
Salgo después de desayunar, pertrechado con mi mochila, a la playa y la recorro hasta las inmediaciones del puerto. La silueta de un crucero se recorta poderosa junto al pantalán. No es el típico rascacielos, con una altura impresionante, tumbado sobre el agua como un monstruo yacente, tiene una planta más alargada, menos ciclópea y se dota de cinco mástiles para velas que lo hacen más esbelto.
Me llego a la plaza de la iglesia de de Santa María del Mar, edificio de estilo gótico tardío de mitad del XV, levantado entre 1439-41 sobre una pequeña capilla de principios del XIV. Su campanario estuvo integrado en al antigua torre del Concejo, quedó muy afectado en el ataque de Jaraidim Barbarroja de 1543.

En el XVI se renueva el edificio y se esculpe la portada lateral. Dos naves inglesas la dejan muy dañada en 1742 y posteriormente durante la Guerra Civil sufre grandes desperfectos.
Palamós había surgido como puerto real del Reino de Aragón en el siglo XIII cuando el rey Pedro II el Grande adquiere el castillo de San Esteve de Mar, que visitaré un poco más adelante, para crear un puerto estratégico en este lado norte de la costa. Recordemos que el de los Alfares, en San carlos de la Ràpita cubría la parte.sur a partir de Alfonso V Aragón en 1420 cuando reúne una gran flota y parte para conquistar Cerdeña, cosa que había intentado sin éxito en 1323. El pueblo se constituye como una importante plaza fortificada, con un anillo de murallas y torres que, por necesidades de crecimiento, desparecerán en el XVIII. Traspongo desde el puerto comercial hasta otra marina más al norte. Existe pues un doble puerto.

He retomado el cami de ronda hasta cala Margarida, playa de cantos rodados, que fue zona para pasar la cuarentena en caso de epidemias antes de permitir el desembarque en el puerto de Palamós. Preludian algunas construcciones las casitas junto al agua con soportales, barracas de pesca desde el XVII, que veré más adelante en mayor cantidad.
Asciende el camino hasta llegar al cap Gros, un cerro de 73 m. emboscado de variada vegetación arbórea donde existió una torre de guaita circular en los siglos XV-XVI. Está prácticamente desaparecida, sólo restan tres grandes rocas de la base, cercanas al vértice geodésico que marca la cima.
Desciendo hasta la playa Tamardía, preludio de la concha de la playa de la Fosca, así llamada por la roca que divide su arenal de unos 300 m., rocafosca con vetas ennegrecidas, frente a la que luce un hostal antiguo. Al final de ella se encarama en una pequeña elevación el citado castillo de San Esteve del Mar ruina poderosa que aprovecha una anterior construcción romana, una villa, que a su vez ocupó un anterior asentamiento íbero.

De piedras de granito medias no trabajadas, grandes y escuadradas en las esquinas, unidas con mortero de cal y arena, es una construcción abandonada hasta hace poco. Se conserva la base de una torre rectangular sobre el acantilado y la base de otras dos torres rectangulares, así como grandes fragmentos de muralla. Tenemos una primera referencia de 1063, en el siglo XV se modifica para prepararlo como vigilancia y batería contra los piratas.
En 1277 el que sería el futuro rey Pedro el Grande designa como puerto real a Palamós -como ya se ha dicho- compara el castillo y su término jurisdicción noble Dalmau de Palol, a orillas del cual fundaría la villa y puerto de Palamós. Fue cedido a diferentes señores feudales con posterioridad.
En 1334 está documentado que se encontraba en mal estado y el rey Alfonso el Benigno ordena importantes obras para su rehabilitación. Testigo de importantes batallas navales, como la de las islas Formigues, donde Roger de Llúria aplastó a la flota francesa de Felipe l’Ardit, fue abandonado a finales del XV, después de la Guerra Civil Catalana, guerra de remensas (diversas revoluciones del campesinado para abolir gravámenes), y reconvertido en casa de payés en el XVII. Sus restos fueron utilizados en la vigilancia y lucha contra la piratería, estableciendo cañones para aprovechar su privilegiada situación.
En la actualidad, entre 2011-15 se llevaron a cabo obras de desbroce, limpieza, desescombro, consolidación, y planimetría. He aquí el resultado:

