
Ya lo pude apreciar ayer a mi llegada, pero esta mañana toca visitarlo y dar cuenta de su importancia. El complejo monástico de la Mare de Déu destaca sobre manera en el conjunto de la ciudad, no en vano constituyó su origen moderno. Anteriormente, en época romana, hubo un enclave en el siglo V, sobre cuyos restos arqueológicos se levantó lo que me dispongo a comentar.
La iglesia parroquial, llamada de la Mare de Déu dels Ángels, posee un precioso pórtico, adelantado tres metros a la fachada principal, conocido como la Porta Ferrada, se cree pertenecía a una construcción anterior, el palacio de un abad o un gobernador carolingio, de estilo pre-románico del siglo X u XI, sobre el que vale la pena detenerse. Fué descubierto a raíz de una restauración en 1931.

Está formado en planta baja por tres arcos, el del centro de herradura, (continuaba al menos con otro a la derecha), que sostienen cada uno un módulo de tres arcos peraltados más pequeños; encima, finalmente, se remata con un friso-arquería ciega de la que se conservan 19 arcos. Resaltan detalles califales, mozárabes (las basas de columnas, las ménsulas de los arcos ciegos) y lombardos. En conjunto resulta muy armónico y estilizado a pesar de encontrarse incompleto. Subsisten restos románicos en el lado O de la nave principal, mientras que el lado E, el transepto y el ábside son góticos del XIV. Se vincula su origen a la etapa de Carlomagno y su hijo Lotario, cuando la Marca Hispánica, abarcaba esta zona y hacia de frontera de su imperio con el Emirato omeya de Córdoba.
Se fortificó el conjunto del monasterio benedictino en el XIV y de aquellos momentos aún quedan dos torres. La torre del Humo, a izquierda de la fachada, así llamada por las señales que desde ella se hacían, es semicircular y se remata con almenas. La torre del Cuerno, las señales en este caso eran acústicas, a la derecha, rectangular, de grandes dimensiones, hoy forma parte del monasterio aunque ambas integraban la fortificación medieval, es decir el castillo y sus murallas (contaban con 5 portales y 13 torres), derribadas a finales del XVII.

Faltaría por citar la torre de Tramuntana o de los Reyes, cuadrada, imponente, junto a la entrada lateral de la iglesia, adosada al lado S del transecto. Resulta algo dificultoso discernir los diferentes volúmenes y elementos, el conjunto se nos presenta como un amasijo de estructuras y añadidos de diferentes épocas. Pero en su totalidad resulta imponente.
El monasterio, finalmente, anexo a la iglesia, consta de tres plantas, su portada labrada barroca da acceso actualemente al museo de la Ciudad. Anteriormente se accedía al complejo por el arco de San Benet, también barroco del XVIII, hoy se encuentra exento. Hubo negociaciones con el museo Thyssen-Bornemizsa para alojar parte de sus fondos, en concreto los fondos de arte catalán del XIX y XX, en el conjunto monástico, unas 350 obras; pero en 2012 se congeló el magno proyecto por falta de financiación, quedando la cosa en un acuerdo con la baronesa espacio para gestionar exposicones temporales en un espacio ad hoc.

