Geometría de los recuerdos

Se persiguen, mientras se van marcando en la arena fresca, pulida, amable. Se escabullen jugando a adelantarse. Se deshacen en la espuma momentánea de la resaca de las olas, las huellas de unos pies. Se persiguen en las pocas zancadas que precisan dar para llegar al agua.

     Se zambulle sin considerarlo, respondiendo a una particular llamada.

     La figura nada con un depurado estilo crawl, recta hacia una de las bollas amarillas que delimitan la zona de baño. Escondiendo la cabeza entre los hombros para no ofrecer resistencia al avance, sacándola a ritmo, cada tres brazadas. Izquierda, derecha, izquierda…respiración. Derecha, izquierda, derecha… respiración.

     Concentrada en nadar bien, con suavidad, con los gestos precisos, con efectividad y economía de esfuerzo. Relajada, ejecutando casi una danza. Sin abandonar una imaginaria línea, como si de la calle de una piscina se tratase. Lanzando fugaces miradas a la boya de tanto en tanto, pero sin demorarse a considerar la distancia que resta. Sin permitirse dudar, imponiéndose la tarea de bracear sin parar, clavando paladas hondas y certeras de unas manos convertidas en remos. Hincando cada una en el agua, sobre las nacientes ondas que, obstinadas, pretenden devolverla hacia la orilla. A golpes precisos de azadón para abrir surco sobre esta yerma superficie, para agotar en el esfuerzo el óxido del dolor que la impotencia y el desánimo generan.

     Peonando brazadas, tajos, hachazos de rabia. La vista arrastrando por el fondo arenoso, limpio de rocas, tapizado por las pequeñas dunas que producen las corrientes. Desplazándose bajo su avance puede adivinarlas aguantando el escozor que la sal provoca en los ojos.

     Sin permitirse desfallecer. Recta la columna, tensa por el esfuerzo, poderosa, firme. Recortando esos metros que faltan, administrando esfuerzo y fatiga, obviando el frescor otoñal con que las aguas quieren mermar la determinación del cuerpo. Concentrada en el braceo constante, continuado, hipnótico. Izquierda, derecha, izquierda…respiración. Derecha, izquierda, derecha…respiración.

     Parece moverse la bolla, acercarse, venir a su encuentro, considerándole al límite del agotamiento, apiadándose. La llegada a ella le sorprende ejecutando la siguiente brazada. Ha de asirse a su cuello de ánfora de plástico duro para frenarse. Con el ímpetu la desplaza unos metros de su posición, que recupera al rebotar hasta donde el cabo, que la sujeta al fondo, le permite.

     Recupera el resuello, la presencia propia, la conciencia de saberse quieto. Se enreda con las piernas a la maroma de pita escurridiza que las pequeñas algas han colonizado, para liberar el tronco y los brazos de trabajo, para concederles descanso.

     Levanta su mirada sumergida. Recorre a ras la superficie del agua, que ahora aparece en toda su grandeza y variedad de accidentes, asombrada de su cambiante relieve. Se inunda de inmensidad. Se siente minúsculo, ínfimo.

I

          De sobra sé que los recuerdos mienten, creo que siempre lo he sabido, aunque no ha sido hasta ahora que me he permitido asumirlo.

     A pesar de que en un principio no se quiera ver, con los años terminamos descubriendo sus embustes y triquiñuelas. Mienten como bellacos engatusando a cautos y desprevenidos. Se ensañan especialmente con las evocaciones que atesoramos con más celo, llegando a transformarlas en una caricatura de sí mismas, en piadosas mentiras. Así, un buen día descubrimos espantados que las joyas que guardábamos con tanto celo en la caja fuerte de nuestro ánimo resultan ser simples baratijas, falsificaciones, a la luz de un escrutinio más riguroso. Pero es una ley de supervivencia personal, una adaptación biológica necesaria. 

     De sobra sé que la evocación, hija putativa de la imaginación y el delirio, es una consumada y avezada embaucadora. Conoce las artes de la ocultación y el disimulo, de la prestidigitación, a la hora de endosarle aspiraciones legítimas a la voluntad, haciéndolas parecer posibles cuando ni tan siquiera llegan a ser factibles.

     Ahora empiezo a entender como la ensoñación se apodera de los momentos significativos antes de que caduquen, cuando ni tan siquiera comienzan a oler como pasado, los desangra y compacta, los deforma para envasarlos al vacio. Nuestra memoria lejana es una descomunal cámara frigorífica que esconde cadáveres, miles de cadáveres entre toneladas de hielo, conservados para ser recuperados cuando convenga. Acabamos convirtiéndonos en forenses, peritos forenses sin titulación, detectives novatos hurgando en los ficheros de una vida que se parece a la nuestra.               

     Entiendo que, a fuerza de ser convocados, ciertos recuerdos se expanden, cobran una desproporcionada grandeza, elevándose como globos aerostáticos. Se van falseando con cada aparición, a medida que suben al escenario una vez tras otra, desvirtuados por nuestros aplausos interesados y nuestra congénita credulidad, hasta que terminan por no guardar ningún parecido con su original. Con la distancia, el tiempo transcurrido y nuestro exceso de euforia, adquieren un relumbrón que en su momento no tuvieron, ni tendrían nunca, de no ser por la necesidad de asirnos a barandillas consistentes que nos separen del abismo. Falsos sin llegar a mentir, dulces sin contenido en azúcares, retocados a conveniencia, encajan perfectamente en los huecos que producen nuestros engranajes anímicos con su desgaste.

