
La isla de Planesia, Isla Plana o isla de Santa Pola, frente al cabo del mismo nombre, a unas tres millas marinas, al sur de la bahía de Alicante, ha sido a lo largo de la historia nido de piratas berberiscos. Se mantuvo deshabitada hasta el último tercio del siglo XVIII, momento en el que se impulsa un ambicioso proyecto para transformarla en plaza fuerte militar y de colonización civil de la isla, acorde a la filosofía reformista de la Ilustración. El proyecto se conocería como Nueva Tabarca, en recuerdo del origen de sus primeros pobladores.
En 1761, el ministro de Hacienda Rodríguez de Campomanes solicitó que se fortificase la isla Plana. Pero sería el conde de Aranda, como capitán general del Reino de Valencia, quien pidió, en 1766, al ingeniero Fernando Méndez Ras el alzamiento planimétrico de esta costa con vistas a urbanizarla y el primer dibujo de una torre defensiva para ella. Los planes iniciales fueron militares, proyectándose una ciudadela, cuyas obras arrancaron en julio de 1769.

En ese momento llegaron a Alicante, 309 cautivos liberados en Argel procedentes de la primitiva isla de Tabarka, al noroeste de Túnez, pegada prácticamente a la costa, muy cerca de la frontera con Argelia, la antigua Colonia V. P. Iulia Thabarcenorum romana. Este enclave costero había sido codiciado desde el XVI, tanto a nivel estratégico militar, como también por su riqueza en coral rojo, un producto muy cotizado en la época. Enmarcado en las campañas que el emperador Carlos V, con ayuda de sus aliados italianos, principalmente genoveses, llevó a cabo en el norte de África entre 1535 y 1541 para contrarrestar el poder otomano y sus aliados berberiscos en la zona, y el peligro que suponía esto para la estabilidad de las cercanas poblaciones costeras cristianas, la había incorporado a la corona hispana. Aportó importantes beneficios económicos por la explotación de las pesquerías de ese «oro rojo», pero en el XVIII decrecieron de manera alarmante, decayendo también el interés comercial y estratégico de los últimos Austrias.
Un asalto tunecino en 1741 desmanteló el fuerte hispano-genovés apresando a los habitantes que quedaban, siendo esclavizados primero en territorio tunecino y después, a partir de 1755, confinados en la ciudad de Argel, donde permanecieron cautivos durante casi una treintena de años. Tras largas y laboriosas gestiones llevas a cabo por las órdenes religiosas «redentoras» de los trinitarios y mercedarios destacadas en el norte de África (con la ayuda de la corte de Marruecos con la que se había firmado un acuerdo de paz y comercio en 1766), se consiguió su redención e intercambio en 1768, pudiendo desembarcar finalmente a los redimidos en Alicante en marzo de 17692.
Su obligado asentamiento, previsto en Nueva Tabarca, motivó el cambio de la idea inicial de solo hacer una fortaleza para el ejército, de modo que el proyecto se adaptó a las necesidades de la futura población estable que se sumaba a la prevista dotación de soldados.

Sabemos de la ejecución de inmuebles provisionales para la tropa y los operarios, así como de lo costoso de las obras desde el inicio “pues el agua y los materiales (…) habían de conducirse por medio de embarcaciones”. Se modifica el proyecto en 1770, la isla queda dividida en dos partes. En la parte de poniente, más pequeña, se emplaza el poblado fortificado al norte (“de 500 casas” o más), el castillo al sur, el revellín al este y una tenaza doble al oeste. Se definen los elementos básicos ya ejecutados del perímetro defensivo (murallas, puertas, baluartes, tenazas, almacenes…), tres plazas y cuatro cisternas ejecutadas en el exterior de la plaza central y un total de 14 semimanzanas que configuran la “Calle mayor” y el ámbito de la plaza Mayor. En la parte de levante, más extensa, se prevé: una alameda, tres molinos de viento, tres norias con sus estanques, una zona para plantar árboles, un gran fanal y una torre. Se alberga la esperanza de poder extraer agua del subsuelo para el cultivo.
Una racional composición urbana mediante dos ejes perpendiculares y la secuencia de plazas, y la geometría del recinto defensivo adaptado a la geografía insular presiden la fase primera. Han quedado ejecutadas las obras de fortificación al exterior y las viviendas al interior; lo más urgente. Los gastos han sido muy elevados y se comienza a dudar del destino militar de la plaza: las obras del futuro castillo se paralizan.
La pretendida utopía urbana se define en la relación de del uso militar y las arquitecturas civiles, donde constan edificios institucionales y asistenciales (ayuntamiento, cárcel, escuela y hospital), comerciales (horno, tahona, lonja y carnicerías), de uso fabril (carpintería, bodegas, almacén y factorías de esparto, lienzos y lonas), de uso industrial (hornos de yeso y cal) y de uso náutico (puerto, astillero de barcos, varaderos de redes y almadraba). Las necesarias instituciones, dotaciones, comercios e industrias se levantan para una pequeña urbe de 75 familias y 14 soldados (unos 361 habitantes). El giro desde el plano de lo militar al lo civil no fue una decisión arbitraria, sino consecuencia de las dudas del conde de Aranda, de las malas condiciones productivas de la isla y de las de la vida de sus vecinos. El gobierno español ya desconfiaba de la eficacia castrense de esta plaza, los gastos se habían desbordado y no se terminaba de creer en su autosuficiencia, hídrica al menos.
El plano definitivo se realiza en 1779. Novedades: la definición del castillo de san Carlos y de nuevas cisternas de agua, aparecen de tres aljibes debajo de las plazas públicas que se suman a los siete ya hechos y a los conductos subterráneos para recoger las aguas de lluvia de los terrados. Se planifica la transformación del accidentado relieve en un plano urbanizado de suave pendiente que evacúa y recoge el agua de lluvia. En esta sección, tanto protagonismo tiene el gran castillo proyectado y la iglesia-cementerio construida, como la nueva cisterna central de 9 bóvedas. En el dibujo adquieren bastante protagonismo, tanto el nuevo muelle, como los seis pisos de baterías del castillo. Empieza a considerarse como dice en un informe Gaspar Bernardo de Lara de abril de 1779 que “La naturaleza le había negado todo aquello que se consideraba preciso para hacerla habitable, como leña, tierra fértil y agua potable”, se va desechando la idea inicial de convertir isla Plana, ya Nueva Tabarca, en un fuerte de primer orden con presidio, gran faro, lazareto y puerto franco.
Comienza el ocaso de la utopía de transformar la isla Plana en la población de San Pablo en la isla de Nueva Tabarca, se pone en evidencia el enorme gasto, los informes adversos, las quejas del vecindario y la realidad de la geología y del clima de la isla que denuncian las condiciones que la ciencia del ingeniero no puede superar: ni el campo da cosechas, ni los árboles crecen, ni las lluvias llenan los aljibes. Con un nutrido grupo poblacional ya establecido en la isla, las autoridades españolas renunciaron a ejecutar las primitivas ideas que había llevado a establecer una colonia militar en aquella isla desolada y desierta y, en la práctica, se desentendieron de los colonos.
Basado en José Manuel Pérez Burgos



