Camino, no ando

                                                                                    A modo de INTRODUCCIÓN

         Camino, no ando.

Camino y al tiempo voy elaborando una parte de la realidad por la que transito, se va conformando a medida que la aprecio. Selecciono un ángulo de visión bajo, un punto de vista rasante, gasterópodo. Me reclino para mantenerlo. Desde esa posición veo lo menguado de mi figura y construyo un punto de vista nuevo, uno de los muchos posibles, seguramente poco objetivo, pero que, sin embargo, me resulta agradable, reconfortante, significativo.

     Me desplazo con todo un bagaje de sucesos e incidencias impropias, pesadas, un lastre fechado de residuos y contaminantes, impurezas y neblinas que se han ido añadiendo a los días como una costra de la que es necesario aliviarse enseguida.

        Leo el terreno como si se tratase de un mapa vivo, como si poseyese voluntad y entendimiento propio que, de alguna manera, desea comunicarme. Lo experimento como un minúsculo parásito sobre un descomunal animal antediluviano, que ocupa todo el espacio hasta donde la vista se pierde y el ánimo se aventura; tachonado de manchas, arrugas y grietas en su piel que encaminan mis pasos, que me ayudan a descubrir la trayectoria más conveniente. Observo para entender el relieve, para sospechar como se formó, como evolucionó.  Adivino los caudales que lo excavaron, la erosión que lo reajustó, para dejarme ir en consecuencia, para abandonarme a sus propuestas y permitir que sea él mismo el que me encamine.  

     Elijo subir a ese cerro por este lado, fuera de la senda marcada entre las hierbas, o escalar esos pedruscos en vez de rodearlos por un sitio más conveniente, más seguro. Elijo continuar costeando sobre peñascos caídos del acantilado, que no ofrecen ninguna garantía de permitir el paso hasta la siguiente playa, aun a sabiendas de que quizá deba mojarme en el intento. Elijo ralentizar la marcha, dejando que una lluvia amorosa y cálida vaya calándome, o acelerarla al transitar la acera de ese paseo marítimo tan concurrido, junto a esa playa desnaturalizada, domesticada con espigones, para dejarla atrás lo antes posible. Elijo aventurarme en el interior de un barranco incierto, salpicado de espinos y matorrales, ante la imposibilidad de salvar los cortados y paredones que obstaculizan mi ruta costera, hasta no se sabe qué punto de sus laderas donde pueda ascender y regresar junto al mar, a proseguir por la orilla cogido de su mano como un hermano pequeño obediente. Elijo abandonarme a la intuición del instante, al reclamo oculto de cada lugar, a las incitantes propuestas que revolotean juguetonas bajo ese bosquecillo de tarayes o entre las dunas…. 

     Con una mirada global, que parece impropia, aunque entrenada -ahora posible-, consigo prescindir de las construcciones, los puentes y las carreteras, las trincheras que tajan los cerros y los túneles que horadan las sierras, las canalizaciones que encauzan arroyos y ríos, las escolleras que ganan playas y todo rastro de intervención humana. Evito los recorridos que las cicatrices me señalan (caminos, sendas, veredas, suturadas de asfalto en su mayoría), para hallar el mío. Reniego de los atajos que aproximan destinos escatimando distancias, hurtando pasos, enlazando hitos, porque acercan lo que deseo lejano.  

   La marcha, al a tiempo que me aleja, desvía de otros asuntos, disuelve y absorbe en cada paso mi prisa residual, mis  funestas prioridades, los supuestos objetivos. Con su apacible discurrir va enrasando el ánimo tal como las puntas de los dedos de las olas igualan la arena o el paciente monje  rastrilla las  piedrecitas en un jardín zen. Aprendo a caminar suelto como me dejaría guiar por el azar en el barrio viejo de una ciudad desconocida, en las trochas apenas intuidas de la espesura umbría de un bosque de coníferas, entre pozas refrescantes de un arroyo agonizante…, más por el simple afán del descubrimiento, que agita mi curiosidad y deleita a mi asombro, que por llegar.   

     Al acompasar mi visón y la apreciación de todos mis sentidos, que ahora se multiplican gozosos, con la melodía que interpretan mis pasos, sobre la base de la partitura que sugiere el paisaje, opto también por sintonizarme a un ritmo visual peculiar. Es un modo de aprehensión que afecta a toda mi persona, a todas las imágenes y pensamientos que surgen en mi interior. Un compás, una canción propia, que va asociada al flujo respiratorio, cardíaco, que el ejercicio impone. Para, de esa manera, en completa subordinación y complacencia con el entorno, como lo están plantas y todo tipo de seres vivos, armonizar mi discurrir y mis apetencias con lo que la naturaleza me trasmite.

