25º jalón Jávea-Denia 18,5 km

Afronto otro tramo de etapas desde donde lo dejé en la anterior singladura, diciembre de 2019. En la misma playa del Arenal a la que llegué hace algo más de un año, cuando se estaba incubando la desastrosa pandemia que nos ha paralizado y cambiado la vida o, al menos, el sentido de apreciación de ella.

     Llego expectante y entusiasmado para afrontar las etapas que me restan hasta Valencia. Hay mucho que comentar en esta, acerca del papel que Jávea ha desempeñado a lo largo de la historia Moderna y Contemporánea. Su magnífica ubicación, como la de Denia, en el vértice levantino, entre el golfo de Alicante y el de Valencia, les permite dominar una amplia franja costera y controlar el tráfico marítimo entre Baleares y la península. Al abrigo de los vientos del nordeste (tramontana y mistral), del este (levante), del sur y sudeste por el cabo Prim; completa el conjunto la próxima y recogida bahía del Portixol y la fuente de agua dulce de La Fontana. Todo ello hacia de Jávea un objetivo marítimo muy apetecible, máxime cuando el resto del litoral hacia el sur lo forman elevados acantilados, salvo la cala de La Granadella.

     Existió un castillo y una torre anexa en la zona central de la cala del Arenal, hacia el interior, ocupada hoy por un alto edifico de apartamentos, denominado precisamente Castillo. Y otro fortín, en castillo de la Fontana o de San Martín, que se levantó en 1424 por orden de Alfonso V en el extremo sur de la cala, sufrió varias adaptaciones, entre ellas la de Antonelli para artillarlo. Despareció al ser volado por el ejercito inglés en la guerra de la Independencia. Era una torre poligonal de base rectangular con alambor, incorporaba dos garitas en ángulo elevadas y dos casamatas en la base (similares a las que se pueden apreciar en Oropesa, en la impresionante Torre del Rey), con gruesos parapetos y amplia terraza y troneras preparadas para situar cañones. Solo resta actualmente una elevación, conocida como Punta del Castell, lindante con un pequeño embarcadero, por los vestigios existentes.     

     En la parte norte de la Punta del Arenal, tras el Parador Nacional de Turismo inaugurado por Manuel Fraga en 1967, se descubrió una gran necrópolis romana que contenía unas 900 tumbas de entre el siglo I-VII d C, asociadas al yacimiento romano del Muntayar. Quedaban 83 fosas cuando se excavaron, en campañas entre 1985 y 2005, se habían destrozado muchas y destruido muchos ajuares funerarios por la extracción de piedra tosca.

     Enfrente, al mismo borde del agua, visibles todavía las balsas de viveros de pescado, al ir a levantar un chalet en 1963 en terrenos donados por el ayuntamiento al ministro franquista Mariano Navarro Rubio aparecieron, al cavar para cimentarlo unos restos conocidos –como en Calpe- como Baños de la Reina: una balsa muy grande (27,30 x 6,85 y 3,50 m. de profundidad), excavada sobre la roca, con canales de salida y entrada del agua. Gabriela Martín y Mª Dolores Serres excavaron el yacimiento y lo interpretaron como una factoría pesquera y fábrica de salazones (existen saladares próximos en explotación desde esa época), que llevaba aneja una zona residencial. M. Olcina, por el contrario, que la estudia en 2004, cree que es una lujosa villa marítima con viveros de pescado y marisco para abastecimiento propio, simplemente. Quedaría la cala, y la propiedad, para los restos con el nombre de Cala del Ministro. Cuento todas las peripecias del rocambolesco asunto de la propiedad, que se prolongan hasta la actualidad, en un artículo anexo. 