Transito la fachada costera de la población por un paseo marítimo ajardinado jalonado de edificios modernistas y novecentistas, los pocos que han logrado sobrevivir a la rapacidad urbanística. Sobresale con luz propia el casino La Constáncia de factura neomudejar, similar en estilo pues, pero también en color (un alvero amarillo muy intenso) a mi querida plaza de toros de Albacete. Fruto del pujante asociacionismo obrero del XIX y sus ansias de elevar su nivel cultural, organizaba bailes de sociedad, conciertos, tertulias, veladas literarias y disponia de una importante biblioteca. Todo ello destinado a la instrucción y recreo de aquellos que no podían permitirse acceder a escuelas e institutos. Ese espíritu ha desaparecido, desgraciadamente, en nuestros días absorvido por el acuciante y preponderante papel que ejercen los medios de comunicación de masas (mas media) y insidioso acoso.
Se acaba el paseo por el arenal al llegar al promiente roquedal que supone el cerro de Guixols (guixols, palabra íbera, que se traduce en catalán por tizales, tierras blancas). Existen restos íberos del siglo IV a C. en su cima. También en su ladera hubo un fortín-bateria de tres cañones para defensa del puerto en el XVIII y XIX de los ataques corsarios, que no piratas -en un artículo adjunto se explica la diferencia-, de franceses e ingleses. Y continua su historia de baluarte prominente, sobrepasa los 70 m. de altura este escarpado cerro, hasta tiempos recientes: alberga un nido de ametralladoras y un bunker de la reciente guerra civil.
El puerto natural, muy amplificado actualmente con una escollera de 250 m., permite el amarre de cientos de embarcaciones de recreo en sus pantalanes, más de 500. No se ven barcas de pesca, la zona parece que no da para ello, a pesar de la existencia de astilleros desde el siglo XVIII. La navegación se orientó más bien al comercio con las colonias americanas. De ahí la pujanza de la villa. También contribuyó a esa riqueza la existencia de una importante industria corchera. Ya he comenzado la extrañeza de encontrar tantos alcornoques en la comarca de La Selva, desde Blanes, donde se arruga y embosca el terreno, y así mismo ahora en el Bajo Ampurdán. Estos suelos ácidos sin presencia de calizas son adecuados para su implantación. La llegada del Quercus suber se produjo para competir con la importaciones de corcho extremeño y andaluz, que es de crecimiento más rápido y productivo, pero de menor calidad. Decayó la industria corchera finales del XIX y principios del XX, San Feliu entró en crisis hasta al llegada del turismo que le hizo resurgir.
Al final del puerto me topo con una pared acantilada que, aparentemente, cierra el paso. Nada más lejos de la realidad: aparece una escalera descendente hasta cala Jonca, apenas un resquicio de agua en el que poder bañarse entre pedruscos de derrumbe; y una ascendente en zigzag que remonta el acantilado. Ese es mi track, mi camino previsto.
Poblado de chalets con piscinas y urbanizaciones apiñadas se prolonga el pueblo arriba hasta imbricarse con las de S´Agaró. A mi derecha dejo la famosa vía ferrata de cala del Molí que se cuelga desafiante sobre el mar, a la izquierda busco una torre de guaita o Torre Vigía, sin nombre propio conocido. Podríamos llamarle del Puig de les Forques (horcas), pues sobre él se encuentra, un mirador natural de 76 m. Me ha sido imposible conseguir datos sobre ella, lo que podría hacer sospechas que corresponde a los restos de un molino (son muy similares), pero el grosor de sus paredes, su silueta ataludada (los molinos son cilíndricos) y el emplazamiento denotan su carácter defensivo. Es simple, circular, sin cubierta, aburrida, abrumada por tanto dislate constructivo alrededor, añorando tiempos pasados de bonanza y soledad, seguramente.

Bueno, prosigo. Hay que remarcar que aquí comienza el extraordinario tramo del camino de ronda entre S´Agaró y Sa Conca, el mejor de todos los recorridos hasta ahora, apenas unos 4 km., un prodigio de ingeniería y esfuerzo. ¡Y así le luce el pelo! Lo encuentro copado de turistas, senderistas los menos, aunque muchos vayan disfrazados de ello. Unos paneles dan cuenta de su construcción en 1942, de la dificultad de su ejecución para salvar los desniveles, horadar túneles, articular puentes, etc. Comunica con ocho escaleras con las urbanizaciones superiores, conocidas en su conjunto como Ciudad Jardín. Otros paneles dan cuenta del valor geológico de la zona y de su geodiversidad, lo que favoreció que fuese declarada Bien de Interés Cultural Nacional. Es de agradecer la iniciativa municipal por explicar los valores de este entorno, más allá de los meramente turísticos y playeros, aunque ello traiga consigo una afluencia de gente excesiva, es lo tiene andar en domingo y encima en una zona VIP.
Enseguida bahía y playa de San Pol larga, lustrosa, con dunas nacientes. Parece que hay un sentir generalizado en recuperarlas. Vengo encontrando, desde la Comunidad Valenciana, esa preocupación por acotar parcelas, parcelitas, pedacitos de playa con pivotes y sogas, para que se produzca la otrora natural acumulación de arena, se desarrolle la vegetación correspondiente y acudan insectos y demás fauna propia (cartelitos identificadores de por medio). Igual que antes estorbaban esos montículos para superpoblar las playas, ahora dan un buen tono ecológico al asunto. Aunque un poco tarde, bienvenida sea esa iniciativa.

