Marco Geográfico. Dominado por una serie de montañas agrestes y colinas onduladas (Sierras de las Moreras, Almenara y Algarrobo), en alternancia con corredores y depresiones que alcanzan las inmediaciones del mar Mediterráneo. En este último lugar, junto a la desembocadura de la rambla de Las Moreras, aparece una gran depresión litoral, una fosa tectónica, salpicada de pequeños cerros de origen volcánico. Los más importantes son el cerro de San Cristóbal y su colindante de Los Perules, donde hallamos las primeras civilizaciones establecidas para la explotación de plomo, plata y alumbre. Más al oeste (en un radio de siete kilómetros respecto a San Cristóbal) emergen otros cabezos de idéntica morfología eruptiva que constituyen los cotos mineros de Pedreras Viejas y Fortuna. El mineral principal y más abundante es la galena argentífera (sulfuro de plomo que contiene plata), acompañado en mayor o menor medida de zinc, hierro, antimonio, arsénico y cobre; en tanto que las rocas donde encajan las vetas son siempre las traquitas volcánicas (andesitas y dacitas).
Se dan pequeños acuíferos y ramblas provenientes de las sierras circundantes. Así fue cómo los caudales que alimentaban la poderosa rambla de Las Moreras, encauzándolos a los sembrados por medio de unos mecanismos hidráulicos denominados «tomadores», que desviaban las aguas turbias (limos), antes de su desembocadura en el mar. Surge el gran estuario donde sobresale la espléndida configuración costera que debió generar un hábitat muy beneficioso para el ser humano: humedales, salinas naturales en la margen izquierda del cauce, pesquerías en el mar y sucesión de acantilados y playas que constituyen una ensenada natural donde se fueron estableciendo en la antigüedad pequeños fondeaderos al resguardo de los vientos dominantes.
Etapas de apogeo minero, poblacional y económico. La primera se inicia con los trabajos practicados en plena dominación romana para extraer plomo y plata de los cerros volcánicos de San Cristóbal, Perules, Pedreras Viejas y Coto Fortuna; lugares donde abundan restos arqueológicos de asentamientos entre los siglos I a. C. y IV d. C.
Un segundo período que abarca parte del siglo XV y todo el XVI, donde fueron beneficiados grandes depósitos de alumnita, sulfato aluminio potásico, por los marqueses de Villena y los Vélez.
Y las explotaciones subterráneas de plomo a gran escala, inauguradas en 1840 e implementadas por rápidos adelantos técnicos darían paso al momento de mayor esplendor económico de Mazarrón en las últimas décadas del siglo XIX.
El asentamiento eneolítico del Cabezo del Plomo, fechado en torno al cuarto y tercer milenio a. de C., está situado en las estribaciones de la sierra de Las Moreras, muy próximo al mar y sobre un promontorio de condiciones estratégicas inmejorables. Consta. El poblado está formado por varias estructuras de piedra circulares que sustentaban la techumbre de las viviendas y un recinto amurallado. Recientemente, en 2015, se ha excavado el cercano Cerro de Las Leoneras, detectándose un conjunto de minas romanas fechadas entre el IV y el VII d.C.
Las primeras explotaciones a gran escala de los yacimientos de Mazarrón fueron en época romana, entre la primera mitad del siglo II a. de C., y el siglo II de nuestra era. Destaca la temprana romanización de los conjuntos mineros de San Cristóbal y Perules, Pedreras Viejas y Coto Fortuna, así como establecimiento de una numerosa colonia en sus inmediaciones que, por razones estratégicas, debió estar supeditada en todos los órdenes a la cercana e importante metrópoli de Carthago Nova. Coexistieron con la fabricación de salazones de pescado, en la zona portuaria, que se prolongó hasta el siglo IV.
Sucede un largo parón histórico minero hasta ser descubiertas, a mediados del siglo XV, grandes masas de alumbre junto a las viejas minas romanas en los cerros volcánicos de San Cristóbal, Perules y Pedreras Viejas. Se funda la aldea conocida como Casas de los Alumbres Viejos de Almazarrón (para distinguirlo de Alumbres Nuevos de Cartagena) con otorgamiento de un privilegio real a los marqueses de Villena y de Los Vélez para su explotación. Suponía un puesto militar avanzado, donde los vecinos formaban cuerpo de guardia, las campanas tocaban a rebato y las puertas de la villa permanecían cerradas durante la noche.
Conscientes del valor que alcanzaba el alumbre blanco en los mercados europeos, los nobles contrataron a unas 500 familias, la mayoría provenientes de tierras castellanas, que fueron llegando a partir de 1462.
El núcleo poblacional se sitúa sobre un falso llano contiguo a la ladera meridional del Cabezo de San Cristóbal, junto a las grandes canterías alumbrosas de las Pedreras Nuevas, hoy Charco de La Aguja, por la existencia de dos pequeñas elevaciones naturales en él: un peñasco idóneo para levantar la casa fuerte o castillo de Los Vélez y una loma de figura cónica para una torre vigía. Entre ambos promontorios y sus alrededores diseñaron la distribución de calles y plazas, y proyectaron sendas iglesias, con una fisonomía defensiva, el conjunto semejaba un baluarte inexpugnable, sobresalían fortificaciones y torres vigías, amén de rodearse todo el perímetro con muralla.

