
Mienten los mapas, son falsos, ilusorios. Pretenden ser una representación reducida, a escala, de la realidad, un calco en papel del territorio, al que se han añadido una serie de signos convencionales que deben ayudar a orientarnos, a transitarlo, permitir circular. Nos muestran la tierra a vista de pájaro con intención de crearnos una imagen mental fiel del suelo que pisamos.
Nacieron como una imprescindible herramienta para viajar, para que el hombre pudiera desplazarse a grandes distancias, comerciar, a partir de una serie de referencias necesarias. Pretendían describir el territorio a medida que se iba conociendo y también los mares. Los portulanos marinos recopilaron, conforme se transitaban porciones cada vez más lejanas del Mediterráneo, sectores de la costa transitada, que incluían lugares propicios para el desembarque, puertos naturales, ensenadas, a base de referenciarlos con hitos geográficos significativos que los señalaban. Igualmente, en tierra, propiciaban rutas que posibilitaban atravesar cadenas montañosas por determinados collados, o por algunos pasos que se iban descubriendo, vadear ríos, acortar caminos, etc. Se incluían signos significativos resaltando referencias visuales, datos necesarios, peligros.
Pero, aunque tendamos a creer lo contrario, los mapas resultan convencionales, aproximados, tendenciosos. Los creemos a pies juntillas, como si fuesen una fotografía exacta, una visión sobrevolada desde una avioneta, pero son irreales, aunque les hallamos atribuido esa particularidad. Su representación es interesada y aleatoria, buscan convencer e influir de alguna forma en sus lectores y usuarios. Y no me refiero solo a las modificaciones de frontera recientes que han acarreado las últimas guerras, que afectan a los mapas políticos, al color con que se pinta cada país; sino a la mayor parte de lo que contienen, empezando por lo fundamental: la delimitación de tierras y mares.
No registran fielmente, para empezar, por ejemplo, con total exactitud la línea de costa. Esta no resulta fija, inamovible, tal cual nos la pretenden mostrar, sino que fluctúa con las mareas, en algunos casos bastante, hasta cientos de metros. Podría pintarse entonces una zona discontinua intermareal, como una franja de terreno aleatoria, con un color diferente, supongo. En los perfiles de los lagos y lagunas, su silueta resulta variable, oscila su tamaño en función de los aportes de agua, algunos terminan por desaparecer y no por ello lo hacen en posteriores ediciones. Los deltas de los ríos modifican su tamaño y forma según las estaciones del año, crecen considerablemente con el deshielo, merman en el estiaje, en la estación seca. Los mismos ríos se representan con una línea de igual grosor casi siempre, cuando sabemos que su caudal varía en gran medida en algunos tramos y, por tanto, su anchura.
Los colores que señalan las masas boscosas también merman, se reducen, desaparecen. O bien, se replantan y reforestan amplias zonas que no por ello se ven incluidas después. Los símbolos que indican el monte bajo no se actualizan, en ocasiones de reduce, se desertifica y ha de cambiarse, por tanto, su nomenclatura. En realidad, esas figuritas que aluden a los diferentes tipos de suelos y cultivos existentes, pierden enseguida su vigencia, conservan una clasificación obsoleta procedente del momento en que se confeccionaron los mapas. Ni atienden a recientes tierras cultivadas, implantación de invernaderos, balsas, caminos nuevos; ni, de otra parte, a degradación de bosques y zonas arbustivas, desertificación, etc.
El tamaño de la letra de las poblaciones que se utiliza se deriva del número de habitantes con que cuentan, pero este crece y decrece considerablemente, sin por ello verse afectado. Llegan inmigrantes, se radican importantes industrias que producen un efecto llamada y con ello aumentan los pobladores, pero no se contemplan los nuevos barrios que se crean ni el tipo de letra.
Todo ello se podría rectificar, actualizar con suma facilidad, en sucesivas ediciones, pero debe resultar muy engorroso y caro porque supone confeccionar casi un nuevo y completo mapa cada vez. Además, pensaran los editores, antes de terminar de realizarlo, ya habría variado de nuevo. Tal consideración no justifica lo obsoleto y anticuado de algunos mapas.
Debemos considerar también que los autores, las editoriales, ofrecen datos interesados, falsos. Por ejemplo, perfilan y sobredimensionan la medida de las carreteras, incluyen áreas de servicio y de descanso, gasolineras, aparcamientos, etc. para facilitar el trasiego de vehículos, que no necesariamente resultan de interés general. Incluyen el trazado de líneas de combustible, oleoductos, tendidos eléctricos, canales, trasvases, edificios industriales, agrícolas y otros datos prescindibles para la mayoría.
Aparecen líneas ficticias, convencionales, inexistentes en realidad sobre el terreno, como los límites municipales, provinciales, nacionales, de comunidades; las curvas de nivel (algunos las sustituyen por un sombreado de las laderas montañosas que pudiera darse a una hora determinada, o no, para crear sensación de relieve). Pero esos trazos no existen sobre el terreno.
Por tanto, únicamente se pueden considerar fiables, aprovechables, ciertos mapas que voluntariamente se han desproporcionado, deformado interesadamente, para adjudicar tamaños inverosímiles a países o regiones en función de determinados datos estudiados. Por ejemplo, los países más desarrollados poblacionalmente, económica, o industrialmente. Se establece una comparativa que desproporciona sus superficies para dar una idea más adecuada de su importancia. Estos sí se pueden tener en cuenta porque sabemos de entrada que no son reales, que se han tergiversado las proporciones merced a esa variable concreta.