Final de la playa, saliente peninsular, Punta d´en Pau (no hace falta traducirlo). Brilla al volverlo la Logia Senya Blanca, una aparatoso edificio noucentista de estilo bruneleschiano levantado en el jardín una villa particular que se asoma al mar. Dos esbeltas arcadas de medio punto paralelas sosteniendo un tejado a modo de un minitemplo griego, en realidad un pretensioso mirador rebosante de ostentación. Los pescadores le añaden el sobrenombre de señal blanca porque era una recurrente referencia en este tramo de la costa tan acantilado, con peñascos y escollos por doquier.
Por todos lados una profusión de villas se cuelgan de los paredones y se ofrecen a la envidia de los viandantes, abiertos sus jardines y piscinas a la vista de los que recorren el camino de ronda convertido en paseo vacacional y dominguero. Enmedio de la siguiente escalinata, justo enmedio, como un parteluz en la portada de una iglesia, se sitúa un menhir asustado, conocido como el de la cala Pedrosa. A pesar de llevar unos cuantos milenios allí, en ese preciso emplazamiento, no se les ocurrió desplazar un poco la escalera para respetar su prioridad. Cala Pedrosa veinte metros escasos de bajada para llegar al agua, nada de arena y mucho de piedras, de ahí el nombre; bañistas numerados, seguro que hay turnos para bajar a bañarse.
Prosigue entre el aluvión de familias que pasean el camino de ronda como quien transita la calle mayor de su ciudad, el tontódromo. Zigzagueo entre unos y otros en busca de que el terreno que se empine y descienda, se complique y les disuada. Al contrario, aparece un poco más adelante la plaza Mirador, una explanada-mirador, un hueco entre tanta villa ostentosa, con vocación de escalinata real, de belvedere de provincias. Renuncio a hacer una foto porque esta estampa debe aparecer en todos los folletos, carteles, afiches y demás propaganda hasta la saciedad y, sobre todo, porque no me atrae.

Sigo adelante, admirado de la pericia constructiva para salvar obstáculos del terreno (puentes, escalera, túneles, pasadizos) y por la gran inversión que supuso. Llego a la playa Sa Conca, una playa con entidad propia. Esta sí, una señora playa, con sus casi trescientos metros de ancho arenal, sus pinos en retaguardia, su chiringuito, su música sonando… ¡por cierto es Sabina el que declama, el señor don Joaquín Sabina nada más y nada menos!. Imposible e improcedente pasar de largo. Además es la hora del ángelus, las doce del mediodía. Me siento en una mesa y comulgo. Aprovecho para revisar los apuntes del día y tomar unas notas.

Repuesto y satisfecho, cumplido el precepto dominical de ir a misa, me llego a playa d-Aro que está inmediatamente a continuación. Es preciso rodear lo que parece la antigua desembocadura fósil del riu Ridaura, hoy convertida en puerto de interior, si se me permite, y trasladada unos metros más adelante, lo que me supone un par de kilómetros adicionales. Llego hasta la carretera nacional casi y vuelta a la costa. Desde allí siguen otros 2 km de playa arenosa acorazados, en su flanco interior, por una sucesión de altos mastodontes hoteleros que hurtan toda visión playera a los que habitan detrás, una barrera en toda regla. Su estampa no desmerece la del Benidorm alicantino, casa madre de la orden, aunque proliferan como setas las sucursales (he dejado otro hace unos días: Lloretnidorm). Escapo a toda prisa como alma que lleva al diablo.
Conozco de la existencia de varias torres del XVI al interior, pero están asociadas a la defensa exclusiva de masías con las que se encuentran adosadas, no son relevantes para nuestro propósito de análisis de la vigilancia y defensa marítima. Por citar algunas: Torre de Can Bas, de Can Daussá, de Riambau, de Sicars, de Seguera.
Enfoco pues hacia Punta Ramis, rocas al final de la playa. Tenía la duda de si se podía pasar bien por el lado del mar y, efectivamente, se puede. Cala Rovira se encuentra detrás.

Ahora viene un tramo distinto, unos tres kilómetros hasta el final de mi etapa, es una sucesión de calitas encantadoras y roquedales separadores, como habitaciones privadas abiertas al azul, arenales suficientes, todo ello sombreado de pinos.
Cal del Pi, playa de Belladona, cap Roig, otro. Numerosos salientes de nuestra costa mediterránea comparten este apelativo, suponen una clara referencia para los marineros cuando lo divisan desde el mar. A bote pronto recuerdo otro entre Campoamor y Torrevieja (Alicante), en L´Ampolla de Mar (Tarragona), etc. también son recurrentes otros topónimos descriptivos similares: calnegre o cap negret, en Altea (Alicante), Ibiza; o calblanque, en Cabo Palos (Murcia), Moraira (Alicante), etc. Playa de les Torretes, cala de Roques Planes, una pared lateral de cierta altura, 4 o 5 m., sirve de improvisado trampolín para unos atrevidos chavales clavadistas.