     Como fuere, data el conjunto de 50 años a.C., su apogeo debió tener lugar entre los siglos I y II d.C., a finales del cual se produjo el relleno de los depósitos con restos arquitectónicos y objetos procedentes tanto de la propia industria como del área residencial inmediata (se hallaron capiteles y fragmentos de columnas, entre otras piezas, se desconoce a día de hoy donde se encuentran) dándose una reestructuración del conjunto que se mantendría ya inalterado hasta el VII. Todo ello está perfectamente documentado en el Museo Arqueológico y Etnográfico Soler Blasco, en Jávea. Lo que no dicen sus fotos ni sus paneles es que el mojón que supone la residencia del ministro, en pie todavía y desmoronándose, en la misma parcela del Parador de Turismo, cuya concesión a su familia expiró y se prorrogó por 75 años más por Mariano Rajoy, es reclamada insistentemente para adecentamiento y uso público por el actual ayuntamiento. La historia parece un dejá vu de lo ocurrido también con un pazo gallego muy de actualidad.

    Permanece en las proximidades, afortunadamente, parte de la colosal obra de la Sequía de la Noria romana, reconvertida en recoleto puerto deportivo, son los restos del canal que desviaba el río Corgos en su desembocadura.

     Dejando atrás este desaprovechado paraje arqueológico, surge ante mi vista, a todo lo largo que alcanza a la orilla del mar, hasta el puerto que se cobija en las faldas de la sierra del Montgó, una gran explanada rocosa excavada hasta sus mismas entrañas, con las huellas de esa actividad minera. Faltan cantidad de terrones pétreos arrancados, aparecen balsas y escalones con la huella de los sillares extraídos, semeja un gran mecano desmontado, son las canteras del Muntanyars. Corresponden a los estratos de las dunas fosilizadas del Pleistoceno, en el Cuaternario, que dieron origen a esa roca, la tosca, por disolución del cemento de los depósitos de conchas que actuó de aglutinante con la arena. La piedra tosca es una arenisca amarilla calcárea, de basto granulado, fácil de trabajar pero que, una vez extraída, cobra una extraordinaria dureza. Por ello fue usada por romanos y visigodos desde el siglo I al VII, en las construcciones referidas, y por los árabes también y en época moderna, del XIV en adelante, hasta 1967 en que el ayuntamiento prohibió que se siguiese haciendo.    

     Prosigo hacia el pueblo, a un par de km tierra adentro, voy divisando nítida la torre vigía de la Iglesia-fortaleza de San Bartolomé, castillo originariamente. Permitía contacto visual con la de la playa del Arenal, con la de cabo Prim, la de San Jorge, en el puerto, y la existente en el faro de San Antonio. Fue levantada con propósito militar más que eclesiástico entre 1513 y 1548 en torno a una torre defensiva, reconvertida en campanario. Se completo la iglesia y se adornó en estilo gótico isabelino. La defensa se remataba, quedan algunos vestigios, con las murallas medievales (actuales rondas Norte, Sur y avenida Príncipe de Asturias) levantadas a principios del XIV, ampliadas en el XV y destruidas, para el ensanche de la villa, en 1873.

     Salgo hacia el barrio de pescadores, Duanes del Mar, donde descolla la moderna y aparatosa iglesia de la Mare de Deu de Loreto, de elegantes contrafuertes y espectacular cubierta en forma de navío, levantada en 1967. Pasado el puerto, he de iniciar la subida al cabo, desde cala Pope o Tangó, aquí mismo estuvo en tiempos la desaparecida Torre de San Jorge o de Mezquida, por construirse sobre una mezquita existente. Diseñada por Antonelli, sabemos que fue hexagonal por una pintura de Mariano Sánchez de alrededor de 1800, existente en el monasterio de El Escorial, con plataforma de la terraza rematada en parapeto corrido que rodeaba todo su perímetro para la artillería. Edificada en fecha tardía, en 1578, a lo moderno, con tipología diferente a las anteriores. Tuvo su importancia porque es la primera zona que encontramos accesible desde el mar viniendo desde Dénia, por lo que era necesario reforzar su vigilancia, levantando aquí una torre (aunque existía la de Cabo de San Antonio), que alertaba de la presencia de navíos enemigos. En ocasiones, era más rápida la llegada y desembarco de estos que la alerta a la población, por ello disponía de dotación permanente de guardias.

