GABRIEL MIRÓ Y EL TURISMO, 1924
A pesar de lo remoto de la fecha en que lo escribió, 1924, hace noventa y cinco años, resulta desagradablemente premonitorio y acertado su análisis. La perspicacia de visionario y el desmedido amor que sentía por esta tierra, que inflamaba de lirismo su prosa y agudizaba de ingenio sus apreciaciones, no empañan la agudeza del certero diagnóstico de lo que estaba por llegar.
Comprende Sigüenza los beneficios que a veces reportan los turistas, los romeros y peregrinos. En otro tiempo una peregrinación sería un espectáculo de caliente, de magnífica y andrajosa hermosura. El verdadero turismo origina una técnica de viaje y una curiosidad arqueológica. Pero junto al tronco de toda técnica se cría siempre la hierba borde de la afición. Son tiempos ahora de afición; es decir, de facilidad. Del turismo ha brotado el excursionismo. El pueblo más escondido, los campos más silenciosos, ya están a merced de un Ford bronquítico. Un día de fiesta, un automóvil de familia o de amigos, y ya la comarca que Sigüenza caminó a pie o en jumento y que le acogió en toda su pureza se queda desgarrada de bulla de ciudad, delante de todos los ojos. Jarana, júbilo colectivo, emoción en mangas de camisa o con guardapolvo de dril. Facilidad o proselitismo. El veraneante que se aburre apetece el grupo; se origina la colonia; querencia inflamada de los lugares; prurito de mejorarlos. El campo se trueca en arrabal y patio, en un número de programa de festejos estivales. Si además hubiera ruinas, más o menos gloriosas, el excursionista aconsejará el derribo, el aprovechamiento y hasta las restauraciones. El excursionista se complace en una parcela de campo a costa del paisaje. Le agrada concretamente un sitio, y los ojos que ven con precisión, con limitación, un paisaje, se cansan pronto de mirarlo. De otra manera, también confinada, se sirve del paisaje el elegante y el deportista: para jugar en él separados de él. A la postre, en un fragmento de campo realizan el mito de sentirse dueños de la creación si importarles la creación, y de toda la Naturaleza, lo único que no tiene límites ni contorno que le inquiete son ellos.
Pág. 136 de «Años y leguas», Salvat Editores S.A. 1982
No se puede decir más alto ni con más claridad. Involucra, no solo a desaprensivos constructores y politiquillos locales corruptos, sino a la particular ansia del ser humano por dominar, domesticar y apropiarse de la hermosura de un paisaje que le supera, aún a costa de desnaturalizarlo.
Afición, la afición tiene la culpa, la facilidad, la comodidad para acceder a lugares tocados por una magia y una belleza casi sobrenatural. Y el ocio, la gran cantidad de tiempo libre que una sociedad acomodada ha puesto en nuestras irresponsables manos; el desarrollo de un modo de vida que, a la vez que nos sobrecarga de conocimientos y datos, hurta la necesaria educación en unos valores imprescindibles para afrontar la relación de superioridad con nuestro entorno, con el planeta.
El capellán le sonríe preguntándole:
–Vive usted en Calpe.
–Yo no, señor.
–¿Entonces habrá venido en excursión? ¿Es usted un excursionista?
–Tampoco. El excursionista no tiene otro goce ni propósito que llegar a un punto concreto del mundo: valle o cumbre, árbol, peña, playa; y, desde allí, casi únicamente desde allí, mirar a la redonda y volver. Yo no. Y si soy excursionista, para mí la excursión no consiste en llegar, sino en ir.
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