     Así pues, no recorro, no surco el territorio, lo transito, lo pueblo dejándome poblar por él, asimilado a él, escuchando. Me instalo entre sus recovecos, me impregno de sus accidentes mientras lo atravieso, me dejo seducir, con mayor intensidad cuanto más persiste su naturaleza primigenia, el espíritu ancestral que lo define.

Nota: Recomiendo leer algunos de los fragmentos que siguen en voz alta, despacio, buscando el compás que sugieren los signos de puntuación, tan dosificados como las mismas palabras. No se ha de levantar recitativa la voz, para ser escuchada por otros, sino solo lo suficiente para oírte, oírte ajeno, igual que si te entrometieses curioso en lo que otro dice. Apenas un susurro, un suspiro. He buscado en muchos pasajes reproducir la sonoridad de las pisadas, el persuasivo y contumaz oleaje con que el mar nos agasaja a menudo, en la melodía de la frase, de la oración (nunca mejor dicho, pues como una salmodia se recita). Espero que lo puedas descubrir y rezarlo también.

La mayoría de los apuntes que componen este libro surgieron de mis escapadas de los últimos años al litoral, sobre todo las que componen mi ruta Mediterráneo a pie (se puede consultar en la página web julio-lorenzo.com), también de mis caminatas por las sierras y calares de Albacete.

                   Hacia el mar

Con frecuencia experimento, más a menudo de lo que quisiera, la imperiosa necesidad de escapar, de huir hacia alguna parte, de partir no sé exactamente hacia donde.

     Escapar no es propiamente el caso, porque no preciso dejar atrás nada ni olvidar ningún asunto, no he de abandonar o alejarme de nada. Es, más bien, marchar, encaminarme, lo que pretendo. Buscar rutas que me aproximen, que hagan posible acercarme, acompañarme íntimamente. Ansío disolverme en un entorno propicio, personal; escamotear mi presencia, mi individualidad, al tránsito farragoso de los días en algún lugar desconocido, apartado; entre gentes apegadas a sus rutinas, ocupadas en sus quehaceres, cuyas vidas, aparentemente anodinas, transcurren con una placidez y un ritmo cómodo y atrayente que para mí quisiera.

     Y hacerlo en una dirección cualquiera, que derive finalmente hacia el este, con la seguridad de que habré de tropezarme, antes o después, con un tope, una barrera a partir de la cual no podré seguir avanzando, al menos a pie, de que terminaré dándome de bruces con el mar. Habré de encararme con el enorme e inequívoco espejo de sus aguas, abrazarme al encuentro de su reconfortante frescor, dejarme ir en la contemplación de su cambiante superficie o sumergirme de lleno en su profundidad.

     A pesar de la temperatura, extrañamente estival para estas fechas, que en los pasados días ha remitido, otra vez regresa un frescor rezagado propio de los finales de invierno, invitando a replegarse a la calidez del hogar, al socaire de una música adecuada o un buen libro, a acodarse en la contemplación de las nubes pegado a la ventana. No mengua en mi ánimo la voluntad, casi exigencia, de reencontrarme con sus orillas. Acercarme a esos parajes poco frecuentados, deshabitados ahora, que han eludido la terrorífica zarpa del turismo y sus secuelas. Parajes amigos que he recorrido otras veces, escenarios recordados de estancias esporádicas y necesarios retiros. Viveros de agradables y recurrentes evocaciones, de momentos endulzados por el hedor de las algas descomponiéndose sobre la playa y los arbustos que han despertado sus contundentes olores tras una fugaz llovizna. Suponen cómodos reclinatorios sobre los que acomodar mi soledad, despuntar mis agujas, desportillar mis filos. Rincones donde el silencio transforma y resulta siempre manejable, amigable.      

     Calas apartadas, imprevistas en la orilla de los secarrales, detrás de campos de cereales olvidados, de terrazas de almendros o algarrobos abandonados, de barbechos resecos que parecen desconocer su proximidad. Playas alejadas, desubicadas, a trasmano de rutas comerciales, tras extensiones plastificadas de invernaderos. Radas de aguas mansas, someras, recalentadas en sus reductos, que permiten el baño en cualquier época del año. Conchas escuetas con una cinta de arena apenas, tímidos bocados del mar a la tierra. O bien, amplias estancias esculpidas entre roquedales, de fondos oscuros y refrescantes aguas, muy apreciadas durante el estío, que invitan a ser abrazarlas en su privada profundidad.  