     Desde aquí arranca la senda que sube, en aproximadamente media hora, los 2 km que distan a la cumbre del cabo, llegando a un mirador a poniente, un poco más abajo del faro. En los acantilados inferiores, visible desde el mar, se encuentra la zona conocida como Coves Santes, paraje eremítico muy apropiado donde se aisló una comunidad religiosa en el XVI. Pretendo llegar a ellas desciendo por una senda apenas apuntada, casi cegada por la vegetación, hasta un saliente del terreno ocupado por las ruinas desmochadas, invadidas de coscoja y espinos, lo que fue una casa con sus terracitas de bancales y restos de olivos, viñas, almendros y pequeñas huertas; no daba para más la pendiente. Pero no hayo continuación, desde ella, los años y el abandono se ha encargo de borrar la supuesta continuación, resulta casi imposible proseguir. Con más tiempo lo intentaría porque intuyo un paso hacia los acantilados donde deben encontrarse las cuevas, pero queda mucha etapa todavía. Queda pendiente.

    Vuelvo, recobro el camino hasta retornar arriba, al mirador desde el que se abre una tremenda perspectiva de la bahía de Jávea, 7 km de concha, que alcanza hasta cabo Prim, por encima, superpuesto, se ve el morro del cabo de la Nao, el que da fama en los atlas a este enclave por su latitud, aunque debería ser del cabo de San Antonio, mucho más nítido y prominente sobre el terreno. Remontando hacia el faro, cerca de él, quedan restos de un amontonamiento de rocas y un hueco tallado en la roca, lo que fue la ermita de finales del XIV y la torre de San Antonio, adosada a ella. De base cuadrada fue levantada en 1553 y derribada en 1855 para construir el faro antiguo, que sería eliminado poco después, levantándose el actual en 1861 en una mejor ubicación. Ostenta el orgullo de ser el más alto entre Gerona y Almería, alcanza los 174 m. desde la superficie del agua, tiene una magnífica orientación para avistar, si el día es claro, la isla de Ibiza.

     Mientras me adentro en la zona conocida como Les Planes, una meseta sobre elevada por encima de los 100 m., de 4 por 3 km que precede a la sierra del Montgó, contemplo por frente su inmensa proa (752m.), pues tal parece el trasatlántico pétreo que se levanta ante mí. Me viene el recuerdo de la fábula esquimal que evocaba al principio de mi proyecto, en Almería. Habla de un hombre enrabietado que sale a aliviarse caminando en línea recta por el paisaje nevado blanco hasta sacar esa emoción de su sistema, y marca con un palo el punto donde su rabia queda conquistada, como señal de la fuerza o longitud de ella (Lucy Lippard, citado por Rebecca Solnit). El cabo de San Antonio supone también una estaca geográfica en los mapas, una punta de flecha adentrándose en la inmensidad azul del Mediterráneo; yo lo veo como una avanzadilla que marca la medida de mi aventura, el calado de mi ambición. Que, de momento, supone unos 550 km. recorridos a lo largo de 25 etapas.     

     Finalizo con él el segundo arco (o tercero, según se mire, si consideramos el segundo hasta el cabo de Santa Pola), de una singladura que comencé en cabo de Palos. He recorrido sucesivos arcos menores como lóbulos en un arco árabe de herradura: desde cabo de palos hasta cabo Cervera en Torrevieja, uno, hasta Santa Pola, dos, hasta el cabo de las Huertas de Alicante, tres, hasta la Punta de las Caletas en Benidorm, cuatro, hasta el cabo de Oro, en Moraira, cinco… Trazados hacia levante, hacia donde el sol despunta e inicia su trayectoria diaria. No puedo desplazarme más al este, de momento. El tercer gran arco podría ser, considerándolo a gran escala, sobre el mapa, la ciudad de Barcelona casi, el Prat de Llobregat. Es el mayor de todos y preludia lo que sería el tramo final restante, la frente prominente que sobresale, la Costa Brava.

