50º j. Malgrat – Lloret de Mar 17 km

Aunque los campesinos enviados por el señor de Palafrugell acudieran a estos parajes salitrosos de bajo rendimiento agrícola de mala gana, de mal grado -de ahí el nombre de la población que fundaron-, no es ese mi caso. Todo lo contrario, me encuentro exultante de alegría al encontrarme aquí, ello significa que mi Ruta Mediterránea a pie, a pesar de las últimas lesiones y contratiempos, prosigue.

Al poco de abandonarla he de desviarme al interior a la búsqueda del puente de la carretera que me permitirá salvar la desembocadura del río Tordera. Su cauce hace de frontera entre la comarca del Maresme y la de La Selva, lo que es lo mismo, entre dos provincias, Barcelona y Gerona.

Barcelona será la última de mi singladura. Hasta el momento he recorrido en total cuatro comunidades autónomas y ocho provincias, las que delimitan la fachada oriental de nuestro mar de bolsillo. Únicamente me quedaría para completarlo el litoral granadino, el malagueño y parte del gaditano.

Blanes también supone el punto a partir del cual comienza la famosa Costa Brava, que cuenta con tres comarcas: La Selva, áspera y silvestre, desde Blanes a Tossa de Mar; el Bajo Ampurdán, hasta L’Estartit y el Alto Ampurdán, la más grande, costera y pirenaica, lindera con Francia.

Impresionan, en llegando a la playa de Blanes, las rocas encrestadas de Sa Palomera que afloraban como isletas que estuvieron rodeadas de agua y que la sucesiva acumulación de arena transformó en tómbolo.

Llegado a Blanes, se impone visitar en primer lugar el conjunto monumental de la iglesia parroquial de Santa Maria, una imponente construcción gótica cuyas obras se iniciaron en 1319. Queda de entonces la torre-campanario, la sacristía y la fachada, con coronamiento almenado. Se reconstruyó tras incendiarse y hundirse sus bóvedas durante la Guerra Civil, pero persiste su monumentalidad y dimensiones. Adosado a ella, aunque en ruinas, se encuentra el palacio de los vizcondes de Cabrera, destruido por los franceses en 1694. Formaba parte del entramado defensivo (murallas, torreones y baluartes) con que contaba la villa. Destaca en un lienzo de muralla que mira al mar una incisión en forma de la cruz, la llamada Cruz de los Piratas, que alojó incrustadas varias calaveras con velas en las cuencas de los ojos, para disuadirles de futuros ataques. Hasta ahí la leyenda, pero parece ser, más bien, que fueron unas fuertes lluvias las que las hicieron aflorar en el cementerio próximo y dieron la idea de colocarlas en ese hueco a modo de advertencia.

Callejeo obligado por el centro, hoy día del libro, San Jordi, han instalado un mercadillo en la plaza de España, compro un libro de rutas y otro de imágenes antiguas de Blanes. En él aparece el monte que domina la población al norte, el Turó de Sant Joan, donde se edificó el castillo, completamente pelado, como pezón saliente sobre ubre limpia; actualmente sus laderas están poblados de viviendas de recreo y pinos, no tiene nada que ver. Por eso me gusta acudir a las imágenes antiguas en blanco y negro, siempre que puedo las busco, aportan un tono más humano a lugares que lo han perdido y me dan información muy útil en ocasiones.

Es mediodía, me llego al puerto, desde donde asciende una calle que me llega hasta la punta de Santa Ana. Quedan restos del castillo-palacio de los Cabrera y del monasterio de los capuchinos construido en 1583. Encuentro el recinto cerrado a cal y canto, el complejo está dedicado a bodas y celebraciones, parece que de alto standing, las partes menos deterioradas se han transformado en salas de banquetes. Me quedo con las ganas de visitar su impresionante torre circular y el resto de sus ruinas.

Continuo pues la subida para intentar llegar al conocido como castillo de Blanes, existe una carretera con una dura pendiente, llena de curvas, que asciende desde el pueblo, por el otro lado, pero prefiero hacerlo monte a través. Un dédalo de calles y callejuelas entre urbanizaciones y chalets me dificulta el encuentro de la senda que, monte a través, me llegará hasta él. No está bien señalizada, pero finalmente lo logro. Merece la pena pues atravieso en la ascensión un espeso y variado bosque que me hace de agradable parasol a esta hora soleada del mediodía, tal es su frondosidad. Encinas, alcornoques, algunos robles y pinos también, pero en menor medida, eucaliptus, palmeras y una agradable profusión de chaparros y otros arbustos lo pueblan. Supone una delicia recorrer este bosquecillo, un lunar verde entre tanta construcción, aunque no muy grande si lo es variado. Extraña y destaca la cantidad de alcornoques, algunos de un grosor considerable, la blancura de su corteza de corcho (que no tiene nada que envidiarle a brillo de la de los nogales), sobresale y destaca entre todos. Toda una sorpresa este tramo, no la esperaba, un auténtico vergel de vegetación autóctona que nada tiene que ver con la otra cara del turó que mira a Blanes.