Acaban, por el momento, los chalets y las urbanizaciones, me darán un respiro hasta el Golfet de Calella, me aguarda pues un buen tramo más o menos virgen. Me interno en la pineda de Gori, frondosa de encinas, alcornoques, robles, pinos carrascos, piñoneros y rodenos; y de arbustos como las retamas, lentiscos, zarzaparrillas trepadoras, agaves, chumberas, lechetreznas, bálsamos de limón, etc. A la izquierda del camino surge la la torre del Más Agustí, muy transformada, se le han abierto ventanas y puerta a ras de suelo. Quedan algo más al interior la torre del Más Sec, la torre Mirona, la de la Pietat, la del Más Pepó, por citar solo algunas, pero la lista se puede ampliar en cada tramo de costa que recorro donde el terreno favorece la aparición de casas de labranza y la importancia de sus recursos aconsejan protegerse de los ataques depredadores de la piratería. Son de una tipología defensiva similar: levantadas en el XVI-XVII, cilíndricas, aunque ligeramente ataludadas, de tres plantas y terraza, con la puerta en altura o abriendo un paso a la planta superior de la casa, con troneras, almenadas.

Sigue mi deambular costero por la cala Pallerida y la del Alguer donde lucen algunas barracas de pesca pintorescas. Son de piedra, con bóveda curva catalana y servían para guardar los aparejos. También se usaban para celebraciones y comidas en las que guisaban siempre los hombres, arroces de pescado por lo general. Las acompañan conjuntos de pequeñas edificaciones de arquitectura popular, casitas escuetas, pero encantadoras, integradas perfectamente en el paisaje. Un conjunto de volúmenes encalados con algunos detalles de color, de uno o dos pisos y con algunos porches. Me acercan a una imagen pretérita que todavía se mantiene en algunos lugares en desigual competencia con otra más reciente, la que ofrecen los estragos de la moderna y usurpadora invasión turística.
Sobre estos, en un montículo se erige una de las varias torres defensivas que abundan por la zona, adosada a su correspondiente masia. Conocida como torre de mas Juny (junio) o d´en Sert, al ser adquirida por el pintor Josep María Sert. Data de 1482, en el XVI se realizan obras de ampliación, añadiéndosele la torre. Se tienen noticias de ella sobre todo por reunirse allí la élite política, cultural y social de los treinta y cuarenta del pasado siglo -Josep Pla, Francés Cambó, Ava Gadner, Salvador Dalí, Cocó Chanel, Marlene Dietrich, Visconti, etc.-entorno a legendarias fiestas. En 1940 se vende a los hermanos Puig Palau que continuarían con esa intensa actividad social, llegando a rodarse en ella en 1956 la película de Dick Bogarde The spanish gardener.

Se puede considerar que, en cierta manera, se constituyó esta parte de la Costa Brava -como comenté en la etapa de Tossa de Mar donde se rodó El holandés errante-, un pequeño foco de apertura en la hermética etapa franquista, un soplo de aire fresco, durante los años cincuenta y sesenta. Gracias al rodaje de películas extranjeras que propició la llegada de actores y directores, escritores, artistas, pintores y demás intelectualidad relacionada con ellos. Como ocurriría, años después, en Almería merced a los spaguetti westers. Veníamos de años muy duros, años de plomo, de una España en blanco y negro -como tantas veces se ha dicho-, el Régimen propiciaba cierta apertura maquillada, social que no política, y aunque se diera más en los noticiarios y las revistas, era muy bienvenida.

No alteran en demasía la fisonomía del paisaje los lunares esporádicos de algunas masías, abandonadas o rehabilitadas, camufladas entre la frondosa arboleda que constituye el Espacio Natural Protegido del Castillo-Cabo Roig que voy atravesando.
Empapada la retina convenientemente con semejante estampa continúo hasta la cercana cala del Castell, una concha arenosa grande de una centena de metros. Por afortunadas circunstancias este inusual paraje lacustre ha podido permanecer casi intacto hasta nuestros días. A principios de los noventa se declaró zona urbanizable residencial, pero la fuerte oposición popular logro que se realizase un referéndum local. El resultado mayoritariamente negativo logró que la Generalitat terminase comprando la zona para preservarla. Constituye el ejemplo perfecto de como era el litoral gerundense hasta hace bien poco: un mosaico de bosques, lagunas, labrantíos, dunas y playas, donde el relieve lo permitía; roquedos, cortados y calas pedregosas donde no. Confluyen dos rieras aquí, la de Aubi y la de Canyet cuya desembocadura conforma la laguna, en la playa virgen se están recuperando las dunas, esta vez sí de cierta consideración, y la flora autóctona.