     Preciso huir hacia allí, transcurrir días disolviendo mis soledades entre las suyas, enjuagándolas en el agua salobre, abusando de esos despejados espacios. Me planteo últimamente si, en realidad, no estará equivocado mi concepto de procedencia, si no debiera ser este mi puesto, mi residencia habitual. Me vienen a la memoria las palabras de aquel marino mercante que contaba que, sumados los días que había pasado embarcado, arrojaban un saldo superior al de los que habían transcurrido en tierra. Llegaba, incluso, a decir que estaba tan acostumbrado al bamboleo de los navíos, que se mareaba al poner pie a tierra, cuando llevaba un rato en el puerto, por lo que debía acudir a la taberna más próxima a contrarrestar esa indisposición. Lo decía de una manera jocosa para justificar esa afición, aunque, sin saberlo, revelaba una tremenda verdad.

     También a mí me ocurre algo parecido. Cuando me alejo del mar, cuando dejo de notar sobre la piel la grasilla de su humedad, el efluvio sanador del yodo y la sal en el ambiente, y regreso a lo que se supone mi hogar, mi cotidianeidad asumida -la porción de civilización que llamamos rutina-, es cuando escapo, cuando me estoy evadiendo de mi auténtica realidad.

     Dudo entonces sobre cuál es mi verdadera residencia, el domicilio que ha de figurar en mis documentos. Y dudo, desconfiado, por consiguiente, de cuáles han de ser mis ocupaciones, personales y sociales, mis prioridades, de todas las tareas e imposiciones que van aparejadas a ello.

     Me cuestiono mi pertenencia a este otro emplazamiento en el que nunca me siento ajeno, en el que mi presencia no resulta extraña, por más que sea la primera vez que lo piso; en el que, de inmediato, estoy perfectamente asentado, con solo atisbarlo desde el coche rebrillando en la lejanía, haciéndome señales de bienvenida; nada me parece ajeno, molesto o inconveniente. Aquí me hayo bien acomodado y dispuesto siempre, con mi mejor talante.

     No se trata de un punto específico, concreto, pueden serlo varios. Puntos magnéticos, polos bien imantados, a cuya llamada inaplazable he de rendirme, obedecerla, encontrar de vez en cuando hueco para realizar una visita. No existe uno preciso y determinado, aunque cuento con alguno muy significativo. He logrado, a lo largo de los años, descubrir varios, similares en cierto modo, aunque bien distintos en su particular personalidad, a lo largo de la costa. La lista permanece abierta, incluso, siempre lo ha de estar.

    Me resultan accesibles, amigables, cercanos, a una distancia tal que me permite ir haciendo un precalentamiento en el coche, encontrando mi más favorable disposición. Familiares de inmediato, obran un efecto analgésico con solo presentir el encuentro, antes de vislumbrarlos al final de la carretera. Las jornadas anteriores bullen de contentas mis expectativas y se hacen más llevaderas mis obligaciones.

     Aunque las condiciones materiales de los alojamientos puedan parecer, lo que para algunos podría calificarse como precarias, a mí me resultan comodísimos, duerma donde duerma y coma lo que coma, porque siempre prevalece el todo sobre las partes, lo principal sobe los detalles. Siempre. No me encuentro en disposición de quejarme nunca, resultaría sumamente desagradecido, inconveniente para mi propósito.

     Procuro amigarme enseguida con su genius locci. Suelo conectar con él a plena satisfacción al cabo de un rato. Los manes, lares y penates locales me acogen con afabilidad, me son propicios, lo noto. Si acaso resultase más complicado, un buen rato de charla profunda entre nosotros, a la orilla del mar (hace de intermediario), lo resuelve.

      Merece la pena acudir, visitarlos, aunque solo sea por una tarde; un único día  puede parecer que no compensa el desplazamiento y regreso en la misma jornada, pero ya lo creo que sí: durante los días anteriores, las pretensiones que se generan también cuentan, y en los posteriores permanece su balsámico efecto. Desde luego, una estancia más prolongada, uno o dos días, un fin de semana, renueva mejor mis menguadas fuerzas, mi compromiso con la vida, mi confianza en ella y en el género humano.

