria en forma de estalagmitas, estalactitas o cascadas. Suponen ambientes propicios para comunicarse con las divinidades, sobre todo las ctónicas, vinculadas a la fecundidad. Las grutas se deben estudiar como espacios multisensoriales en los que los sentidos se modifican drásticamente (como se sospecha que ocurría en las que poseen pinturas rupestres). Para obtener una visión completa de la percepción y uso de las cuevas se deberían considerar aspectos como el acceso, la acústica, el miedo a lo extraño o la privación de la percepción.
Eran puntos de contacto y transición, como digo, entre esferas diferentes: entre la terrestre y la marítima, entre el mundo de los vivos y el de los muertos, las cuevas costeras refuerzan la idea de que el sinus (territorio) y el litoral ibérico formarían parte de un paisaje determinado en relación dialéctica con el paisaje. Aparecen vasos caliciformes que se interpretan como la materialización de ofrendas, libaciones, siguiendo la iconografía de las esculturas de damas oferentes que sujetan estos objetos; la gran fragmentación de algunos ejemplares invita a pensar que se rompieron intencionadamente. También se da presencia de ollas, platos, páteras y copas que indican la importancia de los ritos de comensales. Contendrían las ofrendas: alimentos cocinados, flores, frutas, vegetales, semillas, líquidos (vino, aceite, leche, miel) o resinas, El festín es un acto comunitario y ello es una característica esencial para definir estas actividades como banquetes. Es posible que las copas contuvieran caldos alcohólicos (cerveza, hidromiel o vino), contribuyendo a desarrollar un ambiente festivo, de sociabilidad, favorable al contacto con seres o divinidades de otros mundos.
Es posible que fueran ritos de iniciación vinculados a fratrías guerreras que tendrían en la imagen del lobo el símbolo de lucha, muerte y transformación de los jóvenes que pasarían a ser guerreros después de enfrentarse y salir victoriosos de la lucha con lobos o licántropos, basándose principalmente en la llamada “diosa de los lobos”. También en algunas cuevas se llevarían a cabo ritos de paso relacionados con la edad. Y serían espacios frecuentados por devotos de varios asentamientos, de los que están suficientemente alejadas, acudirían en romerías a practicar los cultos. Desplazarse por el paisaje del Sucronensis Sinus (espacio comprendido entre Arse-Saguntum y la sierra del Montgó), ya sea a pie o navegando, se debe considerar ya un ritual en sí mismo, un ritual cinético.
Es importante señalar que la relación gruta-persona conlleva unos cambios en los sentidos: temperatura, humedad, ruidos, oscuridad, dificultades para moverse con normalidad. La comida ritual en sociedad, demostrada por la cerámica, refuerza las alteraciones sensoriales y potencia un sentido de comunidad y contacto con otros mundos. Los ritos implicarían un cambio en la apariencia física como cortarse trenzas o cambiar de vestimenta y decoración corporal, tal como indicarían las fusayolas, las fíbulas o los aros.
Los iberos no eran conocidos como navegantes, aunque se beneficiaron del tráfico en sus costas. Según las fuentes, algunos fueron mercenarios en barcos extranjeros y sabemos que sus naves eran de pequeño tamaño, aptas para la navegación de cabotaje y fluvial, pero no de altura, como muestra, por ejemplo, la pequeña embarcación pintada sobre una lebeta de Edeta-Llíria.

SUCRONENSIS SINUS comprende una zona amplia que iba desde la actual Almenara hasta el Montgó: una franja litoral con estuarios, lagunas y desembocaduras de ríos apta por la variabilidad de recursos para la navegación y el comercio. Es lógico suponer su ritualización mediante el uso de cuevas-santuario y la señalización de determinados puntos geográficos que destacan en medio del paisaje lacustre y llano que la definen.
Según las fuentes, en Saguntum habría un templo dedicado a Afrodita-Venus junto al mar y otro dedicado a Ártemis-Diana en el oppidum. Se ha documentado la existencia de un área sacra en el siglo IV a.C. con dos muros de mampostería y planta indeterminada en la zona nororiental de la montaña, arrasada por el fuego y por posteriores anexos del templo romano-republicano del foro saguntino. Se ha identificado el templo romano-republicano tetrástilo y con cella tripartita del que únicamente se conserva la planta, quizás el de Ártemis-Diana al que alude Plinio. Una estatuilla de bronce representando a Hércules, hallada en sus inmediaciones, indica que pudiera estar dedicado a él, en época augustea, el templo se remodela y puede ser que la divinidad tutelar cambiase a favor de Diana.
Existen diversos accidentes geográficos que destacan entre los marjales que conforman el golfo de València: El Castell de Sagunt (180 m s.n.m.), la Muntanya de les Rabosses, en Cullera, con una altitud de 233 m s.n.m., el Mondúver (841 m s.n.m.) para la zona de Gandia, y el Montgó (753 m s.n.m.) junto a la Serra de Segària. Las tres zonas definidas tienen cuevas con visibilidad sobre el litoral y fueron frecuentadas en época ibérica.
En la zona de Sagunt-Almenara existe L’Abric de les Cinc. En Cullera-Albalat de la Ribera se documentan La Cova de la Galera (Favareta), La Cova del Volcà del Far (Cullera) y La Cova Brouel (Cullera); en Gandia y en relación con el Mondúver existen La Cova Boltà (Real de Gandia) y La Cova del Porc (Gandia) y, finalmente, en el Montgó está La Cova Ampla y en la vecina Serra de Segària están La Cova Fosca (El Verger-Ondara) y La Cova Bolumini (Beniarbeig-Benimeli). Cabe recordar que estas son las cuevas que tienen una visibilidad sobre el sucronensis sinus y el litoral, existen otras cavidades con el mismo perfil de materiales pero que no tienen una relación visual con la costa, descartadas por tanto. No se cree que poblaciones griegas o púnicas utilizaran las grutas con fines rituales en época ibérica.
A modo de recapitulación, la ocupación de las cuevas con visibilidad hacia la costa del Sucronensis Sinus remite a su uso por parte de la población local de los tres principales núcleos de población que, a su vez, son hitos en el paisaje lacustre costero: Almenara-Sagunt, Cullera-Albalat de la Ribera y Dénia-Xàbia. Las grutas sugieren prácticas rituales, acordes a las de otras cuevas de la zona y del interior por ser espacios donde celebrar banquetes y ritos de paso principalmente relativos a las mujeres, entre otros. Por otro lado, la ritualización del paisaje, tanto por parte de las poblaciones de iberos que habitan y circulan por el litoral, como por marineros y comerciantes que viajan y, posiblemente, se refugian ocasionalmente en estas costas.
En Eivissa(Ibiza) existen Es Cap des Llibrell y S’Era des Mataret. El primero es un promontorio con una visibilidad inmejorable, el segundo también se localiza en un accidente geográfico notable, el Cap d’Oliva. La existencia de vestigios arqueológicos en los dos casos supone la realización de alguna actividad no definida aunque en el primero seguramente sería ritual debido al hallazgo de un altar. Del mismo modo se define como un santuario litoral Coberxo Blanc (Alaior), con un pozo que llega al nivel freático y una compartimentación del espacio.