        Sentada esa premisa, asumida plenamente, podría decirse que hablamos el mismo idioma. Podemos charlar, entonces.

         Así, podría contarte sobre aquel artículo que recuerdo como si lo hubiese escrito ayer, aquel reportaje que a buen seguro conocerás, desencadenante de todo lo demás.  No me resulta difícil revivir aquellos intensos días, trasladarme de vuelta a ellos.

     El asunto surgió de manera fortuita. El trabajo había encaminado mis pasos a través de aquel paisaje peculiar, tan diferente del que conocía, con gentes sencillas, sin dobleces aparentes, que adquirieron enseguida para mí una pátina de honradez y pureza significativa, más achacable más a mi propia intención que a merito suyo. Buscaba un protagonista anónimo, impersonal, un consistente perchero prestado sobre el que colgar mis ensoñaciones de entonces.

     El tipo de periodismo que practicaba no permitía explayarme, dar rienda suelta a las veleidades poéticas que fluían dentro de mí ni descargar las pretensiones líricas que me poblaban. Y ya que en el trabajo del día a día no podía, intentaba colarlo por sus márgenes usando un cierto enfoque esteticista –que otros llamaban petulancia- acogiéndome a la moda imperante del llamado Periodismo Literario (que no era otra cosa que el advenimiento a las páginas de diarios y semanales, como articulistas esporádicos, de algunos escritores que precisaban monetario o aprovechaban la efímera popularidad que daba un contacto más seguido con los lectores para relanzar su carrera).

     Aunque no pudiera ni remotamente soñar con incluirme en tan selecto grupo, ansiaba contribuir modestamente. El libro de poesía que llevaba años preparando no terminaba de florecer del todo, mal enraizado y aquejado de pulgones y plagas diversas. La novela, que me acompañaba día y noche desde… ¡ni se sabe cuándo!, no veía culminada ninguna de las derivas narrativas en las que se obstinaba en subdividirse. Así que no me quedaba más remedio que dejar aflorar, pues manaba sin control, aquella estilosa escritura como magma urgente por las grietas de una corteza personal resquebrajada. Salpicada con toda suerte de florilegios y arabescos de estilo, pretendía perfumar los renglones de las páginas de sociedad, los artículos de sucesos e, incluso durante unos meses, las crónicas futbolísticas del equipo local de futbol, en las que el periódico me pluriempleaba (más correcto sería decir subempleaba).

    Intentaba compensar así el atenazamiento creativo que constreñía mis veleidades literarias en tan infumable gacetilla, dando rienda suelta a aquellos desbarres estilísticos.        Surgían múltiples producciones de muy variado cuño -que tal vez algún día te mostraré, si es que las encuentro-, perpetraba relatos y novelones, poesías, por supuesto, escritos varios, obras de teatro, incluso.

    La suma de despropósitos, que por entonces constituía mi vida, amenazaba con echarlo todo abajo.  En espera de amortizar mis resacas, mal disimuladas tras el desorden colosal de mi mesa, el redactor jefe me había dado un aviso, a modo de ultimátum. No me quedó más remedio que reducir tantos desbarres y buscar algún tipo de actividad compensatoria (era mucha la quina y la tensión que se tragaba) o disuasoria. Negado como siempre había estado para el trabajo físico y la práctica deportiva grupal, obcecado en no romper mis votos de no pisar en la vida un gimnasio, pabellón polideportivo, cancha de juego ni cosa que se le pareciera, en chandal, no quedaba mucho donde elegir. Hube de recurrir pues a paseos esporádicos.

     Me ayudaban a desconectar de la febril actividad laboral, de tantos vaivenes y ajetreos, de la locura en el cierre de cada edición. Aquellas caminatas suponían, al menos, unas horas de distracción sin recurrir necesariamente a dormitar en el sillón frente a la tele, que era lo que más se parecía a disponer de tiempo propio.

     Salía a menudo a cubrir una noticia a cualquier pueblo de la provincia o colindantes. No resultaba complicado acabar pronto, vivíamos de fórmulas codificadas y tópicos al uso, aprovechaba entonces para pasear por el campo. Suponía que eso propiciaría el reencuentro conmigo mismo, con un centro de gravedad propio que me disuadiera de continuar con aquella vida disoluta.

     Disculpa si caigo en repeticiones o en disgresiones fuera de lugar –como denota tu expresión- pero mi cabeza, lejos de plantearse los hechos como un caudal continuo y mantenido, los evoca salteados, mezclando a borbotones sus imágenes, alternando rápidos y remansos con pozas y cascadas.

      Bien, volvamos al artículo, al dichoso reportaje, recuperemos parajes y personajes que a buen seguro te resultarán familiares. Te confieso que el encuentro con aquellos territorios, con aquel rincón perdido de la geografía peninsular, tan cercano en distancia como alejado en sus formas de vida, me resultó impactante, alborotó una parte de mi aquejada sensibilidad, dolida de darse cabezazos contra los cristales de las ventanas, anestesiada de expectativas.