     Adivino la ubicación hacia el interior del pico Aitana.Recuerdo perfectamente la desmesurada perspectiva que se disfruta desde allí, la amplia visión que proporcionan sus 1557 metros. Se aciertan a ver con toda claridad, no una mancha apenas sobre el horizonte, sino los paredones de la Serra des Graner y las montañas de la des Catellans, en Ibiza. Solo 83 km, unas 60 millas marítimas, separan el cabo de San Antonio de su isleta de Es Vedrà. Me hacen concebir esperanzas de prolongar mi recorrido en las Baleares, seleccionar alguna de ellas, la misma Ibiza, para, dando un rodeo al alcanzar Port Bou, incorporar un anexo isleño a mi periplo (lo de Tabarca fue mínimo, apenas supuso un aperitivo). Embarcarme una noche -he de preguntar al llegar a Denia el punto de partida de los ferris, sus horarios- y añadir unas vacaciones insulares, un pequeño desvío en mi trayectoria continental.  Me contento, de momento, con imaginar cómo divisaría estas costas que ahora transito y sus alturas desde el otro lado, desde el inverso, el ibicenco…

      Pongo los pies en el suelo. Recorro la maquia litoral, muy densa de coscojas, lentisco, aladierno y espinos, que ocupa gran parte del Parque Natural del Montgó, degradación de los bosques de carrascas que lo cubrirían. Destaca el matorral bajo de jarales, romerales y espliego. Cuenta con más de 800 especies vegetales, 80 de ellas protegidas, entre las que destaca algún endemismo como el cardo santo (carduncellus dianius). Sus bordes acantilados guardan también una importante Reserva Marina.

     La pista forestal, paralela a la carretera del faro, tras dejar atrás un Área de Recreo y el antiguo cuartel de carabineros, llega hasta el Santuario de la Mare de Deu dels Angels, fundado sobre la base del Monasterio de los Jerónimos del siglo XIV, cobijo mucho más cómodo para los eremitas de Coves Santes, tal vez. Ya en 1386 fue asaltado, saqueado e incendiado por piratas norteafricanos; cautivados los monjes, uno logró escapar despeñando a un corsario por lo que se conoce como el paso del fraile.            

                                   

     Volcado el cabo, a levante los acantilados calcáreos litorales diseñan una serie de arcos (cala Primera y cala Segunda) y hendiduras casi verticales que hacen imposible el descenso. Hasta que una estrecha senda, mantenida por el paso de visitantes, entre la tupida y rasa vegetación, conduce hasta la hendidura escarpada de un barranco que se consigue descender destrepando. En un punto, especialmente difícil, se precisa del agarre a una cadena para salvarlo. Se alcanza así la orilla del mar y la preciosa Cova Tallada. Todo lo que pueda describir se queda corto si no se visita: de una cueva-refugio, se han ido excavado sus paredes y el techo formando columnas y cámaras diversas, habitaciones, de ahí su nombre, para obtener la apreciada piedra tosca. Se aprecia perfectamente la huella de cada sillar extraído. La cueva permitía recalar a embarcaciones, ocultarse; refugiarse de temporales a los pescadores y, a mí, escapar de la abrasadora solanera protegiéndome en su frescor, tanto que preciso ponerme una chaquetilla al cabo de un rato.

     Afortunadamente el camino prosigue costeando hacia Denia, no he desandarlo y trepar de nuevo el barranco. Tras medio kilómetro se alcanza el barranco de Aiguadolç (ni que decir tiene que su fuente atraería a los piratas). Aparecen cortados que se salvan, primero con un tramo de escalones de unos 80 peldaños y después con otro de unos 30. La senda no es apta para personas con vértigo.

     Un desvío conduce al interior, hasta la Torre del Guerro (en valenciano significa jarrón, por su caprichosa forma), obviando el camino remonto la abrupta ladera para darme una idea de la pendiente a salvar por los posibles atacantes y consigo alcanzarla. Se le llamaba también de Agua Dulce (por el manantial citado a sus pies) o de Les Arenetes (por el enclave que ocupa en la urbanización Les Rotes, a unos 3 km de Denia).