En 1572, el rey Felipe II concedía el título de villa a Almazarrón. El gobierno municipal recién creado sólo acataría la jurisdicción real, emancipándose de la ciudad de Lorca y de la dependencia señorial. Dependería económicamente de la demanda del alumbre blanco en los mercados de Flandes y de otras actividades: pesca de bajura en su extensa marina, manufacturas de salitre, sosa, esparto y sal, así como una discreta producción de cereales (trigo, cebada y maíz).
Persistía en estado ruinoso el castillo de Los Vélez en el centro del municipio, viejo símbolo del feudalismo y ejemplo visible de animadversión hacia los propietarios tras cerrar las fábricas de alumbre y abandonar la población a comienzos del siglo XVIII, el bastión será saqueado y utilizado en sucesivas etapas como cementerio (1810-1850), pozo minero y complejo industrial para el lavadero (1885-1905), zona de prostitución (1905-1915) y arrabal chabolista gitano (1970-1985). En junio de 2008 fue restaurado y transformado en auditorio cultural.

Mazarrón entre los siglos XVII y XVIII con las fábricas de alumbre cerradas y sin expectativas presentaba una sociedad subordinada al medio físico, a una economía de subsistencia, expuesta a su rigores, en especial durante largos períodos de sequía que, cíclicamente, ponían en peligro las cosechas. Ya no dependía de la fabricación del sulfato de aluminio y potasio para subsistir. Su economía se había diversificado: elaboraciones de sosa, barrilla (fue uno de los máximos exportadores durante la segunda mitad del siglo XVIII, junto con Almería, productos para las fábricas de vidrio y jabón), esparto, salitre y almagra. El Puerto de Mazarrón no comenzó a disfrutar de un pujante movimiento comercial hasta el final del siglo XVIII, cuando fueron apaciguándose las incursiones norteafricanas y se incrementaron las exportaciones por vía marítima. En aquel momento, alrededor de la zona portuaria había cinco fábricas de esparto, una aduana, un falucho o barco de reservistas con su patrón, seis marineros y administrador para la intervención de los embarques de sosa y barrilla.

A principios del XIX Mazarrón sufriría las acometidas de varios ciclos de sequía, dos epidemias de fiebre amarilla y la Guerra de la Independencia, lo que extremó la pobreza. Se produjo un descenso de un tercio del censo de la población en medio del turbulento reinado de Fernando VII y la regencia de María Cristina.
Mediado el año 1840 surgirá de manera inesperada una fiebre minera especulativa en el sureste español provocada por el descubrimiento de un rico filón de plomo en Almería, revolucionó la zona de Águilas, Lorca, Mazarrón y Cartagena despertando la codicia de miles de murcianos dispuestos a enriquecerse con rapidez. Apenas duró tres años en los que serían constituidas cientos de compañías por acciones, la mayoría desmanteladas cuando las pérdidas fueron insostenibles. Se produjo la pujanza del pequeño caserío a puerto de mar, transformado desde 1850 en dársena comercial para importación y exportación de cereales, esparto, salitre, sosa, carbón y mineral; por no citar la manufactura de sal y las novedosas estancias vacacionales en la playa. Industria del esparto fue la responsable del incremento poblacional del Puerto, elaborándose cables, maromas y toda clase de artilugios para pesquerías y almadrabas.
La verdadera revolución industrial de Mazarrón comenzó a fraguarse entre los años 1868-71, en gran parte debido al genio emprendedor del minero francés Hilarión Roux y Albanelly, quien ordenó la instalación de una primera máquina de vapor para desaguar la mina Santa Ana y, seguidamente, descubrió allí mismo el renombrado Filón Prodigio. Surgió un proletariado industrial, un modo de producción capitalista, las jornadas laborales, los salarios y la separación entre familia y trabajo.
Bienio 1880-82, las poderosas compañías francesas Escombrera Bleyberg y Compañía de Águilas iniciaron la explotación a pleno rendimiento de los principales yacimientos del cerro de San Cristóbal, simultáneamente se aplicó el uso de máquinas de vapor a todos los ingenios de extracción, bombas para el desagüe, perforadores de aire comprimido y sondeos mecánicos, llegando a trabajar más de tres mil obreros en las diferentes minas, lavaderos y fundiciones. La minería también favoreció la implantación de negocios auxiliares: talleres para reparación de maquinaria, almacenes de carbón, hierro y maderas; fábricas de ladrillo, teja, cal, yeso y pólvora; u oficios de arriería, cordelería, etc. Un activo tráfico portuario consolidaba definitivamente su población y surgen iniciativas privadas que rentabilizaban las estancias veraniegas.
Aparecen los primeros síntomas de crisis al comienzo del siglo XX. Los ulteriores conflictos bélicos harán mella en un sector siempre castigado con severos impuestos, subidas de combustibles o abusivos contratos de arriendo por parte de los propietarios, las frecuentes depreciaciones del plomo y el agotamiento de los filones. El declive de la minería conllevó la migración de trabajadores a otros lugares, así como el retorno a una economía basada en agricultura de secano, pesca de bajura, salinas y elaboración de esparto. Los años sesenta del XX marcan el final definitivo de las escasas explotaciones de plomo en los cerros de San Cristóbal y Perules.


Este trabajo está basado en el libro publicado por Mariano C. Guillén en 2014: Industrialización, Cambio Social en Mazarrón (Murcia). Comunidad Minera del Siglo XIX (1840-1890)