      Aparecía la aldea tal cual estaría medio siglo atrás, un siglo, dos, invariable, habitada por gentes semejantes a sus padres y a sus abuelos, con una filosofía y unos planteamientos idénticos. Me sentí reconciliado de inmediato con esa forma de vida. No tardaría en comprobar que solo fue una impresión momentánea, circunstancial, una forma de rellenar a voluntad mis expectativas.

     Buscaba -ahora lo sé- mi estación húmeda, el frescor que todo lo alivia y besuquea, la llegada reparadora de unas lluvias que harían brotar algo de hierba en mis agostadas praderas. Y con ellas, tal vez, una alegría primigenia, una conformidad básica.   

      Había llegado uno de esos días de relleno,comparsas entre otros similares que terminan formando filas de números sin relevancia en un calendario. Sería un miércoles o un jueves, ¿era por la tarde?, ¿qué más da? Venía de cubrir la noticia de un parricidio acaecido días atrás, en una aldea cercana: un joven en tratamiento psiquiátrico, alterado por cierto retraso en su medicación, había machacado a golpes con una piedra la cabeza de su octogenaria madre.

           Las malas cabezas y el viento de levante sumados producen periódicamente este tipo de funestos desenlaces a los que nunca terminaremos de acostumbrarnos… que, a pesar de la escasez de medios sanitarios y la celeridad en actuar de los horrorizados vecinos deberían preverse con la necesaria antelación que exige un medio rural alejado y disperso, no siempre atendido con los medios adecuados… bla, bla, bla… Una vez más las circunstancias ha querido cebarse con estas pobres gentes, desencadenado unos sucesos luctuosos que adquieren tintes de dramáticos…bla, bla, bla… puestos al habla con el consejo de Sanidad ha prometido…

     Lo recuerdo perfectamente. Debía documentar además, ese era el motivo inicial del viaje, la noticia de un movimiento sísmico de cierta consideración; se habían producido otros antes, de hecho eran frecuentes. En verano nos venían al pelo como recurrente serpiente de verano.

          … sin embargo en esta ocasión, parece ser que revisten una mayor magnitud. Los datos aportados por la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional en los sismógrafos próximos y los cálculos obtenidos a partir de ellos indican que, aunque momentáneamente la tendencia es a remitir, debiera considerarse su gravedad, superior a la esperada, amenazando en algún momento, en un futuro no muy lejano, con convertirse en peligrosos, pudiendo alcanzar incluso a zonas de la provincia nunca antes afectadas que…

      Al menos eso creía y hacer creer el jefe de redacción, según me dijo antes de mi partida guiñándome su profesional ojo clínico para vender

          …lo hemos podido contrastar con fuentes de reconocida solvencia técnica, bien informadas (esto era obligatorio ponerlo siempre), consultadas por nuestro reportero (enviado especial –me corregiría él-), que apuntan en la dirección de que, de reiterarse tales sacudidas en los próximas 48 horas, lo harían con una virulencia desconocida hasta ahora, pudiendo afectar a… bla, bla, bla…

      Un punto controlado de exageración, algunas gotas del hipotético desastre por llegar, un chorreoncito de alarmismo, todo ello sazonado con una pizca de carnaza fina -decía él, como si la  podredumbre oliera menos al dosificarla- compondrían el guiso perfecto que se precisaba para aumentar la tirada del día.

     El trabajo resultó sencillo y rápido, como cabía prever. Aliñados debidamente los cuatro datos de agencia que traía y los comentarios de unos cuantos vecinos asustados, que no fue difícil encontrar -¡busca ancianos, siempre dan más juego!- con la recurrente fraseología al uso cargada de tópicos e interrogantes, pude resolver el asunto sin mayor dilación. ¿Para qué iba a tirar por otro lado?, era lo que se esperaba. Hacía ya tiempo que había dejado de darme coscorrones contra esa inapelable evidencia.

    Como el director me había dado carta blanca para alargarme lo necesario -eso quería decir: lo estrictamente necesario, lo suficiente como para rentabilizar las dietas de que dispondría- y obtuve material para varios artículos, decidí aprovechar la ocasión, suponía todo un lujo que no debía desperdiciar. Además llegaba el fin de semana, con lo podía añadir algún día más de descanso. Así que, finalizadas las pesquisas, subí a mi baqueteado utilitario, crucé los dedos -era preceptivo- y… ¡aleluya!, el motor se dignó arrancar.

     Me dejé vagar pues por aquellas carreteras comarcales, dispuesto a hacer un poco de turístico. No era frecuente, nada frecuente, que el trabajo me brindase esas ocasiones de ocio. Lo necesitaba. El coche discurría por donde buenamente conducía el camino, dejaba que la carretera marcara el rumbo y que mi descoyuntada confianza en el azar se animase a volver para indicarme. Un poco de música acompañando a la vista deslizándose por las ondulaciones del terreno y vagancia a raudales, hacían el resto. Excelente ejercicio para calmar dolencias y templar ánimos, un atracón de transitoriedad y relativización.

