
Me remonto a los orígenes del pueblo, visito en el cerro de Can Magrí la Turissa romana. Se descubrió en 1914 una de las villas más importantes de la provincia romana de Tarraco, la villa dels Ametllers o de Vitalis, nombre de su propietario (aparece en uno de los mosaicos), del I a C. Estuvo habitada hasta VI d C. Estaba dedicada al cultivo de la vid y a la exportación de vino y aceite. Tenía dependencia para almacenar grano y también para elaborar salazones. Esta zona industrial se situaba en la parte baja de la edificación y en la alta se encontraba la zona noble, la casa con sus propias termas. Por la riqueza de los mosaicos encontrados, los estucos y las estatuas de mármol deducimos su riqueza.
En la misma calle, justo enfrente se encuentra estudio-galería de Xavier, apenas un par de habitaciones repletas de esculturas y cuadros. Me llaman la atención unos angelotes flotando en el aire formando una orla). Los cuadros abundan en motivos playeros, vistas del castillo y otras imágenes turísticas que él ha sabido reinterpretar dándoles una luz y una personalidad diferente a lo que estamos acostumbrados a ver. Comenzamos una charla muy interesante, al principio se muestra tímido, cauto. Le pregunto sobre su trayectoria en el mundo del artisteo, me cuenta que lleva toda la vida en ello. Elabora también esculturas con diferentes materiales: resinas, polvo de mármol, hierro, etc. Me muestra algunas fotos, encargos para instituciones, para villas ostentosas de clientes adinerados (los nuevos indianos). Cuando la confianza lo permite le hago la pregunta clave: ¿Has conseguido vivir todos estos años, o malvivir, de tu producción? Convencido, sin asomo de orgullo ni vanidad, me dice que sí, incluso se mueve a nivel internacional, precisamente ahora tiene un viaje a Singapur para un encargo. Se le ve emocionado, contento de explicarse, de narrar su transitado por diferentes periodos: comenzó en la abstracción, paso por el expresionismo y ha evolucionado hacia un particular realismo.
Sus cuadritos de paisajes de los alrededores me encantan, nunca pensé que llegaría a valorar ese tipo de pintura, marinas mayormente, aporta una visión del litoral novedosa sobre unos temas demasiado trillados, aburridos. Él tiene claro que al vivir en Tossa, al desarrollar su trabajo ahí, se debe a ese entorno y lo reinterpreta. Desde luego se sale de lo que uno esperaría encontrar.

Procede ahora dirigirse al núcleo de la cuestión, visitar la Tossa Vieja, la estampa que luce en tantas postales y carteles, los recortados torreones y lienzos de muralla situados al final de la playa Gran sobre un tómbolo rocoso, el monte Guardí. Me sorprende, en primer lugar, lo vacío que se encuentra el recinto amurallado, parece un mero cascarón desprovisto de contenido, huero. Desde la playa, abajo, que es el ángulo que habitualmente se escoge para fotografiarlo, resalta poderosamente su silueta recortada enmarcada entre la blanca arena y la pinada de fondo. Es un marco magnífico en el que uno espera encontrar edificaciones en consonancia con el contenedor.

En su origen se funda la iglesia de San Vicenç en 966 y se levanta el castillo, después, en 1387 se añadirán las murallas que incluyen tres torres cilíndricas y cuatro torreones. Destaco la torre de Codolar o del Homenaje, la más importante, se encuentra al sur protegiendo la cala del mismo nombre, Codolar (guijarros, en catalán). En el lado opuesto, la torre d´en Joanás y la torre de las Horas, así llamada porque se instaló un reloj en ella. Al atravesar la entrada principal se encuentra el palacio o casa del gobernador, actualmente museo municipal y de arte moderno con sala de exposiciones.