Este emplazamiento privilegiado, la península de la Cobertera, atrajo desde antiguo los asentamientos de población. El poblado ibérico de Castell se encuentra en la agulla del mismo nombre, entre la playa y una tajadura en la roca, llamada La Foradada. Esa pequeña península dio pie a la construcción de un asentamiento en el siglo VI a C. del pueblo íbero de los indigets, su oppidum más importante después del Ullastret. En el IV a. se fortificó la zona de acceso, un estrecho istmo, con dos torres cuadradas y muralla. Se vio gravemente afectado por la represión del cónsul romano Marco Porcio Catón en el año 195 a. C. contra la revuelta de los íberos, aunque subsistió habitado hasta el siglo I a. C, después quedó abandonado y cayó en el olvido.
Conoció diversas etapas de esplendor y expansión urbanística, se relacionó comercialmente con fenicios y la ciudad griega de Ampurias, aún después de la romanización. Le dedico tiempo y observo diversos elementos urbanísticos muy definidos y en buen estado de conservación: calles, habitaciones, silos para grano, cisternas para el agua, murallas y el recinto fortificado de la entrada, hecho de rocas grandes más o menos trabajadas, y torres. Fue excavado en sendas campañas de los años treinta y cuarenta del siglo XX, se extrajeron restos cerámicos campaniformes, grises emporitanos y también una lámina de plomo con la inscripción ibérica más larga hallada en Cataluña, del III a C.
Prosigue el camino de ronda con un trazado apacible, un cómodo carril me acerca a otra señera edificación. Colgada sobre el acantilado de la cala de la Senià se encuentra una villa que conozco de oídas, de leídas sería mejor decir: acogió nada menos que a Truman Capote durante parte del proceso de redacción de su famosa novela A sangre fría. Hace un tiempo envié una solicitud para pedir una beca de residencia temporal en ella, es la Residencia literaria Finestres. Quería, quiero, disfrutar de un mes sabático para acabar un texto, más o menos literario, que alude en buen parte a esta ruta pedestre que llevo a cabo y, con ese pretexto, desarrollo mis ideas sobre el viaje, el desplazamiento, confrontándolas con las de otros autores. Fue construida por un matrimonio de exiliados: él, un coronel ruso exiliado de resultas de la Revolución de 1917, y su esposa, una aristócrata inglesa aficionada a la arqueología y la jardinería, en 1930.
A la altura de cala Estreta, a un lado del camino, surge un chalet construido en piedra a cara vista. Por encima de la valla, sobresale su tejado y parte de una torre perfectamente circular (no cónica, ese es un detalle revelador), un prisma cilíndrico, vamos. Le saco dos fotos para investigarla posteriormente, no figura en el índice de torres conocidas a visitar.
Descubro posteriormente que es una construcción reciente, en absoluto histórica. Observo una excesiva afición por recrear edificios pseudo-medievales en estos territorios, desde simples torres de vigilancia a castillos completos. Y son construcciones recientes, muy próximas en el tiempo, que no se pueden achacar al gusto historicista, al Eclecticismo imperante a finales del XIX y principios del XX, que mezclaba sin ton ni son estilos y épocas pretéritas. Se dan casos frecuentes que pueden inducir a error, más en el mi caso o en el de cualquiera que lleve un afán documentalista.
He de reseñar ahora el buen propósito municipal (no todo van a ser críticas, cuando toca elogiar, me prodigo también) de colocar paneles informativos sobre la geología de algunos tramos de la costa que ahora transito. Es muy curiosa la forma en que se erosionan granitos y otros minerales lamprófidos y las peculiares formas redondeadas, lomos de ballena, que toman. Así mismo aparece información acerca de las modificaciones que sufre la línea de costa a consecuencia del cambio climático.

