
Regreso tras dos años de demora dispuesto, gozosamente dispuesto, a continuar mi ruta pedestre. Tras un largo día de tren desde Albacete y una noche en Barcelona, madrugo para llegarme a San Andrés de Llavaneres y enlazar cosiendo las pisadas antiguas, donde quedó el trayecto, con las actuales. Me vienen a la memoria unas palabras de Philip Hoare: Siempre estoy yéndome, siempre estoy llegando (…), el momento en que llegas a cualquier lugar marca el inicio de tu partida. Y es que la partida y la llegada no son sino puntos en la misma línea, en la circunferencia que define nuestra vida, habría que añadir.
Plácida etapa hoy para inaugurar el nuevo ciclo que, a lo largo de casi una semana, me adentrará de pleno en la Costa Brava, dejando atrás la comarca del Maresme, atravesando la de La Selva y llegando al Ampurdán.
La playa que piso, toda la que llevo recorrida desde Barcelona es una plana costera entre la cordillera Costero-Catalana y el mar, abierta a navegaciones e incursiones, propensa a asaltos piratas frecuentes. Por ello la zona se caracteriza por la abundancia de torres defensivas de realengo, concejiles, pero también privadas (Felipe II en 1577 da permiso para ello, se levantan junto a las masías para dar refugio a sus habitantes, veremos ejemplos de ello)
Apenas he cogido ritmo cuando llego a Caldetes de L´Estrac o Caldetes, sus fuentes termales cloruro-sódicas radiactivas, ya conocidas desde época romana, le dieron auge turístico y prosperidad en el siglo pasado.

El pueblecito conserva algunas callejuelas de su traza primitiva que se empinan hacia la Torre Verda (verde, nuca mejor dicho por la yedra que la recubre), de la Guardia o de Les Heures. Existe constancia de ella desde 1549 cuando se pide permiso a los consejeros de Barcelona para alojar una taberna en ella -cosas más raras he visto ocupándolas- para permitir costear con sus ganancias los desperfectos. Es de propiedad privada, no puedo entrar, pero bien visible desde la calle, de planta circular, puedo apreciar que esta almenada con triángulos.
Un poco más arriba, en la cima doy con un jardín muy hermoso, encantador, una finca de propiedad privada, aunque accesible, donde destaca la Torre de Can Busquets ode la Olivera de la Paz, por ocupar este árbol su terraza. Construida a partir de un permiso concedido en 1586, tiene adosada una masía posterior a la que se accede a través de un puente voladizo desde el primer piso. En conjunto el paraje es asombroso, las vistas espléndidas, la casa además cuenta con una bar-terraza, cerrada en este momento, ideal para leer o charlar o, simplemente, escuchar el canto de los pájaros. La finca está ajardinada con gusto y esmero, bien cuidada. No imagino otro emplazamiento mejor para comenzar esta andadura, para adecuar mi ánimo a lo que me espera, liberando lo de urgencias y prevenciones.
Enfrente mismo, casi a tiro de arcabuz, en la colina del Puig Castelar, sobre la que hubo un poblado íbero, sobresale poderosa la silueta de la Torre dels Encantats. Sus orígenes se remontan al XI o XII, fue reformada en el XV y rodeada de una muralla almenada. Se habilita en el XIX como estación de Telegrafía Óptica en el XIX. Se utilizaron en su construcción sillares de aquel poblado íbero preexistente, de entre el siglo V y el I C, uno de los más importantes de la costa; excavado a mitad del siglo pasado, reveló datos de una muralla circundante, con calles empedradas y restos de fragua y fundición. Respecto a su nombre existe una leyenda que habla de fantasmas vestidos de blanco vistos en su entorno, personajes del séquito de la princesa mora Fátima y ella misma, aquejada de lepra, que acudían a tomar baños termales en las benéficas aguas para curarse.
No se me plantea el problema de subir a la torre, que pertenece al municipio de Arenys de Mar, porque no está abierta al público.
Tenemos noticia de un capítulo favorable en la lucha contra la piratería: el intento de abordaje morisco a un bajel cristiano en 1624 fondeado en la playa, cuya tripulación simula estar dormida, aguardando que se acercaran para rechazarlos. Piden ayuda a los habitantes del lugar que enseguida acuden con sus barcas y entre todos cañonean y persiguen a los sarracenos hasta hacerse con su nave.