     Encuentro que es aquí, por consiguiente, en la ciudad, atornillado a este presente bovino, prescindible (no por cotidiano, sino por amorfo), repetitivo -nunca se repite el mismo mar, las mismas olas, nunca insinúan lo mismo-, donde me siento realmente ajeno, raro, descolocado. Esta segura y monótona cotidianeidad sin sobresaltos es la que termina resultándome extraña,  inapropiada, impersonal; se revela como vivida por otro que se parece a mí pero que no soy yo, otro al que, la mayor parte del tiempo, no reconozco. Eso es lo que me confirma con absoluta rotundidad que debo pertenecer a otro sitio, que soy víctima de un secuestro seguramente.

                   

          Andar conlleva una uniformidad de zancada, una cómoda regularidad en los pasos y, con ello, un ritmo de pensamiento distinto, pedestre, primario. Supone que llegan a nuestra mente otro tipo de consideraciones y se resuelven de manera más sencilla cuestiones que, de otra forma, nos llevarían más quebraderos de cabeza. No se aprecia al principio pero es así, termina imponiéndose con absoluta claridad. Sin embargo no estamos dispuestos a concederle la importancia que merece. No le asignamos ni la cantidad de tiempo ni los recorridos necesarios, tampoco en la manera adecuada: hemos de realizarlo solos. Confundimos caminar con pasear charlando, quedar con otros para hacer ejercicio, para recorrer un circuito o lograr una distancia determinada, midiendo los tiempos, baremando las distancias y las calorías en esos aparatitos modernos.

     Nos equivocamos cuando pensamos que andar supone un desperdicio, que precisamos de ese tiempo para otros asuntos más apremiantes. Además, sería una estupidez desperdiciar la cantidad y variedad de medios de transporte que el progreso ha puesto a nuestro alcance. Si se trata de ejercitarse, nos decimos, podemos andar rápido o correr sobre una cinta, una bici estática, un rodillo, mientras aprovechamos para escuchar música, oír la radio, mirar la televisión o atender a nuestros asuntos en el teléfono móvil.

     Evitamos andar por andar porque evitamos desperdiciar el tiempo. En nuestra vida diaria también desaprovechamos las oportunidades que surgen para caminar: yendo al trabajo, a los recados, al centro, regresando a casa, combinando las idas o las vueltas con otros medios de transporte.  

      Bien distinto es salir a la naturaleza, caminarla, transitarla recorriendo sus diferentes paisajes, aceptar  algunas de las múltiples  propuestas que regalan los senderos trillados, medidos, cartografiados. Ni siquiera podemos considerar que adscribirnos a un club senderista, que nos proporcione  esos recorridos regularmente, vaya a suponer un adecuado aprovechamiento del bien caminar. No. Puede resultar un interesante punto de partida, una manera de desentumecer músculos, articulaciones y conciencia; de adaptarnos a la cambiante climatología y recorridos que nos esperan, claro. Puede ser muy válida. Además ofrece una forma de relacionarnos, conocer gente, ocupar los fines de semana, diversificar los días de vacaciones e introducirse, sin riesgo, en el turismo de aventura.

      Pero no hemos de quedarnos únicamente en ello, no ha de bastarnos. Si el germen que avivan esas caminatas prende como debe, aspiraremos a diversificar y personalizar los trayectos, las experiencias, abandonados a tantas posibilidades como ofrece la naturaleza, sea cual sea su aspecto. Existen diferentes opciones que contribuyen a incrementar esa inmersión en el medio natural, el disfrute y la utilización de sus múltiples posibilidades: micología, botánica, ornitología, mariposas, fósiles, arqueología, montañismo, escalada, espeleología o el simple senderismo.

   Aunque al comienzo no consiga llenarnos plenamente, si somos capaces de persistir, obviando las lógicas molestias e inconvenientes (toda nueva actividad los tiene, máxime si requiere esfuerzo físico), terminará resultando gratificante. Al principio el cuerpo se revela, no está dispuesto a abandonar su cómodo sedentarismo sin protestar. Nos ataca con agujetas y dolores, quejas e incomodidades derivadas. Se obstina en recuperar el control hacia su placidez. Pone a prueba nuestra persistencia y resolución, pero finalmente, si no consentimos en aflojar y continuamos saliendo, ha de rendirse a la evidencia y claudicar.