     Fue construida esta torre renacentista entre 1553-54, se sitúa a130 m sobre el nivel del mar. De base circular y forma troncocónica, va disminuyendo en altura. Posee un alambor que la refuerza en talud ensanchado en su base, aunque la idea inicial no era esa, pero por problemas constructivos se tuvo que reforzar. Eso le da una peculiar silueta que resulta muy atractiva y estilizada, aparenta menos altura de la que tiene una vez que te encuentras a sus pies. Tiene dos matacanes, sobre las dos puertas en origen, y un gran escudo de piedra mirando al mar de Carlos I y sus armas. De los tres cuerpos interiores, el primero es macizo, ocupa todo el ensanchamiento, hasta la cintura podríamos decir, las otras dos alturas se techan en bóveda. La torre recibió el impacto de varios rayos y ha sido restaurada dos veces en los últimos 30 años. Alcanza los 14 metros de altura y 7 de diámetro en su base, y aunque se levantó para vigilancia costera, no tuvo nunca artillería. Enlaza visualmente con el castillo Denia y comunica, más allá, con la Torre de la Almadraba a 11,5 km. Al sur con la desaparecida de San Antonio a 3,8 km.

     Desde esta privilegiada atalaya se aprecia el costado de la imponente Sierra del Montgó, un mazacote de roca calcárea de unos 4 km en su alargada cresta y no más de 7 en su base. He de referirme al importante papel que desempeñó este enclave durante las guerras civiles romanas del siglo I a. C. Aunque disten más de dos mil años, el territorio quedó marcado por las huellas de aquella contienda. Actualmente se está revisando el papel del SE peninsular, de algunos enclaves costeros que se tenían por poblados íberos tardíos con materiales arqueológicos romanos.

     Pongámonos en situación: el enfrentamiento en Roma de dos bandos, los populares de Mario y los optimates senatoriales de Sila, se traslada a Hispanía. Quinto Sertorio, propector de la provincia Citerior, partidario del primero, se revela en el norte peninsular en el 83 a. C. contra el poder central republicano, fracasa en un primer momento de la contienda (83-80) y ha de huir al Norte de África. Vuelve, trata de conquistar Ibiza y prosigue en el SE (77-72) apoyado por piratas cilícios (originarios de Anatolia), con base en Daenium, y algunas élite íberas, contestanas. La segunda fase de las guerras, 49-45 a. C., enfrentará a César con Pompello, finalizando con la conquista de cántabros y astures por Augusto, instaurándose un periodo de calma conocido como Pax Augusta.

     El papel de algunos tosales (elevaciones fortificadas, castella, tenidos por poblados íberos, junto a la costa, en la desembocadura de los ríos o en las vías de acceso al interior) es crucial para el control de la navegación en el Mediterráneo occidental -en  concreto en el  triángulo Ibiza-Cartago-Denia, con prolongación tal vez a Sagunto (todavía queda por estudiar la relevancia que tuvo el Tossal de Oropesa)- ante el dificultoso tránsito por tierra, que desde el sur, desde Carthago Nova ha de desviar la circulación de tropas y personas por el Valle del Vinalopó y el Corredor de Montesa, está por revisar. Distantes unas cinco millas encontramos un rosario de estaciones naúticas defensivas, que se tenían por íberas, de sur a norte serían: Lucentum (Alicante), Isleta des Banyeres (Campello), tal vez el Tossal de la Maladeta (Villajoyosa), Tossal de la Cala de Fenestrat (Benidorm), Cap Negret (Altea), Peñón de Ifach (Calpe), Punta de la Torre (Moraira), Peña del Águila (Sierra del Montó), Denia, Passet de Segária…