Salgo de la población junto a la vía del tren, muy pegada siempre a la orilla del mar, apenas existe un ápice de playa, ha de ser retenida por grandes rocas, escolleras. Las rocas del Lluc, un poco más adelante, estas autóctonas, sin embargo, ayudan en la tarea.
Llego a Arenys de Mar. Existe otro barrio, otro poblado al interior, con nombre similar, Arenys de Munt, distante apenas unos kilómetros de la costa para protegerse de ataques, como ocurre en otros muchos lugares cercanos: en Vilassar de Mar/Vilassar de Dalt, en Premià de Mar/Premià de Dalt; o lejanos: Mazarrón/Puerto de Mazarrón, Sagunto (Morvedre)/ Puerto de Sagunto, etc.

Me interno un poco entre calles estrechas en busca de la Torre d´en Llobet o de la calle Vall. Bien visible, se situada en una esquina, es circular, fue construida en 1560. Siguiendo dicha calle, encajada entre casas, muy modificada, encuentro la Torre d´en Cabirol, igualmente del XVI, de planta cuadrada, conserva un matacán en una esquina. Cruzo la Riera convertida actualmente en una Rambla arbolada, arteria principal de la población, avenida perpendicular que lleva al paseo marítimo, para descubrir escondida la Torre del Carrer Ample, también absorbida entre viviendas, semicircular, construida en la segunda mitad del XVI, convertida hoy en un restaurante.
Desemboco en el importante puerto, pesquero y deportivo, llegó a disponer de cuatro atarazanas, nada menos, y una importante escuela marítima. Abundaron en la comarca los astilleros, prácticamente los había en cada población relevante, ello habla de su vocación marinera y comercial incrementada a partir del XVIII.
Descarto la idea de continuar caminando por la arena de la playa, lo he intentado antes y es imposible más allá de unas decenas de metros, el pie se hunde mucho y se hace muy fatigoso. Su textura, de grano muy grueso, llamado sablón, lo dificulta. Es de color marrón rojizo, más gordo que un grano de arroz, menor que uno de trigo, es consecuencia de la degradación del zócalo granítico por influencia de la temperatura y la humedad. Curioso el galicismo del nombre: sable, arena en francés, da sablón, sin embargo arena en catalán se dice sorra.
Así que discurro por una especie de rudimentario camino de ronda, la parte más al interior de la playa en realidad. Muy cerca, casi a continuación, se encuentra Canet de Mar, antiguo barrio marítimo de San Iscle de Vallalta. Son algo más de las 12,30 h. y es miércoles, de estar en Albacete me encontraría tomando cañas con los amigos, es un proyecto que iniciamos después de la pandemia para ayudar a recuperar la hostelería local. Como no estoy les mando una foto de mi ubicación, a ser posible tomándome una cerveza, que hoy pospongo.
En Canet también tuvo dos atarazanas, destacó en el XVIII y XIX en el comercio con Europa, Oriente y América. Recuerdo sus festivales de música -Canet Roc- de los setenta, muy renombrados.
Dentro dela población se encuentra la Torre de la Timba, muy simple, circular, del XVII, parece una carlina, se sitúa en medio de una rotonda. Se utilizó como molino.
Tengo noticia de la existencia del castillo de Santa Florentina, fuera de la población, a unos 2 km. del mar, de origen romano posiblemente. Fué una masía fortificada en el XI y ampliada en el XVI con más elementos defensivos, sería definitivamente majeado en el XIX con un dudoso gusto medievalizante.

Mientras transito, pegado a la vía del tren -viene siendo lo habitual hoy- puedo apreciar su intromisión ferroviaria en la fachada costera de la población, en las calles, hasta en las propias casas, en sus jardines. De esa promiscuidad surgen unas vistas, unas fotos en consecuencia, peculiares, con mucho cierto encanto gráfico, estético, que a buen seguro sus moradores no apreciarán tanto.
El acceso dificultoso, ferroviario, me obliga en ocasiones incluso a colarme por sus túneles, con mucho cuidado, por supuesto -se recomienda no hacer esto en casa-. Playa de las Rocas Blancas, por ejemplo. Albergue, escondite de nudistas ocasionales que aprovechan sus rincones.