     Ante el parabrisas discurrían, marginales polvorientas, carreteras aburridas de no ver pasar coches. Bacheadas en exceso, asfaltadas hace muchos años (posiblemente tantos como tiempo de existencia tenían), estrechas, desdentadas en los bordes, parcheadas y con calvas, sin rastro de líneas laterales y con la central solo adivinándose a trechos. Curvas y contracurvas, badenes, sube y baja continuo. Trazado caprichoso, superpuesto seguramente a un camino de tierra anterior.

     Haciendas abandonadas al borde del camino, con ventas atrancadas. Casonas de tapial descalabradas en medio de baldíos improductivos que hablaban de cierto esplendor pasado. Rincones con casutas de ventanas atrancadas o reventadas sobre los cerros, cabezos coronados de riscos, morros pétreos requemados por el sol recortándose sobre gredas amarillas y arcillas rojizas. Manchones de tierras violáceas, ocres, blanquecinas y verdosas de yeso, el surtido completo de una caja de lapiceros Alpino desparramado. La escasez de vegetación dejaba más desabridos aún los paisajes, más desnuda esta tierra ya de por sí desnuda. Tanta y tan cálida variedad de tonos atraía poderosamente mi atención.

     Naves de pequeñas factorías de fruta, talleres mecánicos, almacenes clausurados, carteles de encurtidos y salazones, señales descoloridas, gasolineras aburridas criando hierbajos… Panorámicas abiertas calcinadas por un sol africano inclemente que restaba el anonimato de las sombras. Espacios abiertos, luminosos, distancias en otro tiempo insalvables que enlazaba la carretera librándolos del aislamiento.

     Como una cinta desgastada, como una presencia impropia, refrescando la visión cuando se abre la perspectiva, entre los cerros, surge el mar. Al fondo el mar, el mar siempre, la proeza de su luz rutilante desentona de estos yermos poblados de esparto, territorios enemigos declarados de la vegetación. Alivio para la mirada y el espíritu, alteración gozosa de un espejismo en medio del desierto. El mar como un sorbo de esperanza, un cristal envejecido intentando arrancarle refulgencias a un sol aburrido de lucir.

      Decidido a no forzar la marcha, abandonándome a su propuesta, acompaso mi ritmo de conducción a las oscilaciones y sinuosidades de la carretera en una especie de ballet cadencioso, un vals hipnótico, dejándome llevar por el balanceo suave que el trazado propone. Si he de dejarme ir, solazarme a conciencia estos días, empezar ya, en la misma conducción.

     Desciendo las rampas escalonadas que conducen hacia la costa, diviso a lo lejos tapias y volúmenes alargando sus sombras de lo que debe ser la aldea. A un lado, en el barbecho que ha removido el tractor, unas cuantas garcetas blancas buscan su cena entre los gasones resecos. En la tierra volteada seleccionan su menú de larvas y lombrices que han quedado al descubierto.

     Llego al poblado cuando comienza a declinar la tarde y una quietud espectral se apodera de las callejas vacías. La brisa fresca de levante se asoma por las esquinas, al tiempo que balancea amorosa las ramas de una palmera que sobresale de puntillas sobre la tapia de un patio trasero.

     A la entrada, en un descampado tras las primeras casas, imágenes del grupo de vecinos congregado en torno a la matanza del cerdo me asaltan con tal contundencia que creo estar viendo un viejo documental o el reportaje fotográfico de un libro de etnología. Con una puesta en escena natural, espontánea, surgen secuencias que parecen restauradas, la narración parece fluir de la mano de un director permisivo, con actores aficionados, no profesionales. Personajes agrupados en las diferentes tareas, niños interrumpiendo por todas partes, perros cruzando cada toma, un entramado coral de secundarios voluntariosos, sin protagonistas que significarse.

     La escena se despliega ante mí en una serie de sucesivos fotogramas, como una presentación, un tráiler. Quiero creerla preparada, lista para recibirme, a mí o cualquier viajero inoportuno perdido por estos andurriales; pero, al mismo tiempo, cerrada en sí misma, independiente, sin voluntad de transcender ni de perdurar, como un retazo de vida fluyendo, sin planificación pero en el que cada cual sabe lo que tiene que hacer y adónde acudir.

     Me sitúo a un lado para no perturbar su desarrollo y, a la vez, apreciar deleitándome con las decenas de detalles que surgen. El discurrir afanoso de las gentes parece ofrecerse como un sencillo y entretenido ritual digno de consideración. Y esa sensación de espectador, de mirón autorizado al margen de los oficiantes, se apodera de mí con tal determinación que no abandonaré ese cómodo papel en ninguno de los momentos de los días que aquí permanezca.

     Conviene puntualizar que el periodista por entonces, en la mayoría de los casos, viajaba solo. Se las apañaba como buenamente podía. No le acompañaba fotógrafo alguno salvo que se pretendiese hacer un gran reportaje de varias páginas o una serie de artículos. Uno llevaba su propia cámara, si la tenía -era mi caso- o luego, en la redacción, se añadía al texto alguna foto de archivo alusiva que, más o menos, viniese al caso.