Cap Planes, islotes de formas abombadas, precisamente, y un poco más lejos las Islas Formigues, islotes también. Existen otras en Cabo Palos, pero de mayor extensión, así llamadas, posiblemente, por observarse en determinada época del año un desfile de langostas por el fondo que se encaminan a ellas desde sus territorios, más en la orilla, para reproducirse. Hay que referir un ataque en 1757 en estas aguas a una galeota argelina, con 110 tripulantes, por parte de un pinco genovés capitaneado por el mataronés Joan Balansó ocupado solo por 13 hombres y dos niños, que logra con sus cuatro cañones acertarle en la popa, incendiarlo y hundirlo; escapando los supervivientes nadando a las islas Formigues. Ante tan heroico suceso, el propio rey Fernando VI le colma de honores y le asigna un sueldo vitalicio.
Rodea el GR-92, y yo con él, los jardines de Cap Roig planificados en torno a un castillo medievalizante levantado entre 1929-31 por orden del matrimonio extranjero antes citado, reunió más de mil especies botánicas de todo el mundo. Parece que hay constancia de otro castillo anterior desaparecido en el mismo emplazamiento del siglo X.

El camino desciende y se abre la visión hacia el interior donde aparecen campos verdes, espacios más diáfanos, sembrados, herbazales entre sabinas, encinas; han desaparecidos momentáneamente los pinos. Me enjuago los ojos, del azul turquesa marino con este verde vistoso y nutritivo.

Llego a la cala del Golfet y con ella surgen de nuevo innumerables construcciones. Serpentea el camino de ronda siguiendo las sinuosidades de la línea costera, allá donde el relieve lo precisa surgen túneles, recodos, barandillas. Se asoma a algún fondeadero escondido entre los escollos rocosos hasta que llego a un amplio mirador desde el que se puede apreciar en su totalidad la bahía de Calella. Hay que recordar que Calella, aunque parezca un pueblo en sí mismo, es uno de los tres barrios marineros que tiene Palafrugell, verdadera capital del Ampurdán, los otros dos son Llafranç y el Tamariu. Inmortalizo la vista y prosigo.

Cala de Sant Roc después, encuentro unas ruinas y una especie de castillo-mirador al borde del mar. Detrás se ve un saliente rocoso, la prominente Punta de los Burricaires, eran los encargados de apilar los paneles de corcho extraídos y cargar los bajeles que venían a recogerlos cuando Calella funcionaba como puerto de cabotaje, como bien indica un panel.
Se suceden pequeñas calitas rocosas que, en conjunto conforman otra mayor: la bahía de Calella, podríamos decir. Toca ahora el puerto antiguo, Port Bo (bueno), donde ya aparece la típica estampa turística de casas apiñadas con soportales y porches, la imagen general se asemeja al recuerdo que tengo de Cadaqués. Me sumerjo en lo que constituye una invasión turística en toda regla, gentes por todos lados, comercios a tope, terrazas a reventar, ajetreo desmedido… en fin, lo típico. No hallo bar en el que sentarme a almorzar, todo son restaurantes, menús estereotipados, pescados y mariscos a la carta, negocio puro y duro, un parque temático estival (a pesar de que el verano está por llegar) similar a otros muchos.

Playa del Canadell después, más de lo mismo, con mucha más gente si cabe. ¡Qué lejos de la imagen que nos cuenta Josep Pla de sus veraneos familiares en ella! Camí de ronda pues y a salir del embrollo cuanto antes.

Antes de bahia de Llanfranç esta la torre de Calella, levantada en 1597 aprovechando el permiso del Alcalde General de Cataluña para construir una torre «redonda frontalisa» en este punto preciso de la costa, como consecuencia de un ataque pirata previo en el que actuaron entre once y doce naves, que mataron a residentes y apresaron a 17 personas. Además de vigilancia y defensa cumplió funciones de cárcel. Construida con grandes sillares de granito, se encuentra sobre las rocas en primera línea de costa. Se conserva entera y en buen estado integrada dentro de un hotel, tiene almenas anchas de mantelito, matacanes y plataforma superior para la artillería.