En la cima sobresale el imponente castillo de Sant Joan, desde los prominentes 172 m. del monte se comprende el efectivo tutelaje que supuso para la protección de la villa, no en vano han aparecido restos íberos, parece que lo utilizaron como puesto de observación. Aunque los paneles informativos remontan los orígenes de la fortaleza al XI o XII, hay constancia escrita del primer fuerte en 1002. Se reformó ampliamente en la mitad del XIV, siglo de mayor acoso pirático con ataques de franceses, genoveses, turcos y repúblicas corsarias norteafricanas, entre otros, era el momento en que Blanes fue capital y corte del importante vizcondado de Cabrera. Cayó en decadencia y acabó en estado ruinoso a partir del XVI, fue restaurado a mitad del XX.

Una gruesa muralla rectangular acoge las dependencias entre la que destaca una torre circular ataludada de 15 m. con puerta en altura, a 9 m., rodeada por un foso -curiosa novedad, como último reducto, como el alcázar en los castillos árabes.

Los numerosos turistas que han llegado hasta aquí acuden a hacerse fotos en el socavón del muro con la población abajo de fondo. Me dicen que ahí mismo ha publicado la suya un famoso influencer, tictoquer, facebooker o como se diga, inmediatamente se hizo viral. Desde entonces no hay quien suba que no se la haga. Me hago pues la preceptiva foto para dar constancia

Hay que aclarar que lo cierto es que ya hace mucho tiempo que el encuadre era famoso. Una foto en blanco y negro, una postal de 1915, ya aprovechaba este ángulo, aunque sin figura humana que lo afeara.

Al castillo se le anexa una capilla en el XIII, apenas una pequeña nave cuadrada con un campanario gótico, que se convertiría en punto de peregrinación posteriormente (parece que posee una reliquia de san Juan Bautista).

La panorámica es extraordinaria desde aquí, muy clarificadora para mi propósito: linea de costa rectilínea y precisa del Maresme, al sur, la que he transitado ya; y comarca montañosa y agreste, al norte, la que me espera en los días próximos.

Acortando la mirada, que es lo se precisa ahora, la concreto en los próximos pasos a dar, los inmediatos. A tiro de piedra prácticamente se divisa en el cerro próximo, algo menor (153 m.) la ermita de Santa Bárbara. Se aprecian sus tres volúmenes perfectamente desde aquí: la iglesia románica de planta rectangular con tejado a dos aguas y ábside semicircular, la torre cilíndrica, bastante más alta, podría ser previa su construcción, y la casa del ermitaño. Parece que su función, aparte del avistamiento de barcos, podría ser el de avisar a la población de la llegada de tormentas, de ahí su advocación.

Encuentro al llegar, únicamente, a una pareja de extranjeros descansando sobre un banco de piedra adosado, el castillo está más solicitado. Amablemente, sin yo pedirlo, se hacen a un lado para no salir en las fotos que voy haciendo. No parecen tener prisa, sacan algunas vituallas de las mochilas y se dedican a consumirlas contemplando las maravillosas vistas que se ofrecen. No hacen fotos. Es la diferencia con el castillo, allí lo que abundaba era un turismo rápido, de fotos, selfies, videos, etc. unas visitas de dejar constancia de que he estado más que solazarse en la contemplación. ¿A qué grupo pertenezco yo entonces? Aunque quiero creer que al de esta pareja , supongo que ahora a ambos.

Cumplido el objetivo documental de dar cuenta de estos puntos de vigía y defensa, se impone adelantar camino a buen ritmo. Avanzo por la carretera sombreada por un bosque continuo, poco tránsito de vehículos. Abunda el verde a ambos lados, aunque es un verde engañoso, esconde todavía muchas urbanizaciones, camufla lo que a vista de pájaro se podría delatar. Solo alguna riera ocasional descendiendo de la montaña añade cuestas suaves al trayecto, de subida y de bajada para salvar el desnivel. Su cauce, seco la mayor parte del año se llega hasta la rocosa orilla y dibuja playas amplias todavía.