Más al interior del territorio, fuera de mi trazado, quedan la Torre de la Murtra, el nombre alude a las aguas estancadas que provocan las lluvias y las rieras, y la Torre de la Martina.
Otros peñascos, un poco más adelante, en playa de Can Villar, albergan todo un complejo defensivo subterráneo de la Guerra Civil para prevenir los ataques desde Mallorca. Adaptado a la forma y extensión del roquedo, era capaz de contener una veintena de soldados.
Tengo un curioso encuentro para la colección de Objetos Perdidos que recopilo en una carpeta desde el principio de mi ruta. Añado en este caso la foto de un biberón, con bastante contenido, por cierto. Alguien berreando debe estar reclamando lo suyo.

A Sant Pol de Mar le precede una amplia riera actualmente seca, una pasarela permite atravesarla. Llegando, impresiona de primeras la silueta recortada en alto del conjunto parroquial de San Jaume, formado por un templo gótico tardío y una torre vigía circular del XV adosada y acondicionada como campanario. Allí me dirijo, es la parte alta del pueblo. Destaca sobremanera la rotundidad de la Torre de la iglesia de Sant Jaume.

Callejeo descendiendo, voy encontrando una profusión de edificios modernistas, neoclásicos y novecentistas, denominados genéricamente casas de indianos que lucen vistosos cara al mar. Más pendientes de alardear de las riquezas de los hubieron de emigrar en busca de un futuro mejor que de asegurar la comodidad de sus moradores, lucen profusión de adornos y ornamentos, balconadas y ventanales ostentosos. Contribuyen a crear una atractiva y amable imagen de la población. Son consecuencia de que en 1778 Carlos III concediera autorización para el libre comercio de todos los puertos con América. Así a finales del XVIII y XIX se produce un resurgimiento económico que conlleva la emigraron de muchos campesinos, afectados por la plaga de filoxera en sus viñedos, y de comerciantes deseosos de expandir sus negocios. Existen escuelas de pilotos en Arenys de Mar, Vilassar, Mataró, El Masnou. Se construyen barcos con hierro y acero, mucho mas seguros, se incremente el número de viajes para comerciar, importando materias primas (café, azúcar, tabaco, cacao, etc) y exportando manufacturas: tejidos, papel, vino, aguardiente, etc…; principalmente a Cuba, Uruguay y Argentina.
A lo largo del paseo marítimo, destaca, encaramada sobre una elevación la ermita del monasterio benedictino de San Pablo (Santi Paui in Marítima), del que se tienen datos desde el 955, que dió nombre a la población. Fue abandonado y quedó en ruinas en 1061 por los frecuentes ataques piratas que sufría. Pasó a manos de sucesivas órdenes monásticas del XI al XIII, recuperando su auge con los cartujos que hubieron de venderlo en 1434 al vizconde de Cabrera, que lo utilizó como fortificación.
En la playa del Morer acaba el pueblo, de nuevo un promontorio rocoso, Roca Grossa, se interpone en mi camino. Taladrado por una trinchera para permitir el paso del tren, me pareció que tenía paso por la playa, según fotos aéreas y algunos mapas, pero no es así. Por encima si se puede salvar, un viaducto de cinco arcos sostiene la carretera N- II, y esa es la opción que debo elegir. Enseguida, en un recodo, aparece el faro de Calella, que precede la siguiente población, Pineda de Mar. Se abre, esta vez sí, una tremenda extensión playera, suntuosa, de consistente anchura y dimensiones, descomunal. Casi cinco kilómetros ininterrumpidos copados por un aluvión de edificaciones turísticas de todo tipo: tremendos hoteles, apartamentos, chalets, villas, campings… que recorro a paso ligero -como es mi costumbre en estos casos- por un paseo marítimo ajardinado.