     Gracias a eso fue que no pude por menos que tomar mi cámara, siempre la llevaba a mano en el coche, y, sin mediar palabra de saludo ni intención de pedir permiso, ponerme a disparar instantáneas como un fotógrafo de acción, un reportero de guerra, dispuesto a cubrir la contienda que enfrentaba a humanos y bestias: El sacrificio del cerdo. Fue ese, precisamente, el título que llevaría el reportaje. Le daba un tono de ritual, religioso casi, que no tenía matanza, como ellos decían.

     Parecía trasladado décadas atrás, a la España de postguerra, años cuarenta o cincuenta, en atuendos, herramientas y utensilios, en los gestos, en las facciones esculpidas a cincel. Más que estar fotografiando, mientras enfocaba y miraba por el visor, creía estar asistiendo al descubrimiento inédito del reportaje de algún fotógrafo de lance itinerante.

     Esa poderosa sensación de ajenidad, y a la vez de figurante anónimo, me permitía observar todo a mí alrededor como el asombrado visitante de un museo natural al aire libre.

     Fruto de aquellos días fue el reportaje publicado, que conoces bien. Escrito a partir de impresiones y apuntes tomados sobre la marcha, anotaciones hechas para mi uso particular, que días después, de vuelta en casa entresaqué y di cuerpo. Lo redondeé añadiendo, donde correspondía, datos concretos, nombres, pretendiendo trascenderlo de simples extractos de un diario o cuaderno de viajes a reportaje periodístico con pretensiones.

     Me cupo la suerte de que un buen amigo, compañero de estudios y bastante mejor relacionado que yo, al que había enviado el resultado de mis elucubraciones, me pidiera que le añadiese más fotos si las tenía, como era el caso, y creyó ver en el trabajo un material susceptible de ser colocado.  Movió algunos hilos en Madrid, hizo unas cuantas llamadas y consiguió que lo publicara un semanal de tirada nacional, uno de los más prestigiosos de por entonces. Salió a color, con ocho páginas y en portada. Evidentemente se publicó con nombre ficticio, no podía aparecer el mío por razones evidentes de exclusividad con mi periódico, pero no me importó. Lo realmente interesante fue comprobar que mi trabajo valía, que merecía más de lo que tenía.

     Mi amigo se llevó su mordida que, junto con mi parte, cayeron en un fin de semana esplendoroso, criminal, en la capital, ¡y todos tan contentos! Se podría decir que así comenzó -y acabó- mi fulgurante carrera de periodista literario en ciernes.

     Una vez pasado el revuelo subsiguiente y sus resacosas consecuencias, de regreso del Olimpo Literario al espurio mundo de los mortales, al inframundo de mi periodicucho, no podía evitar caer a menudo en la evocación, de aquel fin de semana largo e intenso sumergido de lleno -hasta dejar de hacer pie- en la mundana vida que aspiraba alcanzar.

     Se aparecían aquellos días como un todo,  un paquete completo compuesto de variadas conversaciones con nivel, personajes interesantes, cocteles con desconocidos, aromas de perfumes caros, músicas sugerentes en locales sofisticados… que remitían a una gozosa sensación de dicha habitual, a un confort cotidiano revestido de oropel. Suponían un fascinante agujero negro que me abducía completamente, con gusto hubiese sacrificado semanas de un presente desvaído y previsible por lograr siquiera un día más, unas horas de prorroga en aquellos prometedores escenarios, caladeros de recuerdos valiosos a los que poder acudir.

          Años después, demasiados años después de todo aquello, de vuelta, como imprópio hijo pródigo, arropado con el aura mágica en la que barnizamos tantos recuerdos, a la vista de las primeras casas, cuando el coche desciende la que llaman -ahora sí lo sé- Cuesta de los Lagartos, percibo como va sustrayendo mi voluntad, exactamente igual que entonces, una absorbente actitud contemplativa. Me acomodo gustoso a ella con la mejor disposición receptiva de un improvisado espectador, ajeno y pasivo, esquivo hacia acontecimientos y sucesos que escaparán a mi presencia, que rechazaran mi intervención, y, en muchos casos, también mi comprensión. Retorno dócil y complacido a aquellas anoradas sensaciones.     

II

               Mi vista rasea, no solo por la fatiga que voy acumulando en la caminata hasta el cabo y el esfuerzo que he de emplear cuando el terreno comienza a empinarse, sino por la falta de horizontes abiertos para mi ánimo. He de sentarme a media ladera.

      Junto a mi pie derecho, la huella fósil de un pequeño caracol impreso sobre un risco calizo propone un signo de interrogación intrigante. Matojos secos junto a esa piedra sostienen a un escarabajo negro que inicia su despegue. Las hormigas se afanan en sus quehaceres, su hilera las conduce más arriba hasta un desmembrando saltamontes muerto, brillan las placas de su coraza al sol. Lunares de líquenes negros muy resecos sobre las piedras rompen su monocroma palidez.

     Repuesto prosigo la subida a esa atalaya, mi finisterre particular, el púlpito de una religión sin dioses ni preceptos. Dispongo mi ánimo mientras asciendo, intento sustraerlo de acuciantes preocupaciones, catecumenal a la fuerza del entorno. Me impregno de fragancias vegetales ásperas, secas, contundentes en mi nicotinizado olfato, en una especie de ablución preparatoria. Acompaso mi renuente respiración al esfuerzo que proponen las zancadas sobre el terreno. 

