Alude a sus paseos por una naturaleza próxima no dominadora y, con una prosa cristalina y preciosista, antigua, elaborada, una prosa que ya no se hace, que se antoja muy lejana, no solo por los años que tiene, casi un siglo, sino porque corresponde a otros modos de vida bien distintos a los nuestros, nos embelesa y deslumbra. Responden sus textos a otra manera de considerar la literatura, cuando no se daba la absoluta tiranía de la imagen, cuando la inmediatez y la prisa no eran diosas hegemónicas y se pretendía y se valoraba otra cadencia más pausada de la vida.
Tiempo de veranos infinitos, veranos infantiles -incluso para los adultos-, en los que la disposición de tiempo y libertad lo llenaba todo. Resultaba fácil solazarse con la contemplación de la vida alrededor, su menudo discurrir de acontecimientos sencillos, cotidianos, aparentemente irrelevantes, pero fundamentales, sin embargo. Tiempo de experiencias perdurables, con una carga evocadora para el futuro, semilleros de recuerdos. Llega a extasiarse en las ardorosas descripciones de los detalles que encuentra en sus paseos, que revelan su profundo amor por aquellos paisajes, por las labores agrarias y las conversaciones con los campesinos.
Los textos que siguen son fruto de una estancia vacacional en Polop de la Marina, en junio y julio del 1924, probablemente; veinte años después de otra que recuerda vívidamente y a la que alude con frecuencia. Constituyen estampas literarias -dio en llamar así a ese género que parece inventó- del libro Años y leguas, su último libro, publicado en 1928, dos años antes de fallecer. Forman un conjunto de relatos y crónicas situadas en la comarca de la Marina alicantina, tanto en la costa como en el interior. Surgen las narraciones en boca de Singüenza, un alter ego que ideó después de pasar por aquel pueblo alcarreño veinte años atrás, para valerse de la tercera persona a la hora de narrar, añadiendo, con ello, una perspectiva propia y, a la vez, externa, para no solo analizar el entorno, sino también, a la vez, sus propios comportamientos. Perspectiva que repetirán años después tantos otros, por ejemplo, Cela en su Viaje a la Alcarría.
Destaca en el sensorial manejo de un tempo lento, propio del caminante al que no urge llegar, que hace del camino su objetivo, y se permite apropiarse con todo lo que el paisaje derrama ante su amorosa mirada. Si procediera con urgencia o precipitación, escaparían colores, melodías, fragancias, texturas, delicadas ofertas sensoriales que no está dispuesto a desperdiciar.
El barranco. El peñón de Ifach.
Llegaban al collado de Calpe [Sigüenza realiza el recorrido con su amigo Barcells], que se desgaja verticalmente en el barranco del Mascarat. Se desploman la luz y el silencio, que pasan por el filo de los montes. Aunque se interne allí la carretera, la màs vieja de la provincia, por un puente fino, alto, como un ventanal, entre dos túneles, y aunque ahora cuelgue como un avión aplastado el viaducto de un ferrocarril lugareño, el silencio y la luz tienen una claridad de civilizaciones antiguas, sumergidas en la inocencia del mar, que aparece entre los cortes de losas, en el sosiego de una cala.
Esa carretera hoy queda más abajo, abandonada, estrecha. La veo desde arriba acodado a la barandilla de la actual, pero la sensación de vértigo es la misma que entonces. Pág. 128 de «Años y leguas», Salvat Editores S.A. 1982.

Inmóvil, asomado a la hoz, miraba Sigüenza el hondo, miraba las agujas de las cúspides. Después, lo primero que pensó, lo primero que quiso fue soltar una piedra. Soltar una piedra desde el borde de aquel puente resulta una acción definitiva. Además del tiempo que tarda en caer, además de sus retumbos, de sus chasquidos contra los cantales, de las inesperadas parábolas que traza ella sola, chocando y desviándose en un plano, en los cortes de peña (…) La piedra elegida por su mano estaba en una hendedura de la inmensidad. ¿Cuánto tiempo? Siglos. Todo el tiempo que pensara Sigüenza y cuando caiga y llegue, y se articule a su fondo, se habrá enmendado para nuestra sensibilidad la arquitectura de estas desolaciones.
Los dos túneles. No son túneles ferroviarios, ahogados, requemados y negros, sino de carretera levantina. Por fuera, la roca caliente, de color de león, lazándose apasionada, de pie, al cielo; por dentro, la roca pálida, huesuda, como antes de que los barrenos rasgasen su virginidad. Cada túnel abre una mirada fresca de mar y otra de campo torrado, y el confín marinero y el horizonte labrador se concretan en las dos lentes de piedra.

