
Tarraco a inicios del siglo II a. C.
El enclave tarraconense se sitúa en una elevación costera que alcanza los 80 m de altura en el centro de una extensa comarca natural de características muy homogéneas, el Camp de Tarragona, a una distancia de unos 70 Km. al norte del río Ebro y a unos 200 Km. al sur de la colonia griega de Emporion.
La elevación suponía una plataforma ascendente con orientación NE–SW de unos 1750 m. de larga y 550 m. de ancha. La cima se hallaba delimitada por abruptos escarpes y acantilados que comunicaban con una extensa bahía mediante un barranco que seccionaba toda la plataforma se había excavado de forma natural como vía de salida de las aguas pluviales. La bahía, protegida a oriente por un promontorio, configuraba un buen refugio natural a resguardo de las corrientes marinas y los vientos. Esas características estratégicas favorecieron asentamientos desde el período ibérico, Cesetania, y posteriormente el territorium o ager de la Tarraco romana, capital de la Hispania Citerior (a partir de la reforma Diocleciana, provincia Hispania Tarraconensis).
Excavaciones recientes han identificado las zonas residenciales cerca del puerto y almacenes en el extremo meridional de la plataforma costera. Otro elemento favorable era la disponibilidad de recursos hidráulicos, indicios arqueológicos confirman la proximidad del río Tulcis (actual Francolí) y la existencia de un extenso lago subterráneo de formación cárstica que se extendía alrededor de la costa.
El análisis del antiguo puerto romano aporta un valioso esbozo también de la evolución histórica y económica de la ciudad, un enclave mediterráneo occidental fundamental en lo concerniente a la evolución política y económica de Hispania. Durante la mayor parte del período clásico (etapas íberas, tardo-republicana y tardo-antigua) Tarragona fue una ciudad bipolar, formada por un área portuaria y otra edificada en la parte de la elevación costera, la urbe más el ager Tarraconensis. El papel preeminente del área portuaria durante la etapa tardo-republicana fue un factor determinante en la configuración urbana y en la distribución de sus espacios públicos. El emplazamiento del foro republicano, construido a finales del siglo II a.C., se debió a tres factores: la escenografía visual articulada en terrazas que ofrecía la bahía portuaria, la conectividad de la plaza pública con los ejes urbanos principales (Kardo Maximo y Decomenum Maximo), preexistentes tras el ensanche del perímetro amurallado y, finalmente, el protagonismo económico y demográfico de la ciudad baja. Ello conllevó que, a pesar del posterior desarrollo urbanístico alto imperial efectuado tierra adentro, que la sucesión de espacios públicos de promoción municipal tuviera la zona portuaria como espacio preferente. La interdependencia funcional y simbólica nos explica como la construcción del foro republicano condicionó la proximidad del teatro y de unas termas públicas alto-imperiales, funcionando entre los siglos III y V d.C.
La fisonomía del puerto fue resultado de un equilibrio cambiante, en función del contexto histórico, dadas su función económica propia de almacenamiento, y todo lo relacionado con la monumentalización de la fachada marítima. Los recintos públicos portuarios fueron los escenarios de representación de las elites municipales, pero también espacios de uso ciudadano y de atención a los visitantes llegados por mar.
Las condiciones naturales favorables propiciaron el posicionamiento de un oppidum ibérico, capital de la Cesetania, hallazgos cerámicos revelan relaciones comerciales con mercaderes griegos y fenicios desde el siglo VI a.C. Las estructuras arquitectónicas encontradas, distribuidas en terrazas, adaptándose al desnivel natural, datan de la segunda mitad del s. IV a. C., y muestran la proximidad del asentamiento con la bahía natural. No se ha identificado claramente un puerto íbero, posiblemente los intercambios comerciales se desarrollarían mediante barcazas.
La llegada de Roma al oppidum ibérico obedeció inicialmente a criterios militares, Tarraco fue escogida como campamento militar durante la segunda Guerra Púnica en detrimento de la ciudad aliada de Emporion, más alejada del frente bélico y con unas condiciones naturales menos favorables. Poco después se tiene constancia de tradición pesquera y de conocimientos de navegación de cabotaje, dado que fueron los piscatores tarraconenses, en el año 210 a.C., los que informaron a los generales romanos de las condiciones defensivas de la rival Carthago Nova, según Livio. El puerto militar romano, se encontraba alejado 1,5 km. del campamento militar construido en la cima de la montaña.
Gneo Escipión estableció su campamento de invierno y centro de abastecimiento durante el curso de las operaciones contra las fuerzas de Aníbal. Entonces la ciudad se convirtió en un referente para la posterior conquista de la península Ibérica, según Polibio, eso debió requerir la construcción progresiva e inmediata de estructuras portuarias. En el año 218 a.C. Tarraco, presunta civitas foederata, era una sede naval militar capaz de acoger un contingente de treinta naves de guerra, escribe Livio, en la segunda Guerra Púnica. Se presupone un incremento demográfico por la llegada de soldados, artesanos, comerciantes etc.