     Sobre el cabo. Al llegar arriba busco acomodo pétreo en lo que parece ¿el trono de Almanzor, la silla de Felipe II, el mirador del Rey…? Nada de eso, cabe suponer que no tiene nombre ni consideración, no ha habido relevancia histórica ni geográfica por estos andurriales como para bautizarlos. Ni siquiera los lugareños tienen un nombre para este cabo. Apenas supone unos cuantos peñascos desnudos sobresaliendo de las colinas del entorno, una elevación un poco más alta que se adentra temerosa en el mar entre un rebaño de cerros redondeados.

     Se retorció la tierra, se plegó en estratos, observables donde aparecen terraplenes. Una erosión de milenios hizo su trabajo. Aquí arriba, en esta cresta, entresaca unos dientes de cuarzo cariado blanquecinos, rosados, como duro espinazo sobresaliendo del lomo del un reptil.

      Arbustos enanos, rastreros, expuestos al inclemente sol y a la sal espolvoreada que alcanza estas cotas, no consiguen levantar más de un palmo del suelo. Aparentemente muertos, pero con algunos tallos dispuestos a verdear, con hojitas espinosas aguardando revivir.

     Desacostumbrado a esfuerzos, cuando recobro el resuello, mi mirada recupera y aprecia esta ventana abierta de par en par, una amplia vista a la que coloco un marco dorado sin cristal. Elevo la vista decaída a la impresionante inmensidad que, nítida e imponente, se abre absoluta. La recorro despacio de lado a lado, intentando asimilarla plena en un giro de cuello que mis vertebras, resentidas de tensiones, acusan. Me manejo con movimientos cortos para no marearme, con gestos pausados. Remonto a contrapelo las olas que se aproximan, buscando alcanzar su origen, el punto donde comienzan a formarse. Imagino tras la línea acuática del horizonte un precipicio, límite de las tierras y los mares conocidos, como suponían los antiguos, un océano precipitándose en catarata hacia los abismos. 

     Ubico allí mis propios infiernos, los que arrastro desde…, con otros que se levantan también a mi espalda cortándome la retaguardia. Me siento acorralado sobre este punto, náufrago en la isla que representa este modesto cabo, capaz de protegerme de las acechanzas que me acosan sobre su lomo de animal echado, sobre los huesos prominentes de sus vertebras sobresaliendo en escarpaduras, en peñascos almenados de una fortaleza imaginaria.

      Tranquiliza mis temores la orquestina marina ensayando abajo: el ligero y aparente desconcierto que producen sus instrumentos de viento y percusión afinándose en el entrechocar de olas, piedra y aire. Prestando la suficiente atención, al cabo de un rato, mi oído comienza a captar su particular ritmo, la sinfonía que está componiendo: el metal del golpeteo continuo contra los riscos, el arrullo de los violines al izarse espumosas las olas, el fogonazo de los timbales contra los pequeños acantilados, el bufido de trombones y tubas en un sifón próximo de oquedades rocosas, la flauta de la brisa filtrándose entre las cuerdas que forman los tallos de los espartos… Intento entender esa melodía, busco descubrir la base melódica, el estribillo, la cadencia numérica de las olas que cada cierto tiempo rematan con un punto y aparte para iniciar otro fraseo poético. He de desistir, simplemente me abandono a ella.

     El mar, como la lluvia, como el viento, habla. Habla de continuo. El mar susurra y repite, dice si sabes escucharlo, siempre dice, quedo, confidencial. Escucha sin que le hables, entiende, conversa e insiste con su discurso monótono como una letanía, como una oración subterránea aflorando desde sus fondos abisales. El mismo discurso, la misma letra, pero con diferente tono. La única canción, la nana susurrada. La verdad desnuda de la vida.

     Vengo de un mar tierra adentro -le digo-, un mar de tierra apretada y árida, de losas y riscos salitrosos descascarillados. Un mar de ánimos secos y desportillados. Un mar dilatado y monótono, inabarcable a la vista, como tú. Con el mero oleaje de la calima reverberando asfixiante sobre las terragueros pardos del labrantío. Vengo de una belleza agreste, cruda y desnuda, que de tan presente termina por tornarse amenazante. Vengo de ese reposo extenso que a veces precisan los ojos cansados y el ánimo perturbado, de la tierra arañada por siglos de labores agrícolas, volteada mil veces por el arado de cien civilizaciones, domesticada desde antiguo, tierra mansa. Su discurso torvo y cansado como el de sus gentes acostumbradas a mirar el mar del cielo en busca de sustento, su discurso inaudible agotado de parir, con el vientre estéril de una tierra vieja como la muerte, araña el alma.

     He subido a estos altos a aliviarme en la mirada, a refrescarla con tu azul, a recibir en la cara la brisa besucona de la mañana cargada de humedad. Atisbo a lo lejos las últimas hebras de niebla trepando por las costanetas y las serrezuelas; neblina deshaciéndose de amoroso rocío sobre los espinos y los arbolillos, acabando de despertarlos, enjuagándoles de la cara el sueño vespertino, animándonos a resistir un día más el imperio de un sol todopoderoso, con esperanza imposible de lluvia.