En otro tiempo pasó Sigüenza el collado de Calpe. La diligencia venía de Alicante. Muchas horas de camino, de humo, de polvo, de sol, de revueltas, entre almendros y viñas, de huertos galileos, de pueblos diáfanos con cúpulas azules, aparecidos en la costa… Poco a poco comenzaba a salir en el cielo la geometría del monte rojo. Atardecido, los contornos ya se acercaban en una culminación de rosa, y después, de un dorado de retablo. La diligencia llegaba, humilde y sobrecogida, al primer túnel. El azul que entraba del mar refrescaba los peñascales estrujados. Iba deshilándose el silencio virgen de las altitudes; se sentía subir el silencio del fondo como un vaho. Puente blanco y cerrado, en una vejez cósmica. Las mulas lo pasaban despacio con un cabeceo de esquirlas dulces. Muchos viajeros se inclinaban, persignándose (…). Pág. 132.
Bajan del calesín en las hoyadas de arenales y salinas. Camino blando de sobaqueras encima del agua. A lo último, el Ifach, desprendido, solo, encantado. Dentro de las calmas y de batido profundo del mar se sumerge, se tienden, se tuercen, se doblan y encogen los rosas, los granas, los verdes, los morados, todos los colores tiernos y viejos del Ifach. Ifach es de años preciosos, de bronces ardientes, de piedras de gloria. Rocas encendidas, talladas por el filo del viento. Ábside con pecho de bergantín que corta inmóvilmente las aguas. Animación y gracia de escultura; torso y rodillas vibrando de luz marina bajo los pliegues dóciles y las escarpas verticales de la peña, ímpetu contenido por la orla de la falda, cogida tirantemente a la costa. Silencio y retumbo de la frescura salada. Silencio exaltado, como un grito de la cincelación de la luz.
–Todo esto- le repite Bardells- todo esto lo ha comprado un millonario por seis mil reales. ¡Con seis mil reales no se paga la leña de la otra banda del monte! [mil quinientas pesetas, de las de entonces]
Narra un bisnieto que se lo ofrecieron a él, pero sus ingresos no le permitían acometer ese gasto.
Ifach crecía según lo caminaba Sigüenza (…) para ver la tierra, que sale desde el fondo de un cuerpo de gracia. Montañas recónditas donde se acuestan los valles. Planos, resaltos, hondos; alcores, requejos, arboledas, sembradíos, desnudeces traspasadas de vaho; limpias revelaciones geométricas; todo mostrándose, coordinándose y resolviéndose para venir coralmente a la mar.
Y siguió subiendo el costado del monte. Bancales hasta tocar el hueso vivo del alto peñón de tornos abruptos por donde caían las sogas de los guardas, y más tarde, las sogas para descolgar los contrabandistas sus alijos. Bancales de huerto de aficionado, todavía de esquejes y mugrones, con algunos cactos, higueras y girasoles; riegos por arcaduces nuevecitos; aljibes y balsas de portland; casa flamante de los dueños con torres almenadas de cemento; camino recién obrado, con entorno de carretera oficial, desarrollándose en triangulaciones prudentes. En cada revuelta un hervidero de mar hondo; calas de mar celeste, donde se mecen las pechugas de las barcas de Calpe, con las redes y nasas al sol, tendidas en los husos de los mástiles.
A lo último, la roca encendida muraba el cielo, y allí hay una puerta ferrada. Abrió un labrador con una llave vieja, de portón de trascorrales. Obscuridad de túnel.
–¡Un túnel con puertas y todo!-dice Barcells-¡la obra ha costado miles y miles de duros!
Principia el verdadero Ifach, bronco, delirante y eterno de cara al mar libre. Madroñal, carrasca, pinares, toda la breña tendida, rebanada por la hoz del viento, toda verdeazul, crujiendo de infinito. Altitud firme de rocas tiernas, con estruendo vegetal y marino. Azules gloriosos. He aquí la vieja virginidad del mundo. Vieja virginidad recién comprada por seis mil reales. Su amo le pone puertas al cielo, al campo y al mar.
Ni rastro de esa riqueza vegetal, ahora abundan pinos… pero aún he de remontarme muchos más años, siglos, para alcanzar los inicios del poblamiento de sus alturas…
El clavario aguarda que los forasteros se marchen de la cumbre para cerrar el espacio con su llave oxidada.
Sigüenza se revuelve con agravios de desposeído. ¡Lo que pudo ser suyo es suyo, debe ser suyo! En seguida de decírselo se lo va imaginando todo: manda derribar la casa de cemento y se labra otra de piedra legítima en la cumbre del peñón; arranca las puertas aborrecidas. ¡Atollite portas! ¡Y por el túnel abierto se precipitará torrencialmente la belleza y la gloria! Levanta las puertas, las quita de allí y las pone mucho más abajo, en el principio del camino de la finca, y las cierra y él se queda dentro, ¡todavía más amo que el los seis mil reales! Pág. 138.

Dentro del atardecer le tiembla desnudamente la vida.
Un fino olor de tarde ya cansada; una gracia de colores pálidos, un tacto, una respiración del paisaje que le estremece de delicias, delicias que contienen la inocencia y la sensualidad, la promesa imprecisa, la congoja de la brevedad de la vida; todo sucediéndose sin conceptos. Campo suyo en su sangre, de su sangre antes de que se cuajara en su cuerpo (…) y después que se parara en su carne ya muerta. Predestinada y tradicionalmente campo suyo, y eternamente.
(…)
A trechos, rodales de pinar renacidos de los viejos bosques mediterráneos; calveros y reposo de olivos, trenzados de años, y en sus copas arde la luz pura de plata de sus antiguos aceites. Algarrobos de médula encarnada y olorosa, que descuajan sus raíces corpulentas por los barrancos, dejando al aire las sogas y patas de su leña buscándose la vida. Higueras hinchadas de follaje carnal que rezuma de leche; almendros que tienen un rosal de miel dormido en las entrañas, y en los márgenes revientan las cuchillas de los cactos, las piteras de cortezones de púas, que pinchan estilizadamente el azul.