Tengo noticia de la existencia de una fortaleza 3 km. al interior, el castillo de Montpalu,sobre una colina de unos 300 m., actualmente en ruinas. Pero de lo que he de dar cuenta, más bien, es del ataque y destrucción sufrido por la villa a cargo del pirata Dragut, nada más y nada menos, el gran almirante Turgut Reis. Tras desembarcar en la playa y rechazar a las fuerzas enviadas por Calella, Canet y San Pol, saquean y toman la villa, quemando casas y masias, haciéndose con todo lo que de valor encuentran, apresando personas. Incendian la iglesia de Santa María que había sido levantada en estilo románico en el siglo XI, en 1079. Sería posteriormente reedificada, ya con gusto gótico, y fortificada. Precisamente se puede ver en su fachada una placa que narra los hechos:
A uno de agosto de 1545 despuntando el alba 11 goletas de turcos a las gentes a la plaza, quemaron las puertas de la iglesia y muchas casas y mataron y capturaron setenta almas empujando hasta la casa del palacio. A mediodía se volvieron a embarcar. Por reparación de los pobladores se fortifica esta iglesia de Pineda.
Recuerdo otra inscripción similar en Alcalá de Chivert, pero está en una calle, pegada a la fachada de una casa.
Acaba el paseo marítimo, aparece un pequeño, escueto, tramo libre de construcciones, avisto el morro de Santa Susana, anticipo de Malgrat de Mar.
Al fin ha desaparecido la fiebre edificadora, el paisaje se abre, la mirada puede respirar porque el territorio se muestra despejado en todas direcciones (del lado del mar siempre lo está, afortunadamente). Me llego entonces a la orilla del mar. Me siento sobre la gruesa arena, gravilla casi, y decelero. Guardo mi hoja de ruta, mis apuntes de búsquedas y me solazo en la comtemplación del horizonte marino. Desde la visión de mis pies desnudos, enrojecidos, mojados y secándose, prolongo la vista sobre el leve oleaje que viene a mi encuentro y poco a poco la voy sumergiendo mar adentro. Noto el incremento del frescor conforme avanza y puedo sentir como se va trasmitiedo en mis células, como va invadiéndome. Es un baño refrescante sin necesidad de meterme en el agua. La reducción de actividad y de objetivos, el simple abandono al azul lo hace posible, deseable, reconfortante.
Al cabo de un rato, un tiempo que no acierto a medir, me incorporo, estirándome poco a poco, como se despereza un gato, recobro mi conciencia, recompongo mi identidad. Prosigo lo que queda de mi tarea para hoy, que no es mucho. Al fondo diviso la discontinuidad del horizonte playero en el saliente de Santa Susana, es el barrio con el que comienza la oblación de Malgrat.
Torre Pla de la Torre, circular, algo ataludada, resta solo su base, un par de metros apenas de lo que debió ser un monolito pétreo aislado en la llanura agrícola, avanzadilla frente a las llegadas de embarcaciones piratas. Hoy queda engullida por las edificaciones turísticas, asediada y vencida, humillada, se limita a ofrecer su cubículo para alojar máquinas expendedoras de billetes del tren que transita junto a ella. He visto despropósitos y vilezas variadas contra las muchas torres que llevó visitadas: en medio de rotondas, utilizadas como bares o tiendas, oficinas de información, pero esta de taquillera ferroviaria raya lo intolerable.
Mejor suerte ha corrido la Torre de Ratés, un poco más al interior. Adosada a una masía, también cilíndrica, pero entera y lustrosa en toda su esbeltez, coronada por una arquería de vistosos arquitos ciegos y almenas triangulares en ladrillo. Rodeada de un parque público se habilitó para actividades culturales y lúdicas del municipio.
Existía una profusión de torres medievales, como he comentado anteriormente, que es imposible visitar; una ruta municipal las promociona y recorre: torre de Más Galter, de Can Bonet d’Avall, de Vall Xirau, etc. Pero no es mi propósito ser tan exhaustivo, tendría que ocupar el triple de tiempo en Cataluña del que estoy empleando. Ya se ha comentado que, a diferencia de otras regiones, la iniciativa privada y la riqueza del condado fue la que hizo posible tanta abundancia de estas construcciones.
Después de comer y descansar un rato, me desplazo hacia el núcleo del pueblo al encuentro de la Torre del Castell, importante porque es lo que queda de una fortaleza del XIV. Sufrió muchos avatares a lo largo de la historia que terminaron mermándola: ataques franceses a finales del XVII, carlistas en 1836. Reformada y consolidada en 2002, las obras eliminaron un nido de ametralladoras instalado en la parte superior y otros añadidos que se hicieron durante la Guerra Civil, provocando una sonada polémica entre la población.

Miércoles 22 abril 2026