     La mente, con toda una colección imaginaria de miedos y prevenciones, con todo un surtido de riesgos, caídas y percances posibles, también intentará doblegarnos. No digo que no puedan ocurrir, pero en todo deporte o actividad física se cuenta con ello. Bastará con tomar las precauciones y prevenciones necesarias.

     A medida que avancemos, iremos cogiéndole el gusto, aprendiendo a repartir los esfuerzos, a regular la intensidad, ejercitando una adaptabilidad de la que carecen los deportes, por el apasionamiento y la competitividad que exigen (incluso los individuales). Y, sobre todo, se irá instalando en nuestro cerebro una quietud que favorece una manera diferente de pensar.

De esa sensación de desarreglo y desorden que acapara mis horas surge el acierto, más que del orden y la regularidad que supone una vida organizada, planificada y bien atada. Intuyo que es necesario perderse para terminar encontrándose, que no vale con extraviarse un poco, momentáneamente, como un niño en una gran superficie comercial, más bien, como un perro en una gasolinera.

     Comprendo que es necesario jugarse el todo por el todo si lo que está en juego es la vida, uno mismo. Si se pretende derrotar a la banca, el envite ha de ser máximo, superlativo, aún cargándose de deudas. Es preciso pues descomponerse, dividirse y subdividirse, reducirse a la mínima expresión, a moneda fraccionaria, para aumentar las posibilidades del envite, las jugadas, y, al tiempo, recomponer con mayor facilidad el puzle.

     Importar menos que un grano de arena, que la espina de un arbusto o la nervadura de una hoja. Escucharse menos que el susurro de una comadreja, que el canto de un pájaro nocturno en medio de una tormenta o un pollo de gaviota dentro de una colonia… puede ser una magnífica opción para comenzar.

                                                                                                                                              Cobertura

Una palabra preciosa, intima, que abriga. Alude al revestimiento o capa con que se cubre algo, a cierta protección y cobijo, al amparo. Pero la hemos despojado de su primitivo y preciado sentido. No hemos encontrado ninguna inglesa más rimbombante y moderna que suene mejor, debe haberla, siempre la hay, para prostituirla.

     Queremos aludir a que estamos en línea, conectados, protegidos, a salvo… Indicamos con ella que nos llegan ondas electromagnéticas, radiaciones, suficientes señales, como para encontrarnos a cubierto del campo de acción de nuestra actualísima tecnología. Es posible utilizar toda la gama de aparatos (ordenadores, teléfonos móviles, ipad…) inventados para mantenernos en contacto, controlados, al alcance.

     Yo, por mi parte, me siento totalmente cubierto, protegido y amparado cuando no hay cobertura y empiezo a preocuparme cuando se recupera. Con ella llega la intromisión, la publicidad, el acoso… esos dispositivos, mal llamados inteligentes (lo son en la medida en que nosotros nos volvemos más tontos), están pensados y fabricados para ser usados, por tanto exigen nuestra atención cada cierto.

      La escasez de asentamientos y de pueblos, lo apartado de muchos lugares, desaconseja la inversión que requiere esa entrometida cobertura, como ocurrió con el telégrafo, el teléfono, etc. en sus comienzos. Cuesta justificarlo, pero basta pensar como nos hemos apañado hasta ahora, antes de que existiera: perfectamente. Pero terminará llegando, los satélites son capaces de llegar a todos lados, nada se les escapa. Desgraciadamente.

      Yo, por mi parte, me siento siempre totalmente cubierto –como digo. Estoy bajo cobertura, a pesar de que la mayor parte del día no tenga encendido el teléfono móvil. No lo necesitaba antes y no lo necesito ahora, resulta desaconsejado. Una llamada nocturna a la familia, un aviso de mi posible ruta, basta. Eso sí, cuando me cruzo con alguien en el camino procuro saludar, charlar un rato,  informarme e informarle de mi trayecto por si surgiera un imprevisto, un percance. Así se ha procedido siempre. Además, ante cualquier contingencia, siempre aparece la ayuda de la gente del campo: cama, comida, orientación, etc.

     Desaconsejados pues los aparatosos aparatos modernos, las modernas moderneces que calculan, informan, sugieren, deciden y piensan por nosotros. Lo único que acarrean es distracción, sustracción, intromisión, roban tiempo, atención e intensidad. Perturban y masturban con sus intromisiones.

                                                    Primera persona del singular: tú. Segunda: nosotros.