     Los últimos soldados sertorianos resistieron, en el capítulo final de la contienda, en la Penya de l’Àguila, que ahora diviso, en el extremo occidental de la Sierra del Montgó, en una meseta de unos 100 m de anchura, elevada hasta los 450 m. Todavía se pueden apreciar los tres lienzos de muralla defensivos que se distribuyen sobre ella, mediando 1200 m. del primero al último, constituyen un eje con la roca aflorando e impidiendo el cómodo tránsito de tropas enemigas por un terreno de 12 hectáreas de extensión. Las huellas de ocupación habitacional se encuentran entre los muros I y II, alrededor de una sima que, tal vez, aportaba agua. No aparenta ser un asentamiento estable y la fortificación tampoco recuerda los castellun romanos, pero surgen las tres murallas en barrera de 3-4 m de grosor dispuestas en perpendicular a los imponentes farallones. De fábrica tosca y descuidada, presentan un quebrado trazado en sus lienzos para mejorar las posiciones de flanqueo y unas estrechas poternas como acceso. Pretendían obstaculizar el avance de cualquier grupo que quisiera alcanzar la zona del hábitat. Se ascendería por la senda que pasa por la Cova de l’Aigua; poco después de superarla se alcanza la llanada abierta al este de la muralla III. En cuanto el asaltante hiciera pie en ella, quedaría a un 100 m. de ésta, desguarnecido y dentro del radio de acción de distintas armas. De superarla, median todavía unos 500 m. totalmente vacíos hasta la muralla II. En este punto se repetiría la estrategia de rechazo del asalto. Había una vía de escape en la vertiente norte por el Portixol. Como ya intuyó H. Schubart en 1963, la disposición de las murallas respondería a una solución crítica o de emergencia que fija varios obstáculos al avance por un estrecho espolón.

     De regreso al siglo XXI me concentro en descender para recuperar la senda litoral. Debajo, entre los chalets que ocultan la orilla del mar, se aprecian balsitas recortadas, viveros escavados en las rocas. Ahora comienza la zona llamada de Les Rotes, supone una transición pétrea de lascas y placas pétreas rojizas hacia el inmenso arenal que se abre ante mí. Una larguísima alfombra de mullida arena me aguarda a lo largo de los 107 km de costa que tiene la provincia de Valencia, y aún más que prosigue en la de Castellón.           

     Impacta, desde esta perspectiva baja, a ras de agua, por su rotunda presencia, el colosal Macizo del Montgó. Su silueta me acompañará durante varias jornadas, como lo han hecho otras elevaciones similares, aunque bastantes más pequeñas. Cualificados representantes todos de una fauna prehistórica extinta, fosilizada, que parecen remojar sus vientres echados en el agua: cabo Cope, cabo Tiñoso, Ifach, el Morro de Toix… moles pétreas que me recuerdan a los graníticos verracos celtas meseteños de secano, aunque postrados estos, tumbados al frescor del agua.

                                                                                  Castillo de Olimboy, Denia

     A la vista, al alcance de la mano casi, aparece, cada vez más rotundo, el puerto de Denia. Si hubiese transitado el lugar hace tan solo unos cien años podría haber contemplado sobre una colina, conocida como Tossal de San Nicolau, por hallarse allí una ermita a él dedicada, el castillo de Olimbroy, levantado en el XIV para facilitar la conquista de Denia, y dinamitado en 1917, junto con ella, para utilizarse como cantera en la construcción de la escollera del puerto. Igualmente hubiese podido ver la Torre de Encarroz, en el mismo puerto, en alguna foto antigua se la ve dentro del agua. Que completaba la defensa litoral, igualmente desparecida.

     Recorro el arco gran de playa abierta, que precede la llegada al puerto, divagando sobre estas cuestiones, mientras sobresale imponente la mole pétrea que contiene los restos del castillo de Denia, otrora al borde del mar y hoy unas centenas de metros tierra adentro. Pero esto ya es material de la próxima etapa, ahora toca un bien merecido descanso.

martes 4 de Mayo de 2021

Un comentario en “25º jalón Jávea-Denia 18,5 km”

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