Apenas se tiene noticia escrita de ataques piratas en la ciudad que hayan dejado constancia de ello, las disuasorias murallas no animaban a ello, pero si se cree que Jeireddín Barbarroja, nada menos, el primer almirante de Solimán I al frente de la flota turca, lo intentó antes de mediados del XV. Debió de ser entre 1521 y 1535, fechas en las atacó y destruyó algunos puertos en las islas Baleares.

Subo por una de las tantas calles intramuros, no olvidemos que el recinto en sí era capaz de albergar a unas ochenta familias, hacia la primitiva iglesia de San Vicente de un góticotardio.Se encuentra arrasada a consecuencia una explosión, el ejército francés la utilizaba como polvorín, durante la llamada guerra de la Independencia. Había perdido su función anteriormente, a principios del XVIII, cuando la población aumentó y se construyó otra con la misma advocación abajo, en el llano.

Ascendiendo hacia el faro, que se levanta sobre los restos del primitivo en 1917, encuentro una estatua dedicada a Ava Gardner, aunque escultural (valga la redundancia) y sensual, no se la ve muy favorecida. Vino en 1950 a rodar la película Pandora y el holandés errante junto a James Maison y el torero, poeta y actor Mario Cabré, compañero de reparto y algo más. Tuvieron un romance como dicen los ingleses. Él quedó encaprichado de la diva, ¡natural!, y dolido, terminó recluyéndose en sus últimos años en el hotel-hospital Termalismo Marino, en Benicassim -ya lo he referido anteriormente en el jalón – ,pero ella confesó en sus memorias que la cosa no pasó de una noche. Por quien realmente se prendaría después fue por Luis Miguel Dominguín, parece que mejor torero y amante.
Junto al faro un paisano, un indiano que regresó pobre como se fué (decía que la maleta con lo ganado se le había caído en el estrecho de Gibraltar), construyó un mirador, el denominado chalet de Brams, desde donde se alcanza divisar al sur la desembocadura del río Tordera, límite entre la provincia de Barcelona y Gerona, y al norte la ermita de San Telmo en San Feliu de Guixols, destino al que hoy me encamino. Pues vamos a ello.

La ruta de hoy entre Tossa y san Feliu se presenta larga, complicada y ardua. En cuanto al suelo, transcurre la mayor parte, por no decir entera, a lo largo de la carretera local GI-682 sin arcén. A media altura de la montaña que se precipita ansiosa hacia el mar, zigzaguea un asfalto frecuentado por grupos de ciclistas y motoristas, que aprovechan el fin de semana para darse gusto. En algunos tramos puedo aprovechar un esbozo de senda, un rebaje de hierbas realmente, que se ha ido formado con el paso de senderistas, pero la mayor parte del trayecto me veo obligado a invadir carriles de circulación, con mucho cuidado y paciencia.

Cami de ronda,un espejismo al poco de salir que no durará
Voy entendiendo la denominación de comarca de La Selva, montañosa y feraz, no hay metro cuadrado de terreno, a uno y otro lado, que no sea boscoso. Solamente la carretera ha abierto tajo entre los árboles. De vez en cuando algun desvio señala el descenso brusco, abrupto a alguna cala: cala Bona primero, ahora cala Pola, la vía ha de adentrarse más de medio kilómetro para perimetrarla por el interior dibujando el fondo del valle. Contiene una peculiar urbanización con visos ecológicos. Casas prefabricadas de madera, cubos más bien, con porche-balconada abierto al valle, tejado oscuro, marrón-terroso, y paredes pintadas de verde-caza que intentan mimetizarse con el paisaje, con los propios pinos que emergen entre las casas, y más o menos lo consiguen. Abajo, enmedio de la hondonada las instalaciones de la urbanización: áreas de esparcimiento, pistas deportivas, piscina y demás.

