La sorpresa se produjo nada más comenzar mi ruta costera, ya en mi primera etapa. Al salir del pueblo de San Miguel de Cabo de Gata, y contemplar, a la izquierda, la laguna formada por el desagüe de la Rambla de las Higueras y la filtración de aguas salinas del subsuelo. De hecho, son salinas que aún permanecen en producción. Investigué sobre esa charca, una pequeña parte apenas de la que hubo, pues venía a morir aquí también la Rambla de Morales, que desciende poderosa desde la sierra de Níjar inundando el Campillo de Gata, así se conoce esta amplia extensión abierta. Es posible que antiguamente ocupara desde la rambla de las Amoladeras, cerca de Retamar, hasta el límite actual de las salinas, La Fabriquilla, es decir, podría llegar a alcanzar unos 11 km de lago y entre uno y dos de ancho, según se desprende de la conformación del terreno.
Ese descubrimiento, seguido de otros similares, aunque de menor envergadura la mayoría, me llevó a comprender que no resulta tan excepcional la formación del Mar Menor o la laguna de El Saler, que nuestra costa mediterránea disponía de muchas zonas bajas que, en tiempos pretéritos, resultaban inundables permanente o estacionalmente por el mar o los ríos y arroyos que se empantanaban cerca de su desembocadura. Y solo la disminución de los caudales, su regulación con presas y embalses en la parte alta de su cauce, o la acción directa del hombre, desecándolos, los ha eliminado.
Comencé pues un listado de lagunas litorales, estanques, marjales, deltas, y todo tipo de humedales, algunos existentes todavía, residuales, la mayoría desaparecidos. Su huella se puede rastrear y encontrar referencias y alusiones de textos históricos que he consultado, también en las propias depresiones del terreno y los rastros que se revelan en su superficie, así como en los vestigios de flora lagunar que todavía subsisten ahondando sus raíces hasta aguas subterráneas no demasiado profundas.
Generalmente son puntos donde desembocaban ríos, ramblas o arroyos estacionales, de caudal irregular y esporádico, pocas veces continuos. La afluencia de esas aguas a puntos bajos de la costa fue generando estas lagunas, favoreciendo la existencia de importantes oasis de vida vegetal y una riqueza faunística que propició desde la prehistoria los asentamientos de poblaciones humanas.
La mayoría de estos espacios lagunares han desaparecido por desecación para riegos e invasión constructiva en las áreas turísticas. No ha sido la única alteración producida en el litoral, también se intenta ensanchar al máximo y alargar las playas a cualquier precio, por medio de espigones, puertos deportivos u otros medios. Sin reparar en que, con ello, se alteran las corrientes costeras, el sistema de depósitos de sedimentos fluviales y marinos y, a la larga, todo el equilibrio existente en nuestro litoral.
Ahora, mitad de enero del 2020, a propósito de la última ciclogénesis sufrida en el Levante, las Baleares y Cataluña, conocida por Gloria, escucho de boca de un investigador del CSIC y otro del CATIE (Centro Agrónomo Tropical de Investigación y Enseñanza) que la importancia de estos ecosistemas lagunares a la hora de limpiar y regenerar la atmósfera es tremenda más de lo que se pensaba. Junto con los manglares, las marismas marinas y sus algas y microorganismos, son capaces de absorber el doble de acumulación de carbono que un bosque seco, húmedo, o muy húmedo, produciendo el llamado carbono azul. Recordemos que los océanos asimilan el 25 % del dióxido de carbono.
De sur a norte estas zonas lacustres desaparecidas o radicalmente reducidas, descubiertas hasta el momento, en el litoral almeriense, serían:
Rambla de Morales, entre Las Amoladeras y el Cabo de Gata, ya comentada.
En San José, recogiendo regatos estacionales desde el Pozo de los Frailes, que bajan hacia Cabo de Gata, discurre el Arroyo de los Frailes que encuentra, después del Campo de Doña Francisca, una llanada o ensanchamiento al final de la que se abrió la playa de San José. Ahí se enlagunaba el terreno.

Actuales salinas, extremo donde llegaba la antigua Rambla de Morales
En Villaricos, junto a la desembocadura del caudaloso río Almanzora, que posee una extensa cuenca (desde muy al interior recoge las aguas procedentes de varias sierras: Lúcar, Las Estancias, etc.), se ha ido formando la Punta del Río por acumulación de los sedimentos arrastrados, como un terreno ganado al mar. Desde la Punta de los Hornicos hasta Villaricos permanecía inundado el terreno a menudo hasta que el embalse de Cuevas de Almanzora comenzó a regular las avenidas del río.
En San Juan de Terreros, la Rambla de los Pérez, a la que se suman los arroyos procedentes del oeste, de la sierra de los Pinos y del Aguilón, y, por el norte, los de la rambla de los Cazorlas, se desborda a menudo inundando la carretera y los márgenes, demasiado urbanizados. Recordándolo, recuperando el espacio de unas antiguas salinas abandonadas, se mantienen las lagunas hasta el tope que supone la carretera, algo elevada, del paseo marítimo.