No hay evidencias directas del puerto republicano, aunque se presume que se hallaría en la mitad oriental, a resguardo de las corrientes marítimas septentrionales. Es en esta zona donde se han encontrado estructuras de almacenaje y por donde se trazó una cloaca, en torno al 100 a.C., para desviar las aguas sobrantes fuera de la bahía portuaria, canalizando un barranco natural que, desde inicios del siglo II a.C., se había aprovechado como vía de comunicación y, a la vez, como desagüe de las avenidas torrenciales. También en el extremo oriental de la bahía aparece un muelle en opus pilarum construido en una fecha indeterminada.
La obtención de la capitalidad de la provincia Hispania Citerior con el consiguiente desarrollo urbanístico y económico, fueron factores que propiciaron la ampliación de las estructuras portuarias y, consecuentemente, la creación de nuevos espacios hacia la periferia. Así, la construcción del complejo teatral y de unas termas públicas en el extremo oriental del puerto ocasionó un proceso de traslado y de construcción de almacenes portuarios hacia primera línea de costa y la desembocadura del río. Se realizaron obras de gran envergadura que requirieron superposiciones estratigráficas sobre las antiguas playas y humedales. Se creó un extenso barrio portuario más al oeste donde, en época augustea, se trazaron la mayoría de los ejes viarios de este sector periférico, iniciándose un proceso de urbanización que empezó con la desecación de las marismas próximas a la desembocadura del río Francolí.
A partir de la segunda mitad del s. II d.C., se produce una crisis social que se manifiesta en la disminución del número de epígrafes e inscripciones de esa época, la reutilización de elementos constructivos antiguos y una disminución de la calidad técnica y paleográfica. La mayor parte de las edificaciones, residenciales o de almacenamiento, muestran indicios de abandono o derrumbe asociados a evidencias estratigráficas de un fuego extenso. Estas evidencias arqueológicas, junto a otros hallazgos en la zona portuaria o incluso dentro del área intramuros, reflejan la existencia de un intenso colapso urbanístico repentino que podría estar relacionado con la invasión franca, fechada en torno a los años 260- 264 d.C. Hacia la segunda mitad del siglo III d.C., espacios tan dinámicos como el suburbio portuario occidental muestran indicios de abandono, incendio y derrumbe. Fruto de este proceso histórico la ciudad recuperó la bipolaridad urbanística de los primeros siglos de la ocupación romana. Así la zona portuaria o parte baja constituyó un sector diferenciado del superior anticipando la fisonomía de Tarragona durante las épocas medieval y moderna.
Surge un nuevo paisaje periurbano caracterizado por la reutilización de materiales arquitectónicos y la ocupación parcial o total de los viales públicos por dependencias privadas. El puerto tardo- antiguo mantuvo su función comercial y dinamismo urbano, tal como pone de manifiesto la perduración de las termas públicas, reconstruidas por el praeses provincial tras la invasión franca y por una reactivación urbanística generalizada a partir de finales del siglo IV o inicios del V d.C. Las canalizaciones públicas del periodo precedente fueron sustituidas por conducciones privadas de trazado irregular y, como en esta época los acueductos de la ciudad estaban en desuso, también fue necesario paliar el déficit del sistema público de suministro de agua mediante pozos en los patios de las casas. El barrio marítimo mantuvo los ejes principales trazados en el período augusteo, pero con una ostensible reducción de su anchura y calidad técnica. Parece producirse también una alteración de la jerarquía viaria y una vía de anchura reducida, en torno a los 4 m. emerge como un eje principal que, siguiendo el margen izquierdo del río, unía el puerto con el epicentro cristiano de la ciudad. Aunque no debe considerarse como la única causa de esta intensa transformación, cabe considerar el desarrollo del culto martirial a las reliquias de San Fructuoso, Augurio y Eulogio como uno de sus factores determinantes. En torno al margen izquierdo del río Francolí se materializó un complejo eclesiástico en memoria de los mártires locales e integrado por dos basílicas funerarias, diversos mausoleos y una extensa necrópolis.
Las nuevas viviendas son domus aisladas que no definen una organización urbana reticular y que presentan balnea asociados. Son baños de pequeñas dimensiones que prescinden de ámbitos intermedios tipo tepidarium y que muestran la continuidad de las prácticas termales en plena época visigoda, más allá de la segunda mitad del siglo V d.C. cuando se produjo el abandono de las grandes termas públicas. Se trata de otro fenómeno característico de una sociedad tardo-antigua que, incapaz de mantener las grandes infraestructuras termales, propició el incremento de baños privados. Estas evidencias son otra muestra más de la vitalidad urbana del barrio marítimo y plantean que la zona portuaria pudo haber constituido el motor económico de la ciudad por su vínculo con la actividad marítima sino también por su relación con las planicies agrícolas limítrofes. Todo este suburbio se mantuvo hasta las postrimerías de la ciudad visigoda, hasta 713 en que fue conquistada por tropas musulmanas. Después vendrían cuatro siglos de abandono de la ciudad, que se volvería a recuperar a principios del XII.
Basado en algunos datos de J. M. Macias Solé y J. A. Remolà Vallverdú