     Delante, junto a la piedra sobre la que he tomado asiento, sobreviven los vestigios de un torreón vigía desmochado. Apenas una porción de pared se mantiene enhiesta, junto a cascotes y piedras derruidas blanquea deshecho el mortero de arena y cal. Alcanzo a ver, bien lejos hacia el sur, hasta donde la vista casi no alcanza, al otro extremo de la bahía, la siguiente estación de vigilancia de tan básico sistema de alertas: una nítida torre octogonal sobre las escarpadas paredes del Cabo Mayor. Contemplo la mole poderosa de ese cabo adentrándose en el mar, indicando a la tierra la dirección a seguir. Como un verraco tumbado, un animal prehistórico descomunal descansado, echado sobre su vientre, buscando el frescor del agua, imponiendo la silueta de su lomo crispado de sierras y picachos.

     Llega una avispa en su matutino escrutinio, me ronda interesada, mosconea en busca de algo que llevarse a la boca. Distante, ausente, como flor sin abrir, la dejo hacer. Al cabo de unos cuantos repasos pierde interés en mi persona comprendiendo que no hallará nada a lo qué hincar el diente, igual que -sospecho- me ocurre a mí.

     Sigo huido, sin presencia. Desde la superficie del mar, aquietándose ahora balsámico, los rayos de sol han comenzado a remontar las laderas que lo bordean intentando levantar el día. Imagino su discurrir minucioso ascendiendo los cerros redondeados, las aristas de las sierrecillas, las escarpaduras de los barrancos, los roquedales desnudos,  los campos cultivados. hasta las huertas tapizadas de escarcha, las albercas de agua mansa, los cañaverales,  las aldeas dormidas y los caseríos, las pinedas, los chopos en los márgenes de los ríos, las dehesas, las cordilleras graníticas… Imagino su diario peregrinar repasando minucioso los accidentes del terreno, insuflando vida al planeta, descubriendo bajo su chistera el mágico prodigio de la creación.

     Con el aumento de su fuerza al ir cobrando altura, despierta las fragancias acres de las plantas menudas, potentes a la hora de especiar aceitunas y quesos, de condimentar guisos con carnes de caza o calderetas de cordero; me acometen a medida que ando con sus caricias contundentes que más parecen bofetadas. Las  supongo potenciando sus raíces en las vetas de minerales muy codiciados desde antiguo, reforzando su sabor y sus propiedades medicinales.

      Asombrado en sus detalles el entorno me envuelve amoroso, solícito con el extraño, con el forastero que viene a invadirlo, que se inmiscuye ajeno en el devenir de sus ritmos y sus ciclos. Placidez en la armonía reinante que parece querer adoptarme. Automatismos corporales consentidos, dejación de funciones. Acuerdo y conformidad con lo que observo, con lo que existe a mí alrededor. Es probable –intuyo- que si sé esperar termine llegando también acuerdo y conformidad interior.                                                                      

     Sospecho la presencia de esa tenue vibración de la vida que te hace no ambicionar ni pretender, que te posiciona firmemente en el presente y te lleva a entender desde la aceptación.

     En este preciso momento, indeterminado, en este instante carente de relevancia, pero fundamental: solo la vida es. Prescindiendo de todo y de todos, ella se muestra. ¿Cuántos años llevo suponiéndola a mi lado, imaginando una existencia, cuando en realidad la tengo enfrente hablándome y no la escucho?

     De regreso, desde este ángulo más próximo a la aldea, observo el litoral, el arco enorme de la bahía en todo su explendor. A lo lejos cerrándola la silueta imponente del Cabo Mayor (este sí lo es, con presencia y nombre propio en los mapas). Tendido en su sesteo de siglos, muestra ajeno su desdén a mis desvelos, a todos los desvelos humanos. Contempla con indulgencia.                                                                                

           Me siento a un lado, en un rincón apartado reclinado sobre las dos patas traseras de la silla con la espalda en la pared, teniendo enfrente toda la escena que transcurre: mesas con los parroquianos charlando, con la panorámica de la playa al fondo. Últimamente es mi tendencia: ver la vida desde un lado, sentarme al margen de la escena principal, sin inmiscuirme, como un espectador ajeno que asistiera a una representación. En una película, no recuerdo cual, decían que los espías siempre operan así por deformación profesional, para tener las espaldas cubiertas ante cualquier eventualidad, para controlar cualquier posible incidencia. También operan así, cuando van en grupo, los solteros, los desparejados, los que buscan, para registrar y evaluar a todo el que entra o sale del local. En mi caso no responde a ningún afán escrutador, individualmente no me interesan los que están o los que puedan llegar; me interesa el conjunto sin personalizar, la escena y, más que eso, me interesa no aparecer, pasar desapercibido.

     Cerveza muy fría, una botella del fondo de la cámara frigorífica, con unos trozos de hielo adheridos al vidrio incluso. Cerveza muy fría, indeterminada, ajena en el primer trago, por descubrirse todavía su sabor. Para que así los tragos finales, al permanecer un rato sobre la mesa y recalentarse un poco, permitan que sea consumida simplemente fresca, apetitosa.