Es un concepto diferente al de las urbanizaciones blancas que resaltan sobremanera, en este caso el afán de camuflaje diluye esa sensación de intrusismo constructivo.
Suena de fondo, cerca de las torretas de comunicaciones que culminan las alturas, una trompeta que, se supone, interpreta la saeta de Machado que musicó Joan Manuel Serrat. Una y otra vez vuelve sobre el estribillo que no termina de cuadrar. Se agradece la voluntad y la novedad.
En un saliente mirador se encuentra un complejo vacacional muy aparente, Giverola Resort, que me sirve de parada hidratante y evacuatoria. También puedo dejar la mochila, con permiso de unos amables empleados, para subir hacia el cabo, la Punta de la Pola. Apenas medio kilómetro, pero con el calor y la rampa se agradece el detalle.

La llamada Aguja o Guardián de la Pola es lo que queda de lo que en 966, al menos, era una torre, sobre la que se superpone en 1218 lo que hoy podemos ver la Torre Giverola, apenas un pedazo apuntado de pared semicircular sobre los restos de una potente cimentación en cuadrado. Establecía contacto visual con el castillo de Tossa, desaparecido, como se ha comentado, su ubicación la ocupa el faro.
Las vistas son impresionantes, las fotos que adjunto intentan hacerle justicia sin conseguirlo, claro. Es preciso llegar hasta aquí andando, esforzarse lo necesario para saborearlo en todo su jugo. Un coche, una moto, nos puede traer, pero eso supone añadir unos hielos a tan agradable trago, rebajarlo.

De vuelta al resort me recompongo y prosigo: Aún le queda cepa al nublo o, lo que es lo mismo, aún queda tajo para hoy. Al cabo de un rato de andadura, delante justo de mí, en un escueto hueco de terreno junto a la carretera, hay parada una camper, dos chavales han salido de ella para tomarse un respiro en su trayecto. Uno de ellos, con los pantalones bajados a medio muslo, muestra olímpicamente su trasero peludo que rasca con fruición. Tal cual lo digo, a la vista de los coches que transitan y a la de un servidor. En fin, la vida no termina nunca de sorprender.
Vuelvo a las panorámicas para distraer el cansancio y la monotonía de un caminar cansino, abochornado. Se abren barrancos al mar, lanchas, pequeños yates, le dibujan estelas como reactores rayando el cielo. Observo su trayectoria aproximándose a esa ventana del relieve, terminan alcanzándome y sobrepasándome.
Grupos de ciclistas perfectamente coordinados saludan al pasar. Motoristas curveando intentan acompasar su baile oscilante a cada curva como si de una pareja de tango se tratase.
Llego al túnel que precede a la cala Salionçs, son las 11,30 h. Tengo estudiado el desvío, el descenso a la cala. Me planteo hacerlo, según tenía previsto, o perimetrar por la carretera. Cojo camino de bajada serpenteando a lo largo de la ladera hacia el fondo del barranco hasta encontrar una senda que me cruza al otro lado. Entre las construcciones encuentro callejuelas de escaleritas para bajar a la playa. Apropiándose del pequeño espacio que ocupa la cala, un espacio de apenas 50 m., que supone mucho por estos contornos, se apilan exagerados montones de arena, ignoro su función. Pueden ser aportes a futuro, en previsión de que el már sustraiga la poca que existe, para ir haciendo playa.