¿Y si el yo fuese un engaño, si no existiese, si solo constituyese una verosímil mentira urdida y mantenida durante milenios por la enfebrecida mente humana, uno más de los convenientes engaños que descubrió y propagó para asegurarse la supervivencia, la supremacía?

     Sabemos que exteriorizando somos más. Cuanto más te viertes hacia fuera, vales más, no cuando miras dentro. Somos simios sociales, muy sociales. Multiplicamos nuestra valía y nuestra fuerza unidos, aumentamos.

      Sabemos cómo somos cuando vemos como nos comportamos: somos graciosos porque  se ríen, inteligentes porque consideran nuestra opinión, amables porque nos lo agradecen, ridículos porque se mofan, amenos porque nos escuchan, extraños porque nos miran raro… pero por encima de todos somos sociables. ¿Acaso no nos hace sentir mejor ayudar, asistir, a nuestros semejantes (no es preciso que lo prescriban las religiones, es una sensación arraigada en el ser humano), interesarnos por sus vidas, recibiendo o no su agradecimiento? No hace falta llegar a la solidaridad asistencial, a la denigrante caridad (lo es porque sustituye a la justicia social), basta con dejar aflorar nuestra empatía, nuestra amabilidad y asertividad porque son valores que necesitan derramarse, para comprobar que tal cosa nos procura placer.

     Cierto que demasiados obstáculos y prevenciones interfieren la natural y espontánea aparición de estas cualidades, de nuestras buenas intenciones, que tenemos por valiosos caudales personales. La vida moderna favorece que tiendan a permanecer ocultas, escondidas en los recónditos almacenes de nuestra intimidad y terminen malográndose.

     Pienso a menudo, observando a las abejas laborando juntas, si nuestra personalidad, llegando un paso más adelante, lejos de resultar, como suponemos propia, individual (tanto como el dibujo del iris de los ojos o nuestra huella dactilar), no es en esencia dispersa, compartida. ¿Y si al igual que muchos colectivos de insectos, crustáceos, etc. seres  considerados inferiores, nuestra conciencia tuviese también un carácter comunitario y fuese un bien desperdigado, repartido entre miles de individuos similares (a pesar del tremendo apego que le tenemos, del arraigo desmedido con que nos obsesionamos por nuestro ego)? ¿Y si nuestra alma fuese común, colonial?, ¿acaso no pretenden eso las religiones, las ideologías, las filosofías que intentan explicar el mundo y la vida, justificarla o hallarle una razón de ser?  

     Las abejas, las termitas, las hormigas… cuentan con la unión del parentesco, son hijas de una misma una misma madre. Eso les hace considerarse piezas de un mosaico mayor, miembros de un cuerpo superior, muy por encima del individuo (se dirá que porque son seres inferiores, porque necesitan protegerse, diluirse), pero existen numerosas especies de insectos, tan desvalidos o más, que desarrollan su vida individualmente, no precisan crear colonias. Luego, la suya, es una opción evolutiva, una libre (conveniente) elección que las lleva a sacrificar su propia vida, llegado el caso, en favor de la comunidad.

     Surgen, a medida que se va investigando, muchas coincidencias entre nuestro humano proceder en la vida, nuestra manera de entenderla, y el de esas colonias ¿Y si solo fuésemos insectos mayores, mamíferos algo más evolucionados, aparentemente, no necesariamente más desarrollados ni más perfectos?, ¿hasta donde alcanza nuestro conocimiento para suponerlos inferiores, en qué aspectos lo son? No tenemos todas las certezas que se precisan, pero tampoco podemos rellenarlas descaradamente a favor nuestro.

     Muchos tús difuminados, disminuidos, sacrificados al grupo, forman un nosotros, un todos conmigo, pero desdibujado de yos, prescindibles entonces. Importa el conjunto, la globalidad, ansiamos por naturaleza fusionarnos en algún propósito colectivo: como aficionados o hooligans de un equipo deportivo, exaltados por la celebración de los goles, abrazados en la victoria, haciendo piña; como soldados de un batallón celebrando la gloria o enjuagando la derrota; como cómplices seguidores de un grupo de rock extasiados por el concierto; etc.

     ¿Y si el punto de vista elegido, como tantas otras veces, estuviese equivocado, viciado de subjetividad, y todo el individualismo que fomenta y celebra nuestra sociedad, toda esa carga de avances sociales, inventos y descubrimientos, que adjudicamos a la personalidad emprendedora y aventurera de seres excepcionales, fuese una mera suposición, una entelequia, y solo se produjese por la necesaria concreción de una serie pasos precedentes, la obra dinámica de un colectivo, y no merced a la egoísta adjudicación nominal que se hace a un inventor o a un pensador?

