
Un bullicio prevacacional recorre las calles de Lloret, huele a verano, a veraneo inminente. Estos calores primaverales, este anticipo que propicia el cambio climático, adelanta su comienzo. Tuve ocasión de palparlo ayer por la tarde después del descanso preceptivo que se impone al acabar la etapa: ducha, siesta y comida (a veces ni comida, a veces ni ducha, según acaben mis huesos). Tengo el alojamiento por el centro, cerca del mar, evito en lo posible alejarme de él, además conviene no añadir kilómetros extra al trazado de la ruta del día.
Salimos –me acompaña a ratos en estos días mi buen amigo Albert- a andar la población, a callejear el populoso centro de la villa por sus calles peatonales. De sopetón me encuentro un grifo cervecero con la insignia verde-oscura inconfundible de la bendita cofradía de la Voll Damm. Imposible resistirse, nos acomodamos en una mesa y damos cuenta como se merece de tan feliz hallazgo.
Ocupa una placita muy concurrida la actual iglesia parroquial de Sant Romá, muy vistosa y colorida. Cuando la población creció y se desplazó el casco urbano hacia costa, esta sustituyó en sus funciones a la del Santuario de la Mare de Deu de les Allegríes, románico del XI, más alejada de la población, a casi 3 km. al interior. Se consagra el edificio en 1522, levantado en un gótico catalán de transición a las formas renacentistas, sufrió numerosas reformas posteriores y su aspecto actual es deudor del eclecticismo imperante a principios del XX que le otorga un aspecto muy llamativo con abundante decoración modernista de regusto bizantino, musulmán y renacentista. Un pastiche de mezclas y colores.

De la iglesia original, seguramente de una sola nave y con numerosos elementos defensivos (puerta levadiza, contrafuertes), resta únicamente la torre-campanario con terraza almenada (tres almenas escalonadas en cada lado) y un tejado apuntado, ventanas pareadas con arcos de medio punto y alguna arpillera. Se alza poderosa en una esquina del conjunto, destaca su sobriedad en piedra a cara vista como un cura en un nevado. Supone el elemento extraño, disonante, en medio de una tarta de merengue y frutas escarchadas.

Por la mañana, al día siguiente, salgo al mar a continuar mi singladura. Al final de la playa de sa Caleta, elevada sobre un peñasco, destaca poderosa la silueta del castillo de Lloret, una casa-castillo en realidad, de propiedad privada, mandada edificar por un industrial galletero gerundense en 1935 y acabada en 1940. He de decir que da el pego totalmente y, aunque levantó una fuerte polémica entre los habitantes en su momento, se ha convertido en imagen icónica de Lloret. No merece la pena entrar en detalles descriptivos, baste decir que es tal cual el Exin Castillos que construíamos los críos de mi época con ladrillitos.
Por debajo de ella transcurre un trecho camino de ronda en excelente estado, enlosado con un piso cómodo de piedras, con baranda y túneles, cuando se necesitan, supone un excelente balcón al mar. Las algodonosas copas de los pinos a ambos lados dan su nota de color y confort a la mirada que entrevé el azulado decorado acuático que todo lo enmarca. Debajo, entre peñascos y paredes acantiladas, no muy altas, se bate sin vigor un mar domesticado. Alguna calita altera la sucesión de riscales marinos hasta llegar a cala Gran. Desaparece ahí el buen camino a pesar de que Marc, el empleado del hostal, me ha insistido en que prosigue, no es así en mis anotaciones ni sobre el terreno: hay que subir un pequeño barranco cuando el camí se hace escaleras y enlaza con una calle de urbanizaciones que me llega hasta la playa de Canellas, esta sí, ya con entidad de arenal, incluso alberga un pequeño puerto deportivo para algo más de unas cincuenta barcas recreativas.