     Unas olivas, aquí no son aceitunas, son olivas, adobadas con diferentes hierbas según sea su clase: cornicabras, zorzaleñas, manzanilla, corval, aplastás… Estas son partías, de sabor intenso, especiado…condimentada con plantas desconocidas y salvajes, con sabor al terreno que las produce. Sonrío recordando a pedantes enólogos, sobrevenidos profetas de la modernidad, que parecen masticar la tierra en la que arraigan las cepas, buscándoles melismas y aromas que ni los propios vinos sospechan tener, ¡deberían bajar de sus pedestales y probar estas olivas que asombran al paladar!

     Boquerones en vinagre, mojama de hueva de atún rojo, capellanes secos, pescada de merluza, estorninos fritos, dulces chipirones, bonito escabechado, anchoas…estos simples tallos de alcaparras con tomates del terreno y cebolla blanca que parece mermelada, ¡me saben a gloria!. Encurtidos y salazones, chacinas, embutidos. Despiertan, ¡y de qué manera!, mis sentidos. Esos sabores, esos olores, impactan como meteoritos en la superficie de un planeta muerto, deshabitado, sacudiéndome con contundencia. ¿Es que el resto del tiempo habían permanecido dormidos, aletargados? Seguramente sea yo mismo, la persona entera, la que reacciona en su totalidad y los sentidos no hacen sino verse obligados a seguirme.       

      Paco me hace una señal para que acuda a la barra a probar las empanadillas de pulpo encebollado que Rosa acaba de freír. ¡Um, dios mío, ave María purísima! -blasfemias en boca de un ateo-, he de cerrar los ojos para saborearlas con toda la atención necesaria, para dejarme embriagar. He recuperado un sentido que se encontraba desaparecido, de vacaciones indefinidas, más que sentido del gusto, el sentido del gozo. Igual esta mañana, sobre el morro del cabo, creí comenzar a recuperar la vista, a alargar y ampliar la mirada (y con ella parte de la conciencia); ahora me cabe dar la bienvenida también en esa comparecencia de exiliados al gusto y al olfato. Acuden caritativos a una cita con alguien que los consideraba, aunque hiciera bien poco por agraciarlos. 

          De entre los parroquianos que hay en la barra, uno se gira hacia mí, parece identificarme. Es Joaquín, conocido por aquí como Juaquín el Chino por lo rasgado de sus ojos y su color cetrino de piel. Se me acerca zalamero:

— ¡Hombre, cuanto bueno por aquí! Gusto en saludarte -dice mientras me palmea amigable un hombro- ¿Qué, a pasar unos días? ¿Vienes para mucho?

— Vengo, sí.

— ¿Hasta cuándo te quedas?

— Hasta que me vaya -le contesto, sin una particular intención.

— Hombre, supongo -algo envarado, celebra la ocurrencia-. ¿Pero qué digo que si te estarás muchos días con nosotros?

— Quiero estar, espero estar con vosotros suficiente tiempo, cuando llegue el caso. De momento no estoy.

— ¡Ya, ya veo!, entiendo -se rasca el cogote pensativo, pero sin entender- Igual te llaman en cualquier momento y te tienes que ir a trabajar o a algo…

— O no me llaman, igual. Vete a saber. Mejor que no me llamen, ya me llamo yo, esta mañana sin ir más lejos… ahí arriba, en el cabo…

— Dejarse de tanta casquera, leche, que habláis más que sacamuelas – tercia Paco, desviando la atención- y acabarse esos botellines que se calientan…

     Incómodo, desubicado, aparentando una supuesta seriedad que, posiblemente, sea muy real, El Chino se rasca el cogote por debajo de la gorra y apostilla:

— No le pongas más cerveza a este sujeto, Paco, no le pongas más que desvaría –y suelta una estruendosa risotada que celebra su ocurrencia.

— Más bien vario, Chino, vario. Que es de lo que se trata ahora, de variar.

— Va a salto de mata el zagal -continua Paco, envarado por la insolencia del Chino y lo comprometido de la situación- Está pendiente del trabajo, de que lo llamen de un momento a otro, pero no sabe cuándo. Esa es la cuestión, que está a la espera…

— Ya comprendo, ya –parece conformarse.

— Pero esa no es razón, ni tanta prisa habrá como para que no podamos echarnos unas frescas, Chino –resuelvo, para zanjar suspicacias- Lo primero es lo primero.

— Pues eso mismo digo yo, no habrá tanta prisa –parece aliviarse- Y si la hay, que se aguante. Ea, Paco, refréscanos, que le demos la bienvenida como se merece aquí al amigo, que las siguientes las pago yo –apostilla, acompañándose de otra vocinglera risotada hacia la concurrencia que da por resuelto el asunto, pisando ahora ya terreno más firme.

     Y colocamos trompeteros los quintos, cornetines de enganche, para que caiga a gañote abierto su preciado jugo. Componiendo, de paso, la figura chulesca que requiere la ocasión.

sigue hasta CAPITULO XIX