     Podemos llegar más lejos, mucho más lejos. O quizá sea al principio (de los tiempos). ¿Y si el papel de nuestra existencia, entonces, no consistiera en la mejora personal, sino en la capacidad de implicar en ello al conjunto, a la especie? No existirían avances individuales sin contribuir al bien colectivo, sin redundar en la mejora de las condiciones de vida de toda la humanidad. No se fomentaría el voraz individualismo que conlleva el deporte (incluso cuando es colectivo).  La publicidad no nos atosigaría con el anhelo de una desmedida y egoísta felicidad propia ante la que no caben otras consideraciones ¿Y si la política, en su sentido más puro (no esa patraña insulsa y esperpéntica que utilizan para manipularnos los miserables políticos que nos gobiernan) y la filosofía, como ciencias que piensan y pretenden nuestro progreso,  la mejoría de toda la colectividad, recuperaran su credibilidad y debieran ser consideradas muy por encima -que lo son, en objetivos y aspiraciones- al mero desarrollo personal, a las escuetas pretensiones particulares de gozo individual o de salvación eterna, sin permitir que recaiga nuestro destino en los dictados de ideólogos, economistas o religiosos?

Confío en la memoria como eficaz secretaria, ella sabe. Cuando ha pasado un tiempo y preciso rescatar imágenes con urgencia, ella se encarga de hacer la selección. Controla todos mis archivos, incluso aquellos que no creía retener conscientemente, que suponía perdidos. En ocasiones me sorprende agradablemente, rescata del fondo del baúl, de los muchos sueños acumulados, no se sabe bien en que parte mi almacén onírico, las sensaciones más evocadoras, las más jugosas, imágenes de olvidados parajes que no esperaba volver a disfrutar. O tal vez se las inventa, no sabría decir, para el caso es igual.

     Le basta un estímulo mínimo, una sensación escueta, una ráfaga, para volver a desencadenar aquella dulce evocación. No sé si me engaña, si sus cambalaches solo son fruto de la sospechosa complicidad que alimenta con mi fantasía o con las huellas indelebles que ha dejado la naturaleza en mi cerebro. Sea como fuere, no me lo planteo. Gozo plenamente de sus propuestas sin preguntarle de dónde ha sacado las fábulas que se deleita en contarme, los cuadros tan exquisitos que pinta y pone ante mis atónitos ojos, los sonidos de trinos que tal vez no encuentren pájaro al que poder adjudicarse. No conozco escritor, dibujante, pintor o artista que se le iguale.

     Actúa como un filtro necesario, orgánico, un tamiz que purifica las aguas turbias que emponzoñan mis circuitos. Es una depuradora colosal, una desaladora capaz de endulzar hasta las peores aguas residuales y potabilizar nuestro ánimo. Salta las convenciones, no respeta reglas, dicta sus propias leyes, pero, con todo, puedes estar más seguro, por embaucadora que pueda resultarte, de tu memoria que de tu juicio. Fíate de ella.

     Confío plenamente en su criterio, ella sabe. Aunque a menudo pueda parecer ajena y de alguna manera, que no sabría precisar, actúe por cuenta propia. Se supone que va de atrás-adelante, pero seguramente también se podría decir que viene del futuro para reclamar su cuota de presente, para levantar expectativas, ilusiones muy aparentes, emociones… para tirar de nosotros hacia adelante.

     Yo, en parte, viajo para alejarme de la memoria. Ando rápido esperando que se agote, que quede tirada a un lado de la cuneta. Intento dejarla atrás, ocultarla tras la línea del horizonte, que sea pasto de la oscuridad, porque lo que persigo son los espacios diáfanos, abiertos, iluminados, donde solo tenga tratos con su madre o su abuela.

En cuestión de recuerdos y evocaciones, conviene desclasificarlos de vez en cuando, revolverlos con sabiduría, apostar por la frescura y la juventud de los materiales nuevos. Dar cartas otra vez.  A fin de cuentas en los juegos de remembranzas, como en los de azar, todo se fía a la pericia en el manejo de los naipes, a la habilidad para urdir estrategias y envites con pocas bazas.