Mi trazado desde aquí ha de desviarse al interior, no hay otra opción posible, delante el Turó de la Morisca, un cerro que alcanza los 133 m. y remoja sus pies en el mar, impide cualquier tentativa de seguir la línea de costa. Como una impropia vegetación, ni siquiera de plástico, sino de ladrillo y hormigón han proliferado por todas partes las construcciones que se encaraman a las laderas, por empinadas que resulten. Con uñas y dientes asientan sus cimientos en resaltes rocosos, en parcelas arduamente allanadas con excavadoras, para ganar unos metros cuadrados que permitan levantar la correspondiente vivienda de recreo en ese hueco con vistas al mar. Urbanizaciones trapecistas, chalets escaladores, con terrazas voladizas, miradores y balcones colgantes, se disputan un hueco camuflados entre los pinos para disponer del ángulo que permita asomarse al azul, aunque para ello nos hurten al resto, a los no propietarios, esa atractiva visón.
Existe desde hace tiempo un concepto en Francia, contaminación visual, que se refiere a los mamotretos constructivos que alzamos en medio de paisajes campestres de ensueño, siluetas artificiales que afean y distorsionan la sana y necesaria contemplación del paisaje. A la vista de lo que ocurre aquí debería introducirse otro delito ecológico similar, el de ocultación visual, robo de panorámicas, sustracción general de horizontes, y son estos, sus propietarios, los que deberían pagar un elevado impuesto turistico en vez de nosotros, simples viajeros o turistas, y facilitarnos el acceso a sus terrazas como copropietarios de semejantes vistas. Pero ¿qué se puede esperar de un país en que en su constitución no aparece ni una sola vez la palabra paisaje ni similares? En el que no se contempla la obligación de un ordenamiento racional del espacio público, sea urbano o no, y los ayuntamientos y comunidades autónomas campan a sus anchas a la hora de promover, adjudicar y perpetrar proyectos urbanísticos abyectos, preñados de intereses particulares y amiguismos. Creemos que con la existencia y creación de Parques Naturales está todo dicho. Ni mucho menos. Como en otros tantos temas, desgraciadamente, son asuntos en los que no nos involucramos lo necesario y así nos luce el pelo.
Me salto la urbanización Canyelles, Martossa, más de lo mismo, que dificultan el paso por un litoral de por sí dificultoso, escarpado.
Por todas partes, es tónica general en este inicio de costa Brava, han levantado su bosque de ladrillos y viviendas, y acomodado los accesos de entrada y salida a sus villas sin considerar al resto a los no-residentes; han privatizado no solo el terreno comprado y edificado, sino también los alrededores y los accesos, se han apropiado de lote completo. Con lo cual se han de dar unos rodeos tremendos para poder transitar. Vuelvo, he de volver, al GR 92, que así mismo se ve obligado a perimetrar urbanizaciones y colonias y a regresar, como única posibilidad de avance, al trazado de la carretera local del interior (GR-682).

Salvando, saltando, las urbanizaciones que también se han apropiado de la playa del Llorel consigo acercarme a ella y puedo abandonarla más adelante e ir tomando caminos de tierra en mi discurrir hacia el norte, siempre al norte. Caminos anchos, fáciles, que recorren estas alturas interiores densamente pobladas de pinos. Disfruto ahora de una mancha de bosque continuo, ya que se me priva de la siempre estimulante visión del mar, al menos tengo la de este cielo de algodonosas nubes verdes a ras de suelo. No supone tanto, no es una extensión apreciable, pero hace su papel.

Puedo caminar entre un silencio visual y sonoro, ni siquiera comparen los pájaros en estas horas tórridas del mediodía pasado, únicamente escucho, intuyo, la respiración del bosque que no se manifiesta de ninguna manera, que solo capta mi conciencia celular.

Al final de este tramo, en las inmediaciones de Tossa, alcanzo a una senderista que va acompañada de su perro. Charlamos un poco, me cuenta que aprovecha un par de días libres en el trabajo para venirse a recorrer estos predios. Vive más al interior, no recuerdo el pueblo que me nombra. Intuyo su preferencia por caminar callada saboreando estos bien ganados momentos íntimos, me adelanto y desvío hasta la Torre de los Moros, de Can Magí o de Tarull. Redonda del XVI, con vistas a la villa vieja de Tossa, restaurada recientemente, se le añadieron cuatro matacanes de ladrillo, se consolidaron paredes y se techó. Vigilaba el llano donde se levanta Tossa y los caminos que conducen a las calas donde solían desembarcar los piratas, como la de Es Codolar, por ejemplo.
Llegados ya a la villa, recorriendo las calles de los barrios extramuros, encuentro un par de torreones insertados entre viviendas. Torre de Can Gich o del Más Rabassa, cuadrada de cuatro plantas con una garita esquinera muy aparente, circular, con puerta a la calle. La masía existía desde el XIV, pero se le añadió en el XVII la torre defensiva cuadrada y la garita.
También encuentro la Torre del Hostal o de Can Pujals, XVII, cuadrada con restos de dos barbacanas, muy similar a la anterior, pero próxima al camino real, separada de la villa amurallada acogía a los aldeanos de sus inmediaciones.
Desde en paseo marítimo contemplo la atractiva estampa de la villa vieja amurallada y barrunto que cuando uno llega por fin a Tossa de Mar, no llega a un lugar, sino a su imagen. Llego al recuerdo de una visita lejana y fugaz con un grupo de alumnos que no fue precisamente placentera. Y llego a la foto que tengo guardada en el móvil, una panorámica mural en blanco y negro de las murallas -valga la redundancia- que se encuentra en las instalaciones del Conservatorio de Música de Albacete, vaya usted a saber porqué, sobraría, intuyo. Pero esa es una imagen icónica, tópica, de la España monumental del Régimen. Como la de tantos castillos, palacios, monasterios y demás monumentos históricos que se transformaron en Paradores Nacionales y que se utilizaron como orgullosos emblemas de una todopoderosa España, evocadora de su pasado imperial, anclada en sus glorias pasadas y que tenía más de medieval que de moderna.
A menudo, por no decir siempre, llegamos a una idea, una imagen preconcebida, de los sitios que hemos idealizado o nos han idealizado.

viernes 24 abril 2026