Diviso con claridad desde lejos, entre los pinos, la torre Perpinyà o castillo de la Madeleine, muy alta y esbelta, demasiado alta, en realidad. No en vano se manda construir en 1935 por la actriz británica Madeleine Carol para su uso y disfrute. Una decepción, da el pego.
Vengo demorando el baño, pero me acerco al final de la etapa y se acaban las calitas, debo decidirme. Un pino arqueado forma un arco de triunfo perfecto, esa es la señal, ofrece el atrio perfecto para descender por unas escaleritas excavadas en la roca al mar. Abajo, como siempre, unos cuantos bañistas ocupan las pocas rocas accesibles mientras unos chavales disfrutan de los saltos desde los peñascos, lo que me anima al baño. Me descalzo y me despojo de mi sudado sudario, valga la redundancia, y meto los pies en el hielo, quiero decir en el agua. ¡Oh, horror, está más fría que en el Cantábrico! Generalmente después de ese primer contacto, sea invierno o verano, me zambullo de golpe, pero… ¡leches!, aquí me cuesta. Lo hago al final considerando que esa bajada de temperatura corporal será muy gratificante después. Intento permanecer un rato, esperando que el cuerpo se acostumbre, pero no hay manera. Me salgo enseguida.
Roca dels Musclos (moluscos), esquina del paisaje y se abre la panorámica, se divisa en toda su amplitud, más de 3 km., la bahía de Palamós.

Me topo enseguida con un hotel, un gran hotel de planta arqueada y altura considerable que atesora, envuelve a la pobre Torre Valentina. En el XVI vigilaba la costa junto con la torre de Pareres, hoy desaparecida, para prevenir los ataques piratas; en la actualidad vigila a los bañistas de la piscina y comensales instalados en el jardín. De planta circular y tres pisos, pose varias ventanas pequeñas y una mayor a una altura de unos tres metros que seguramente era la puerta de acceso. Coronada de las ménsulas, cual corona de espinas, que sujetaban los desaparecidos matacanes aparece como una pobre víctima de la especulación.
Cruzo la desembocadura de la riera de Calonge por un precioso puente, el más airoso y artístico que he visto en todo el litoral que llevo recorrido.

Le sigue otro benidorm, ni lo miro, mi mirada en estos casos vira a estribor. Es San Antoni de Calonge, población unida ya a Palamós.

domingo 26 abril 2026
Por la tarde paseo relajante, tránsito despreocupado. Visita al puerto, caserones antiguos en la fachada marítima, fotos en blanco y negro en un escaparate, plaza del Surtidor. Subo al casco viejo del pueblo, calles estrechas, apreturas, plaza del Forn (horno), Iglesia de Santa María del Mar, plaza de San Pere, algún chiringuito, recalo en una terraza ante la promesa de un vermut casero anunciado en un pizarrín.
Ojeo mi libreta de notas, las hojas de las etapas, apuntes sueltos. Disfruto de este sosiego que trae la fatiga, de la soledad encontrada tras el día entero caminando, de esta conformidad tan estimulante con lo que sucede: bien poco, nada destacable; con lo que sucederá después: exactamente lo mismo. Trasiego de gaviotas en el aire, paseo de familias endomingadas, charleta de paisanos en la mesa de al lado, un perro que se tumba confiado junto a ellos, unas nubes que no terminan de pasar, la chica que saca otras cervezas, la vida que se detiene un rato…
Tanta simpleza, esa falta de precisión, de definición en lo que transcurre, engorda una calma simple, un silencio nutritivo cargada de significado. Situaciones que atraen y absorben la apaciguada atención tras el esfuerzo. Parece como si los resortes que nos mantienen alerta, despiertos, conscientes, aflojasen su vigilia y permitieran entonces apreciar otro ángulo que habitualmente se nos escapa. Cierta clarividencia que nos ayuda a entender, a situarnos más cómodamente, como meros espectadores inactivos, ajenos al discurrir de los acontecimientos que trascurren, pero partícipes al mismo tiempo.