El demorado y anhelado placer del regreso, de la vuelta al hogar, un gusanillo paciente que aguarda el momento de asaltar a cualquier Ulises descuidado, cuando el cansancio resulta excesivo y la suma de incomodidades (o la falta de comodidades imprescindibles) se va haciendo cargante, cuando nuestro cuerpo pretende cobrarse el salario de horas extras acumuladas que se le deben y apenas nos queda saldo, cuando las tentación de las comodidades del aseo, el descanso y la comida, pugnan por engatusarnos.

     Tal vez sea la humana necesidad de contraste, de variación, la que alimente el dilema, la oposición de los contrarios. La exigencia de alternar, de entreverar jornadas felices y dinámicas con otras apaciguadas, etapas resplandecientes y luminosas en el campo con días grises y lluviosos al amor de la lumbre en invierno, nos redime del exceso de comodidad que tanto favorece la formación de telarañas en los rincones del tedio.      

                                                                                                                                               Ruido

 Ruido en portugués se dice barullo, una palabra que nosotros utilizamos para referirnos a jaleo, lio. Extraña comprobar que no tengan una palabra para referirse simplemente al sonido elevado, pero se comprende cuando uno ha viajado varias veces a su país. Los portugueses hablan, por lo general, en un tono de voz pausado, con calma, sin apresurarse, no tratan de imponer su discurso, no enfatizan ni alzan la voz, como ocurre habitualmente entre nosotros. Al menos yo no lo he apreciado. No digo que sean un modelo de educación y urbanidad, no, pero su idioma se escucha con claridad y agrado para el oído, en un tono adecuado y agradable. Resulta melodioso, más que el gallego, incluso, con el que está emparentado lingüísticamente.

     Es muy de agradecer para el oído, un órgano al que no concedemos la necesaria importancia que merece. Máxime cuando hemos aceptado como natural esa ensordecedora y turbadora algarabía en los medios de comunicación, esa perenne presencia de tertulianos  opinando a gritos sobre cualquier tema, enfrentados, interrumpiéndose, despotricando como burdos agitadores mediáticos. Hemos aceptado igualmente o, por los menos, no lo rechazamos que han de importarnos, por más ajenos que nos resulten  todo su/ese catálogo de temas de rabiosa y agresiva actualidad, ineludibles cuestiones sobre los que hemos de formarnos inmediatamente una opinión. Temas y asuntos que, en el transcurso de un viaje o unas vacaciones, por ejemplo, dejamos completamente de lado, desdeñamos. Lo que indica lo poco que realmente nos importan.

     Resulta de todo ello una molesta acumulación de escombros y cascotes, derrumbes y destrozos, ramas secas y hojarasca, residuos de todo tipo que impiden escucharse, reconocerse. Ramajes, cañizos secos, restos de recortes y podas, basuras peligrosamente acumuladas en los cauces de nuestros ríos y arroyos interiores,  que obturan las arterias y venas de nuestro pensamiento y que, de alguna manera, habremos de arrastrar en torrentera hacia el inmenso y magnánimo mar de la indiferencia.

Acantilados.

Se amuralla la tierra en su orilla queriendo dar la espalda, parapetarse. Decide  precipitarse al mar sin paciencia, enfadada, de manera brusca.

     Aún así no se lo permitimos, buscamos a lo largo de su espalda escudriñar una posibilidad de bajada, un acceso al agua. Encaramamos nuestras construcciones a sus hombros, en su chepa, las apuntalamos asomándose a los precipicios. Nos colgamos de esas alturas de vértigo, enfadados también nosotros con los hombres, con la tierra.

Esta ruta costera no puede adquirir ese carácter del traslado vacacional que nos resulta tan habitual. Un intermedio temporal transitorio, una parada de postas en medio del camino. Supone, cada vez que la retomo, un necesario reencuentro, la continuación en el punto donde la dejé. Se prolonga a saltos en el calendario, pero con continuidad en mi ánimo, con preparativos, expectativas, y recuerdos, una vez regresado, que la hacen tan especial.

     Estoy condicionado a encontrar determinados puntos en el trayecto (atalayas y torres  defensivas, fortines) que preciso visitar, documentar. Esa serie de enclaves obligan a unir el trazado como en los dibujos de puntos numerados, conformando una figura. Eso, lejos de condicionar la trayectoria, la enriquece, la complementa, porque le da un sentido inicial concreto, una excusa suficiente, dejando mucho margen de maniobra a la improvisación.