En una de ellas luce la ermita de Santa Cristina. Restos arqueológicos datan su origen en el siglo IX, tras la peste negra del XIV cobró mayor importancia, pero sería a finales del XVIII con el incremento del comercio exterior y las aportaciones pecuniarias de marineros e indianos cuando alcanzó la fama y el aspecto actual, el de una capilla neoclásica. Será ampliada después como santuario con multitud de exvotos.

Llama la atención a la entrada del recinto que la contiene una placa de azulejos vidriados que recoge unas palabras del escritor Josep Pla cargadas de llanera y sencillez, no por ello carentes de profundidad, como todas las suyas.

Aquí está sobre todo la ermita de las ermitas catalanas; Santa Cristina, bajo el gran pino venerable con la cupulita blanca rodeada de corneros de pinos y almendros, con la fuente que canta y las genistas perfumadas. Santa Cristina es, puede ser la cosa más exitosa, más y directa y más espontánea que ha creado el espíritu de la menestralía catalana. El emplazamiento es luminoso, la construcción es de una modestia gozosa y de una conformación risueña, todo tiene un punto de luminosidad (?) y de naturalidad y una buena alegría (?) mimosa.(dudas en mi catalán precario o errores de transcripción).

A primera vista en el edificio lucen las paredes encaladas y el sillarejo de piedra que apenas perfila las esquinas, los marcos de ventanas y puertas, muy sencillas, salvo algunos adornos en la principal. Esa volumetría cúbica tan agradable sobre la que se insinúa una coqueta cupulita, su blancura aplastante entre tan frondosa pinada, solo se ve perturbada por el rojo-arcilla/siena tostado con que se ha pintado recientemente la casa anexa.

Desciendo por una senda en la riera que me encamina hacia el mar. Llego a la playa (del Turmal y de Santa Cristina), un bar abierto me ofrece una terraza en la que reponer fuerzas: un simple y escueto bocadillo que traigo, pido permiso al camarero para comerlo, acompañado de una refrescante y bien ganada jarra de cerveza.

Acabado el refrigerio puedo relajarme un rato en la contemplación del arenal. Intrépidos bañistas, algunas sombrillas y poquitos ocupantes, pocos. Me dirijo al final de la playa al encuentro de una senda que me devuelva a la carretera, a un punto más adelante, pero no es posible, la valla de un chiringuito bloquea ese acceso y el hotel santa maria -minúscula para degradarlo- también. ¡Una gracia!, cierran un paso que no deberían. He remontar la empinada riera por el mismo sitio por donde bajé y hacer algún kilómetro extra.

De nuevo en la carretera adelanto faena sin pensármelo dos veces, queda poco ya para acabar la ruta. Me dejo llevar a benéfico de la cuesta abajo que se insinúa alargando la zancada. Es un corto descenso en el que evito los jardines de Santa Clotilde, no estoy para lindezas artificiales de flora domesticada, -los dejo para turistas residentes y ocasionales en tardes de esparcimiento-, como evité los del jardín botánico Marimurta, y llego a la playa larga de Fenals. Fenal alude a prado, pastizal, a la feraz pradera que una vez hubo, que se extendía un par de kilómetros a la redonda, todo un lujo en esta montañosa comarca, y hoy se puebla de viviendas.

Sobre la punta rocosa de Fenals, que sube hasta los 61 m. y ya constituye un baluarte en sí misma, se levantó el castillo de Sant Joan, cerca de Lloret. Hubo anteriormente un poblado ibérico, porque el enclave es privilegiado, encima del roquedal. Desde el siglo X se sabe de la existencia del castillo, perteneció al vizcondado de Cabrera que en 1079, año en que se consagración de su capilla, lo cede al señorío de Lloret, momento en el que inicia su andadura también la villa.

Sabemos que sufrió un ataque genovés en 1356 que lo dejó muy malparado y un terremoto en 1427, pero siempre se volvió a levantar. El edificio, en planta triangular, fue imponente, lástima que solo quede en pie el torreón circular reconstruido, igual que los muros perimetrales, y más lástima todavía que permanezca cerrado a cal y canto al visitante. Tampoco es que haya mucho que ver porque fue arrasado en 1805 por un bombardeo de la armada británica en su guerra contra España y Francia.

Jueves 23 abril 2026