En la subida, en el carril serpenteante de tierra, encuentro un pino inmenso con sus grandes ramas abiertas como un paraguas protector, sabrosa sombra, se agradece. Dibuja una preciosa perspectiva con el mar de fondo. Tengo que atajar cuando el camino acaba en la entrada particular a unos apartamentos, monte a través subo por donde se quiere adivinar algún paso hasta dar finalmente con la carretera.
Mirador, cada vez que la vía que sigue su trayecto a media ladera, se aproxima al frente marino, cada vez que un pequeño cabo o un saliente en el litoral, lo permite, se habilita en un resquicio de terreno, un mirador, desde el que proyectar la vista. La pura selva de pinos carrascos, alcornoques, robles, puebla con avaricia todo el relieve montañoso que impaciente se precipita al mar. Debajo, escondrijos donde la vista no puede llegar desde aquí, el mero linde de la falda de las montañas con el agua, en ocasiones se plantea una escueta playita, una línea de arena que propicia el baño. Urgidos por el calor y la necesidad de expansión se aventuran por los escarpados senderos los turistas.
También hay lugar para las playas más extensas, suficientes, de cantos: la de Vallpresona, la Corcollada, la del Señor Ramón, esta arenosa, la más larga, sobrepasa los 250 m. Tentaciones para mis hirvientes pies y mi baqueteado cuerpo que enseguida descarto, no me planteo siquiera bajar. Todavía queda trabajo y no esta el día para perder el ritmo.
Urbanización Rosamar, como es habitual la rodeo por el interior como propone la carretera.
Mirador de San Feliu, Punta d’en Bosc, a la izquierda se ven algunos chalets de la urbanización Punta Brava. Vengo oyendo de vez en cuando, atronando el aire, motores rectificados castañeteando, rugiendo. A intervalos sufro unas pasadas tremendas de vehículos más o menos antiguos, no demasiado, con la periodicidad que dan los rallies. Antiguallas más que coches se podría decir. Tuneadas, con motores rectificados, trasplantados, remendados: R-12, minis, R-5, Peugeot 205, y similares, que tuvieron su momento como utilitarios en los ochenta y noventa. Hacen un ruido desproporcionado, infernal, pasan a toda velocidad (a toda la que pueden), perturbando la tranquilidad del mediodía, sofocando más el ambiente que, con el calor de estos momentos, ya es de por sí bastante sofocante.. Pasan a toda velocidad poniendo en riesgo la vida de algunos ciclistas, incluso la mía, intrépido caminante sin arcén al que acogerse. Suerte que les oigo llegar desde lejos pedorreando y abandono enseguida el asfalto, aunque sea saltando el quitamiedos metálico, hasta que han pasado. Uno de ellos en una curva cerrada se me echa encima, rectifica su trayectoria en el último momento.¡Qué pensar entonces de los desprotegidos ciclistas! En ninguna situación arriesgada de ninguna de la cincuentena de etapas que llevo, y se han dado algunas ocasiones, he tenido sensación de peligro, de riesgo, pero hoy he visto visto peligrar mi pellejo.
No entiendo como se puede permitir que ocurra esto, sobre todo en un día festivo y con tanto tráfico. Ahora caigo en que un par de coches con sirena luminosa en el techo han pasado primero abriendo la competición, por así decirlo, pero aún así… Sea legal o no, me pregunto donde se encuentran los efectivos de policía local que deberían estar supervisando este desaguisado. Abundaban las patrullas en todos los pueblos que vengo transitando, pero donde más se les necesita no están. País.
Después de unas treinta o cuarenta pasadas, de esta destartalada colección de Autos Locos (bastante más descacharrados que aquellos que protagonizaban los dibujos animados de nuestra infancia) remata el que debe cerrar el festejo provisto de una sirena luminosa anunciadora. Efectivamente, tras él llego la calma, se instala un silencio prometedor. Puedo volver a mis cavilaciones y consultar mis notas y mis mapas. Queda poco.


Justo al llegar a Sant Feliu, pasado el monte Calvari, 104 m., arribo al alto donde se hallaba el antiguo castillo del siglo XV que fue volado por los franceses. Hoy, mirando al acantilado, en ese mismo emplazamiento encontramos la capilla de San Elm (Telmo), restaurada a principios del XX al urbanizarse la zona como ciudad-jardín. Al otro lado de la montaña, ya en el pueblo, al ir descendiendo se puede entrever en su magnitud el complejo monástico de la Mare de Deu dels Angels, muy interesante para la causa que nos ocupa. Pero esa visita la dejo para mañana, de momento toca buscar el alojamiento y reponerse.

sábado 25 abril 2026