Enseguida, tras un recodo, surge Llafranç, otro punto evocado en numerosas ocasiones en los textos de Pla. Conserva todavía, afortunadamente, el aspecto de un pueblecito marinero y se encuentra mucho menos asediado. Aqui si se puede tomar un bocado, son las 14 h y es preciso reponer fuerzas. Llegado a la plaza del Promontor me siento en una mesa de un bar-heladería y pido una bebida para acompañar mi bocadillo. Entablo conversación con dos camareras jóvenes sudamericanas, por el acento, que se interesan por las andanzas de un inusual mochilero talludito. De vez en cuando apetece un rato de charleta y el elemento hostelero casi siempre está dispuesto, máxime cuando parecen no tener mucha faena.
Tras el aprovisionamiento y el colutorio, descansado, repuesto, decido dar por terminada la etapa del día. Calculaba llegarme a Tamariu, a la cala de Aigua-Xélida, el paraje particular casi de mi admirado Pla, su cuarto de estar. Con esto acabo la tanda de etapas -seis- que traía preparadas y mapeadas, mi objetivo inicial. No las tenía todas conmigo de poder lograrlo, venía preparado para claudicar en cualquier momento, mi baqueteada rodilla izquierda ofrecía pocas garantías, pero, afortunadamente, se ha portado.
Les pido permiso a las chicas para dejar la mochila porque la rampa que me espera es severa. Camino hacia el final de la playa, donde faenan dos camiones y una excavadora intentando retener la escueta playa que resta. El pequeño puertecito permanece a duras penas.

Asciendo la empinada cuesta que en otro tiempo subía Josep Pla para ir a charlar un rato al atardecer con el farero Ubaldo Gallego y, de paso, cortejar a Encarnació, su hija mayor, de la que estaba secretamente enamorado. Después trasladaría su interés a la pequeña Adela, como escribe en El cuarderno grís.
El camino de tierra, hoy calle asfaltada jalonada de residencias veraniegas, se agarra. Supone un pronunciado ascenso, pero merece la pena llegar hasta arriba porque la vista que se ofrece es espectacular: hacia el interior resplandece Palafrugell enclavado en medio de un llano rodeado de arboledas, hacia el norte alcanza a divisarse el cabo de Creus y hacia el sur toda la porción de costa hasta Tossa de Mar.

La Torre de San Sebastián de vigilancia y defensa es del siglo XV, 1445, está unida al santuario de San Sebastián de la Guarda. Se sitúa sobre el acantilado de Romaboira, a unos 165 m. sobre el mar. Hecha con sillares de granito bien escuadrados. Es probable que hubiera algún elemento más antiguo de vigilancia y defensa, pues el lugar se conocía como «sa guarda». Su planta es de semicírculo alargado, seguramente condicionada por la existencia de una primitiva capilla en la parte baja de la torre. El exterior esta rebozado, pero son visibles los ángulos, con sillares de granito bien escuadrados. La fachada de poniente tiene adosada en la mitad inferior una ermita y una hospedería barroca del siglo XVIII. En el tramo que sobresale de la capilla se pueden ver los restos de un gran matacán de granito. Un campanario de pared se levanta en el lado izquierdo de la fachada y conserva algunas almenas coronándola. 5845 yacimiento
Existe, existió, un poblado ibérico del siglo VI a. C. en la cima de esta montaña, descubierto a finales de los cincuenta en la cima Se ha excavado, y se sigue haciendo en campañas anuales, todavía se desconocen sus límites. Perduraría hasta inicios del I a.C., consta de varias casas (parece que a ambos lados de una calle central), silos, abundante material cerámico y herramientas. Un conjunto de paneles explicativos dan pormenorizada cuenta de los hallazgos.
Son frecuentes los yacimientos prerromanos en el litoral, en esta etapa he dado cuenta de varios, siempre en puntos elevados, en penínsulas o salientes muy recortados en la costa, poblados fácilmente defendibles por tanto. Por lo habitual junto a rieras. Inducen a asegurar la existencia de una navegación ibérica, al menos de cabotaje, a la vista de la costa siempre, o quizá incluso más allá. Algunos trabajos utilizados en el estudio del litoral levantino, en anteriores trayectos, lo aseguran, pero es un tema todavía insuficientemente estudiado. La arqueología subacuática tiene aquí mucho que aportar.

Lunes 27 abril 2026